Neus Soldevilla y el mito de la viuda negra
Una serie donde se analizará de manera crítica diferentes casos de 'true crime' en España.
Giulia Toffana, Elizabeth Bathory, Lizzie Borden, Amelia Dyer, Belle Gunness, Teresa Gómez Rubio, Pilar Padres o Rosa Peral, todos estos nombres han quedado grabados en piedra en la historia de la infamia. Todas ellas asesinas. Todas ellas mujeres. Envenenadoras, parricidas, infanticidas, ladronas, crueles, avariciosas, ambiciosas, frías como un témpano, astutas, lujuriosas. Antimujeres.
Porque si hay algo que nos provoque un rechazo aún mayor que un asesino es una mujer asesina. Una Lilith que se rebela contra el hombre y contra dios, que renuncia a su naturaleza dulce, sumisa, amorosa y se deja arrastrar por sus pasiones, por su egoísmo, por la violencia. Una mujer que pone a prueba todo lo que la sociedad espera de ella. Y por eso mismo, una mujer que suele ser censurada y castigada -penal y socialmente- con mayor severidad que un hombre que ha cometido el mismo delito. Porque en el imaginario patriarcal y tradicional una mujer asesina es una aberración, una rareza que ha de ser extirpada antes de que cunda su ejemplo entre el resto de mujeres.
En un mundo en el que la violencia sistémica contra las mujeres y la infancia se cobra miles de víctimas anónimas al año, y en el que la mayoría de los delitos son cometidos por hombres, una mujer violenta, cruel, una mujer asesina, es la peor de las pesadillas. De Rosa Peral, por ejemplo, lo sabemos casi todo, incluso cuántos amantes tuvo. Su foto, su vida y el crimen que cometió han sido narrados en prensa, televisiones y podcast e incluso ficcionados para Netflix. Pero su cómplice, el también guarda urbano Albert López, que participó activamente en el asesinato del marido de Peral, Pedro Rodríguez, y que había estado involucrado en 2014 en la muerte de un detenido, se nos presenta en estas narrativas como un actor secundario, como una marioneta bajo el embrujo de una depravada mujer. Como una víctima más de Rosa Peral.
El mito de la femme fatale, de la viuda negra, es demasiado jugoso, demasiado patriarcal y perezoso como para ponernos a estudiar la auténtica realidad que se esconde detrás de la violencia ejercida por las mujeres. Un hecho menos común que la violencia que ejercen los hombres pero que ha de ser analizado con seriedad, aparcando la mirada masculina y los tópicos, los prejuicios y las falsas concepciones sobre la naturaleza de las mujeres. Naturaleza que, por otro lado, siempre es ambivalente, pues lo mismo se nos presenta como seres dulces, angelicales y abnegados que como unas manipuladoras intrínsecamente malvadas y lujuriosas. La perdición de los hombres.
Está claro que el patriarcado es incapaz de entender que las mujeres somos seres complejos, contradictorios, con máculas, agenda propia, inteligencia, deseos, mezquindades y capaces de los actos más nobles pero también de los más ruines. Es por eso que la narrativa tradicional es particularmente vitriólica a la hora de hablar de las asesinas, carente de la empatía y el prurito cientificista que se despliega con los asesinos masculinos. De Edmund Kemper y David Berkowitz nos han contado hasta la saciedad que al primero su madre le hacía la vida imposible y que el segundo fue rechazado por su madre biológica y que no era capaz de encontrar novia. Dentro de su maldad nos muestran rasgos humanos que pintan un esbozo más compasivo y benévolo hacia ellos, de pobres niños abandonados, de chicos incomprendidos. Pero de Neus Soldevilla, apodada, no sin cierta sorna por la prensa, "la Dulce Neus", debido a su suave timbre de su voz, la imagen que se tiene de ella es la de una asesina sin escrúpulos, una viuda negra y, sobre todo, una madre antinatural que manipuló a sus hijos para que la ayudaran a asesinar a su esposo y poder así heredar la fortuna familiar, un 28 de junio de 1981.
Y sin embargo Neus Soldevilla, que detesta su mote, es, sin lugar a dudas, una asesina y una madre que abusó del amor y la vulnerabilidad de sus hijos para que estos se mancharan las manos de sangre en su lugar, pero es también una esposa maltratada en una España en la que la violencia de género se toleraba y en la que ni siquiera se contabilizaban las mujeres que morían cada año a manos de sus parejas. Esto no se hará hasta el año 1984, gracias a un grupo de abogadas y juristas feministas, que aquel año registraron la espeluznante cifra de noventa y un feminicidios. Unos crímenes machistas, descritos por la prensa y los políticos como "pasionales" para así enmascarar una realidad terrible y silenciada: la del "mi marido me pega lo normal", el "algo habrá hecho ella" y "los platos sucios se lavan en casa". Una España que miraba para otro lado cuando una mujer aparecía con un ojo morado, que cerraba las ventanas para no escuchar los gritos de su vecina cuando su marido la golpeaba, la insultaba o la violaba.
Es por eso que, en el caso de Neus Soldevilla, la prensa y la sociedad española ni se inmutaron por los malos tratos que la víctima, Juan Vila Carbonell, les infligía a su esposa y a sus seis hijos, que había convertido sus vidas en un infierno. Sin embargo sí se escandalizó con los amantes, los negocios y las deudas de Soldevilla, transformando el juicio en un circo rocambolesco escenificado ante las cámaras por el abogado de la acusada, Rodríguez Menéndez, un tipo siniestro y manipulador a cuyo lado MAR parece un simple aficionado.
En el asesinato de Vila las fronteras entre víctima y victimario son difusas, pues se entremezclan. Vila era lo que se llamaba entonces un hombre hecho a sí mismo, un constructor catalán que había amasado una fortuna de 300 millones de pesetas -hoy serían unos 8 millones de euros-, un militante de Fuerza Nueva, un cazador, un coleccionista de armas, un tipo agresivo, violento y maleducado que manejaba sus negocios y su familia con puño de hierro. Acostumbrado a dar órdenes, insultar y ser obedecido sin ser cuestionado, obligó a sus seis hijos a trabajar en el negocio familiar desde los ocho años y no dudaba en recurrir a la violencia física y psicológica contra toda su familia.
La agresividad y la paranoia de Vila, que había descapitalizado su empresa y lo había invertido todo en la finca de 110 hectáreas situada entre Esplús y Vencillón, Huesca, donde será asesinado, se habían incrementado en los meses anteriores a su muerte, cuando la nueva corporación municipal de Granollers, donde tenía su empresa, comenzó a negarle licencias de construcción. Su esposa además llevaba tiempo planeando su huida junto a sus hijos, para ello vendía cosméticos, pedía préstamos que pagaba con otros préstamos y compraba apartamentos con el fin de ahorrar dinero, Pero cuando su esposo se enteró de sus planes -y de las deudas-, la amenazó de muerte a ella y a sus hijos. Fue entonces cuando Soldevilla comenzó a maquinar el plan que acabaría con su esposo asesinado mientras dormía profundamente la siesta -gracias a un Valium en el café-. Tras valorar la posibilidad de envenenarle, Soldevilla logró convencer a tres de sus seis hijos, los gemelos Juan y Luis de 16 años y Marisol de 14, para que matasen a su padre. Tras pasarle la pistola a los muchachos, una Star de 9 milímetros propiedad de Vila, será su hija Marisol la que finalmente se decida y, ante la mirada de su madre, asesine a su padre una calurosa tarde de junio.
A pesar de que en un principio Soldevilla intentará hacer creer a los investigadores que su esposo había sido asesinado por un grupo de terroristas enmascarados, la confesión de la empleada del hogar y la de sus propios hijos desmontarán su versión. Será condenada a 28 años de cárcel, no sin antes haberse convertido en una estrella mediática. Luego llegarán su huida junto a su hija pequeña Dolores, aprovechando un permiso penitenciario, su posado desnuda para Interviú -años después Marisol, enemistada con su madre, hará lo mismo-, su detención en Quito por traficar con esmeraldas y su extradición a España, donde terminó de cumplir su condena. Ya en libertad Soldevilla se casó de nuevo, escribió un libro y enviudó por segunda vez.
Todo este periplo novelesco nos hace olvidar que el asesinato de Vila fue un crimen que no se puede explicar sin tener en cuenta la violencia de género y la violencia contra la infancia. Pues los hijos de Vila y Soldevilla, menores de edad, fueron también víctimas, primero de un padre maltratador y después de una madre que, en vez de protegerlos, los manipuló y los convirtió en cómplices y ejecutores de un asesinato que ella había planeado. Y, aunque podemos entender y compadecer a Neus, una mujer maltratada que sabía que su marido estaba dispuesto a matarla a ella y sus hijos si le dejaban, jamás podremos perdonar que usara a estos últimos para salirse con la suya.

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