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Tierras comunales Cantabria Tierras comunales para los pueblos, un pacto de hace cinco siglos en Cantabria

Cada año, cuando empiezan los meses veraniegos, miles de reses suben hasta los puertos que separan Cabuérniga de Campoo, en Cantabria. Es la Mancomunidad, una forma de aprovechamiento comunal que se mantiene casi inalterable desde hace cinco siglos.

Rebaño de vacas en los pastos comunales. GEMA RODRIGO
Rebaño de vacas en los pastos comunales. GEMA RODRIGO

Les vamos a hablar de vacas, sí, también de montes. Pero, sobre todo, de algo que estaba allí antes de que ninguno de nosotros hubiese nacido. Ni nuestros abuelos. Ni los abuelos de nuestros abuelos. En pocas palabras: el contrato más antiguo del que tenemos noticia en Cantabria. Eso es la Mancomunidad de pastos Campoo-Cabuérniga. De 1497 nada menos, solo que aquello fue una concordia, así que entendemos que antes hubo discordias, y si dos discutieron es porque algo traían entre manos. Vamos, que la cosa lleva camino del milenio, ya ven ustedes. Básicamente consiste en el aprovechamiento comunal de unos pastos altos situados entre la Hermandad de Campoo de Suso y el antiguo Valle de Cabuérniga. A ambos lados de la Cordillera Cantábrica, para que hagan idea. Y se mantiene a día de hoy. Con leves matices, pero se mantiene.

Pero, esperen... ¿Comunales? ¿Animales de diferentes vecinos disfrutando de unas tierras que no son de nadie porque de todos son? Trascendiendo municipios, ojo, regusto de tiempos pasados. Históricamente en Cantabria (en todo el norte) los montes y pastos del común suponían sustento económico casi único para los vecindarios. Aprovechamiento ganadero extensivo, recuerdo, también, de las repoblaciones altomedievales y su naturaleza cambiantes a medida que abandonaban septentrión. Joaquín Costa estudió el fenómeno allá a finales del XIX, justo cuando las privatizaciones lo habían ido haciendo cada vez más y más extraño.

La vida diaria, la cotidianeidad. Llevar tus pocas reses (un puñado de cabezas, no piensen en terratenientes) a la escurridera cada mañana, cuando el mesguero toque cuerno para llamar a vecería. Repartirse el pago al pastor de forma proporcional, dependiendo de cuántos animales posea cada vecino. Alimentar entre todos, incluso, al mastín. Milimétricamente regulado. Cuándo puede ir cada especie a depende qué fincas. Cuándo se podrán mezclar terneros con vacas adultas. Cuándo subir caballos a puertos, cuándo bajar cabras de allí. Todo. La vida de uno como la vida de todos, única manera de engañar un invierno más al hambre.

En la actualidad se siguen conservando muchas de esas mancomunidades y aprovechamientos de pastos, aunque su uso es cada vez menor, porque no hay tanto ganado (ni tanta gente en los pueblos, vaya). La Mancomunidad Campoo-Cabuérniga es la mayor de Cantabria (y una de las mayores de España), con más de 7.000 hectáreas de prados y collados. Vista desde arriba parece una paloma echando a volar.

Primero hay que subir por una carretera perfectamente asfaltada, quitamiedos de madera, apenas rayita en gris entre hayedos y cagigales. El camino se retuerce, cruza por encima de torrentes que bajan rumorosos hasta el río Saja. Los nombres paladean petricor y helechos. La Jaya Cruzá, el Pozo del Amo, Canal de la Cruz. Más allá vemos dos señales con forma de triángulo, una rana dibujada en su interior. "Paso de anfibios", pone debajo. Suenan arroyos, también otra corriente, más metálica. Los campanos, unos enormes cencerros que vacas y caballos llevan colgados del cuello y retinglan a muchos kilómetros de distancia. Cada uno con toque distinto, repicar propio. A medida que te vas acercando hasta Sejos el arrullo es más y más intenso. Aquí y allá, lejos y cerca, en cunetas y entre árboles. Como si te acariciase.

Animales sueltos en el Puerto de Palombera. GEMA RODRIGO

Aún queda para llegar a los pastos. Kilómetros escuchando el chof, chof de las ruedas sobre boñigas frescas, rodando a través de lo que parece una cueva, enmarcado el camino por árboles enormes. Huele a hojas, también ese saborcillo metálico de los riachuelos cuando te acercas. Pequeños bosques de acebo, con ese verde-que-parece-más-verde. En su interior (casi opaco, impenetrable, umbrío y misterioso) resuenan mugidos, y uno no alcanza a comprender cómo han podido entrar por ese frontón de hojas duras, afiladas. Luego ve ramas tronchadas a golpe de caderas bailarinas. Los escaramujos se debaten entre el blanco y el rosa. Hay viento sur, que en Cantabria reseca y da dolor de cabeza.

También, cuentan, trae nervios a personas y animales.

A los puertos de Campoo subía, sobre todo, ganado bovino. Vacas de raza tudanca, bichos grandes con cuernos larguísimos, ojos inteligentes, pelo normalmente grisáceo (tasugo, porque es similar al del tejón). Si tiene contrastes y brillos se la dice josca; corza será cuando presente tonos anaranjados.

Las tudancas son las vacas autóctonas de esta zona. Antes había más pero ahora solo quedan éstas. Y de casualidad. Ganado de trabajo y carne. Apenas dan leche, muy poca, así que fueron sustituidas a lo largo del siglo XX por las frisonas, esas blancas y negras con ubres enormes capaces de llenar, cada mañana, calderos con un líquido espumoso y tibio. Más delicadas, menos recias. ¿Saben el paisaje típico que les acude a la cabeza al pensar en Cantabria? Praderías muy verdes situadas casi enfrente del mar. Pues apenas tiene cien años, su origen está precisamente en este cambio de especies.

Pero hablábamos de las tudancas. En 1965 rumiaban más de 78.000 cabezas en toda Cantabria; para el cambio de milenio no llegaban a 10.000. En los últimos tiempos se han puesto de moda (su carne es muy apreciada en restaurantes de alto copete) y el número va aumentando poco a poco.

Aquí, en las alturas, las vacas tudancas (y otras, veremos) encuentran su hábitat ideal. Pastan tranquilas en un prado que es verde y amarillo y blanco. Allá, a lo lejos, una se rasca la cabeza contra un árbol. Parece inmensa, cuernos que no se acaban. Empieza a moverse en dirección al reportero (morosa, sin prestarme la más mínima atención) y escucho el tono de su campano, parecido a todos los demás, diferente de cualquier otro.

Recogida del ganado. GEMA RODRIGO

También hay caballos, apreciados desde siempre en la gastronomía de Campoo. Caballos grandes, con patas gruesas, crines que llegan casi hasta los cascos. Viven en semilibertad, adultos con potros pequeños, de color marrón oscuro o negro. A veces los sorprendes bajando por una ladera a toda velocidad. Primero uno, luego dos más, al final parece como si la misma montaña estuviese desmoronándose entre relinchos. Después se detienen (debajo de una sombra, junto a un bebedero que surge en mitad de la braña aprovechando calizas que asoman) y los repiques metálicos se pierden entre piafares.

Javier tiene treinta años, tez morena, mejillas sonrosadas y sonrisa tímida, de esas a las que cuesta asomarse pero después no se van. Es uno de los ganaderos que trae sus animales aquí, a los pastos altos. A Palombera, concretamente. "Es que son los terrenos que nos corresponden a los vecinos de Soto, mi pueblo, y también a los de Espinilla". Los de otros sitios (los de Abiada, Naveda o Proaño) tienen asignados seles distintos. "Las subo aquí cada primero de mayo", me cuenta, "desde siempre". El ayuntamiento marca las fechas de manera oficial, pero no hace falta. La tradición es tan fuerte que todos saben qué y cuándo.

Ha llegado en un todoterreno de color gris para ver a las ochenta cabezas (cuerno arriba, cuerno abajo) que tiene en Palombera. Todas vacas destinadas a carne, ninguna de raza tudanca. "Resultan costosas de mantener", cuenta, "el jato da poco dinero, y para sacrificar la vaca vieja tienes que esperar algunos años, así que...", y deja puntos suspensivos en el aire fino de la montaña. Las tudancas no dan leche, y su ternera apenas se comercializa (que no les engañen). Se busca el animal viejo, el corte de un color rojo intenso, la pieza veteada con grasa. Le pregunto qué razas hay allí entonces. "Pues lemosinas, y cherolesas, sobre todo".

Javier es ganadero. Quiero decir que se dedica solamente al ganado. "En Soto quedamos cinco. Todos traemos los animales aquí, es la única forma de mantener la explotación". Viene cada día para vigilarlas, para mirar los jatos, para ver cómo sigue el embarazo de las preñadas, para controlar que estieles y duendas tengan todo lo que necesitan. Hoy, por ejemplo, ha tenido que aflojar el campano a cuatro de ellas. Trabajo delicado, susurros en voz bajita a los animales, manos expertas que manipulan la correa de cuero sin equivocarse. Dudo, me pregunto si no será una tontería, si me va a mirar mal. Al final puede más la curiosidad. Oiga, y… ¿reconoce a todas sus vacas? Él sonríe aún más ancho, incluso un comienzo de carcajada asoma a su rostro (solo que la detiene, porque la gente de los pueblos es muy educada, y no quisiera, seguramente, dar a entender que se ríe de mí). "Pues claro. A todas. Por el tamaño, por el aspecto, por el sonido diferente de cada campano. O por su forma de ser. Cada una es diferente de las demás".

Surgieron problemas. Con la concordia de 1497, digo, porque lo de discutir es la cosa más natural del mundo. Así que en 1743 hubo de dictarse una Real Sentencia que establecía minuciosamente alcances, fechas, aprovechamientos y demás detalles de esta Mancomunidad. A un lado de las montañas el Marquesado de Argüeso (hoy Hermandad de Campoo de Suso… aproximadamente, no vamos a matizar más la historia, que da para horas), al otro el Valle de Cabuérniga (actuales municipios de Los Tojos, Ruente y Valle de Cabuérniga). También, claro, qué condiciones deben cumplir los gajucos, animales cuyos propietarios no pertenecen a la Mancomunidad pero tradicionalmente pastan en estas alturas. Llegan desde Cabezón de la Sal, Reocín, Mazcuerras, Udías, Ruiloba. Los unos pueden bajar cerca de la costa cuando hay nieve en puertos, los otros suben hasta collados si alborean estíos. Hoy el gobierno de la Mancomunidad Campoo-Cabuérniga tiene forma de Junta Directiva, al frente de la cual hay un presidente, que será el alcalde de uno de los cuatro municipios propietarios.

Paso canadiense de acceso a los pastos libres. GEMA RODRIGO

Este año subirán allí unas 6000 reses.

La majada donde Javier tiene sus vacas está situada a pocos metros de la carretera, por la Collada de Ozcaba. Allí hubo en el medievo una venta que hacía las veces de refugio, posada y hospital para quienes subían por esta senda. Uno de ellos fue nada menos que Carlos de Habsburgo. Ascendió por aquí en plena noche huyendo de las pulgas que hicieron imposible su descanso en el pueblo de Los Tojos (paré también en Los Tojos a la bajada y me pareció vecindario de lo más limpio, lo que confirma mis sospechas de que Carlos era algo tiquismiquis). Eso fue en 1517, cuando aun nadie le había jurado como rey. Tiempo más tarde la venta cambió su situación unos metros más al oeste, hasta el lugar de Tajahierro, donde aún se puede ver hoy. El sitio era tan inhóspito que, ventaja de ventajas, se permitía que vendieran el pan más caro.

Si hubiésemos venido en fechas distintas, el ganado de Javier estaría en otro sitio, porque se va moviendo. El destino final son las praderías de Sejos, el inmenso océano esmeralda que queda a poniente. Allí aprovechan la hierba más fresca, los brotes más sabrosos. Dicen que este forraje tiene más nutrientes, es más rico, fortalece mejor al animal. Cuentan, también, que el terreno es tan fructífero que el verde puede crecer hasta tres y cuatro veces durante el verano, proporcionando siempre alimento recién brotado para rumiar gozosamente.

Para cada pueblo es distinto. "Nosotros llevamos las vacas a puertos el quince de junio", cuenta Nicolás Toral, alcalde del municipio de Valle de Cabuérniga, uno de los que disfruta de la Mancomunidad. Tal día suben a Sejos, aunque es habitual que en las jornadas anteriores ya se hayan ido acercando hasta los prados altos, hasta los puertos. Pero la fecha oficial, la que marca la tradición (y la ley) es ese quince. Madrugar, empezar el ascenso. Siempre a pie, rebaños de ochenta, cien, doscientas vacas, un par de hombres delante, otros dos detrás. Mono de trabajo azul, gorra, las botas altas que son indispensables aquí. A veces ayudan los chavales, claro, porque la de ganadero es actividad familiar más que personal. Después (el sol que asoma por Bárcena Mayor) tomar la carretera del Saja, ritmo moroso que marcan las reses, ocupar todo el asfalto, detenerse aquí y allá, en fuentes, en recodos. Desviarse en una de las múltiples entradas que hay hasta el corazón de la sierra. Siempre perfectamente delimitada.

Mojones. En el camino, al final de las coteras, incluso en mitad de los bosques, como si fueran setas que han pasado por el gimnasio. Marcan aprovechamientos, alcances. Hasta este punto puedes llegar tú, de ese otro no me puedo pasar yo. Y así desde siempre. Algunos de estos hitos (cada vez menos) tienen siglos de antigüedad, cantos que salen de la tierra y están marcados por manos que murieron hace trescientos o cuatrocientos años. Deslizas los dedos por la superficie rugosa (amusgada, filos aquí, humedad allá) y encuentras signos que te saben a misterio. Cruces, flechas, letras. La historia está viva.

Sejos es un lugar extraño. Fantástico. "Llanura infinita plagada de costras y tumores", escribe José María Pereda, que era muy suyo. Pero no es poca descripción, si le quitamos la mala hostia. En Sejos, mires donde mires, solo encuentras praderías muy verdes, océanos de olas bajas que se mecen suavemente al silbar del viento. Y pequeñas irregularidades. Menhires, por ejemplo. O, más maravilloso aún, los llamados Cantos de la Borrica, piedras enormes que se mantienen en equilibrio casi por arte de magia, desafiando a la razón. De lejos no puedes creerlo, piensas que cualquier soplido acabará con miles de kilos rodando por la tierra. Apenas te atreves a tocarlos. Luego reflexionas. Cómo llegaron allí, quién los llevó. Porque alguien hubo de ser, no te crees la explicación científica, esa que te habla de antiguos glaciares, de disposiciones caprichosas, sí, pero fruto de casualidad y naturaleza. No, eso no es posible. Ojáncanos, han tenido que ser los ojáncanos, ogros de un solo ojo que aparecen en la mitología cántabra y todo lo pueden. Ellos están acumulando chinas inmensas allá arriba, a saber con qué oscuras intenciones. Por poniente llegan nubes. En pocos minutos el mundo tendrá la textura del algodón.

A veces aparece una construcción en mitad del pasto. Pequeña. Vista desde lejos se confunde con una de esas verrugas de piedra que le crecen a Sejos en la piel. Pero no, son artificiales. Cabañas de pastores. O chozos, si son redondas. Otro ejemplo de cómo los pueblos aprovechaban de forma comunal este tesoro en mitad de la cordillera.

Edificaciones sencillas. Muros gruesos, ningún vano, ni pensar en cimientos. Los materiales que da la montaña, el emplazamiento ideal, cerca de las fuentes, de los lugares donde pasta el ganado, de sitios donde obtener los cantos que luego se apilan uno a uno, sin argamasa. Encima barro, helechos, rozo, todo para intentar aislar lo más posible un interior perpetuamente húmedo. Diminuto, diez o quince metros cuadrados, con camastro, nicho, un pequeño hogar para cocer borona. Estos chozos son fabricados por los mismos concejos, así que no son de nadie y de todos son. El común que salta a los ojos, otra vez.

También hay cabañas más modernas. La curiosidad me puede y entro a un sel. Debo atravesar el paso canadiense, ideado para que no lo puedan cruzar los ganados (y, presumiblemente, los reporteros escasamente ágiles). Las lluvias han hecho charco, nadan zamperros de todos los tamaños. Zamperro es como se le dice en Cantabria a los renacuajos, y aquí los hay de ranas, de sapos, incluso un par de tritón. Algunos empiezan a apuntar las patas, ansiosos por escapar y ver qué es eso del mundo real.

En el sel, una pequeña obra. Pocos años. Paredes encaladas, más amplia que los chozos. Me asomo y aquello parecen los restos de un apocalipsis. Mesa pequeñita, recubierta con papel de plata a modo de mantel. Balda de plástico sobre la que descansan una botella de agua (a medio beber) y un rollo de papel higiénico (a medio gastar). Hay dos taburetes con telarañas, la chimenea llena de tizne y maderas consumidas, la pared pintada. "Fariña", pone. Decido que es por el libro de Nacho Carretero, y concluyó que allí se ha celebrado un taller literario, lo que explica el desorden. Por si acaso salgo sin tocar nada.

¿Hasta cuándo?, pregunto a Javier. ¿Hasta cuándo está tu ganado aquí arriba? "Las bajamos a finales de octubre", me dice. En otros sitios es distinto, claro. Nicolás dice que los animales de Cabuérniga descienden a principios de ese mismo mes. El día diez se celebra la pasá en Carmona. Las tudancas lustrosas, simpatiquísimas, engalanadas con flores y coronas en sus cabezas para exhibir el cambio de estación, para anunciar la llegada del invierno. Ritual de paso, claro. En Valle lo llaman la campaná, en Abiada, al otro lado de Sejos, los campanos. La idea es idéntica. Calendario pecuario en pueblos que antes vivían al ritmo del respirar, sonoro, profundo, de estos animales. La luz que va menguando, los días más cortos, clareando albos los puertos algunas mañanas. Olviden meses, lunas y días… lo realmente importante era (es) esto.

Como cada año. Desde que el mundo es mundo.

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