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Turismo en Barcelona El agridulce espejismo de una Barcelona sin turistas

El coronavirus vacía la ciudad de visitantes por un tiempo y hace aflorar las fragilidades de rendirse solo al visitante. Hay quien ve en ello una ocasión para cambiar el modelo, otros dudan de que se aproveche

Playa de Barcelona sin turistas | J.B
Playa de Barcelona sin turistas | Jordi Bes

jordi bes

El centro de Barcelona presenta un aspecto inédito. Solo hay que ver la calle Ferran, que conecta la Rambla con la plaza de Sant Jaume, en pleno Gòtic. Era un hervidero de gente, y ahora, pese al avance de las fases del desconfinamiento, los transeúntes han sido pocos y muchas persianas han seguido bajadas.

Desde que empezó lo del coronavirus, las tiendas de alimentación no han dejado de funcionar, pero aquí fue ordenarse el confinamiento y cerrar una de sus dos panaderías. Basta con ello para hacerse una idea de la evolución del Gòtic, que ha sufrido una fuga continua de residentes, aupada por la presión turística e inmobiliaria, así que ahora múltiples locales para turistas esperan a su vuelta para reabrir. Otros puede que ya no lo hagan nunca, un panorama que se repite en otros puntos del distrito de Ciutat Vella, como el Born.

A la espera de si el turismo volverá a Barcelona después de la reapertura de fronteras el próximo lunes, la ciudad está plagada de huecos de inusitada tranquilidad. En el parque Güell, por ahora la zona monumental ha dejado de ser de pago y se puede disfrutar de los bancos de Gaudí sin esquivar hordas de turistas. Lo mismo ocurre alrededor de la Sagrada Família. En otros lugares hay más movimiento, como el Turó de la Rovira o el litoral, pero la presencia de turistas venidos de lejos es como mucho testimonial. Vecinos y entidades que hace años que piden rehacer la relación con el turismo creen que el coronavirus ha despejado dudas.

Esgrimen lo que ha ocurrido en muchas calles de Ciutat Vella, que han lucido como sacadas de una ciudad fantasma, para recordar que rendirse al visitante puede ser contraproducente. Hay quien ve en ello una oportunidad de oro para un cambio, pero no son pocos los que piensan que esto es un espejismo y que, tarde o temprano, todo volverá a ser como antes.

Amanda y Tommaso aguardan en la cola de una tienda de frutos secos en el Born. Creen que "debería regularse el tipo de negocios": menos souvenir y más tienda de barrio. Se plantean si será viable económicamente, pero, "si hay intención política, se puede hacer", insiste Tommaso. Aquí, con la fase 2, reabrieron pocos bares pese a poder hacerlo, y cabe ver el efecto que tendrá la fase 3 o nueva normalidad. Enrique Castro, del restaurante La Catalana, dice que "los que trabajan con guiris están cerrados", a la espera de su regreso.

Es la tercera generación de una familia de restauradores que a mediados de los 90 hizo lo que muchos: dedicarse en cuerpo y alma al turista, lo que significaba cobrar lo que fuese por lo que fuese y ganar mucho dinero. Pronto rectificaron. "No me gustaba cómo trabajábamos", recuerda, y empezaron a reservar mesas para el barcelonés, el que volverá si está contento, mientras que el turista es probable que no lo haga jamás. Ahora ha abierto antes que nadie y avisa a los que confían remontar con el consumo local: "Cuando no quieres trabajar con la gente de aquí, esta no es tonta y no vendrá a salvarte".

Cerveza a precio de barrio

En la Rambla quieren hacerse más atractivos para el barcelonés. Incluso en el Cafè de l'Òpera han bajado precios. Reabrieron la semana pasada con la fase 2 con la cerveza en la terraza a 2,50 euros, en un paseo donde las jarras de un litro rondaban los 10, 12, 14 euros... "De momento estamos trabajando con la gente más humilde que no puede pagar 3 o 4 euros por una cerveza", afirma Berto, uno de los camareros.

Del mercado de la Boqueria han llegado a desaparecer los zumos y bandejas de fruta cortada. "No puedes hacer zumos si no los vendes", dice Mireia, una vendedora, aunque cuando vuelva el turismo cree que deberán "amoldarse un poco" de nuevo. Zumos y fruta cortada ya han empezado a volver tímidamente.

En la calle Ferran el hostal albergue Fernando ha sido de los primeros de la ciudad en reabrir. Jaime Cabeza cuenta que tiene ofertas para julio y agosto de una habitación doble con desayuno a unos 60 euros, y no le está yendo mal. Antes la habitación valía 120 euros y, si se vendía, subía a 130 y luego a 140, y así progresivamente. Al lado del hostal tiene una cafetería de tapas a precios ajustados. Tiene dicho a los camareros que ahora al comensal del país debe avisársele de antemano de que la paella es congelada. A este no se le puede dar gato por liebre.

Este verano se trata de "subsistir", pero Cabeza está convencido de que, "cuando haya una vacuna y fármacos [para el coronavirus], volverá a cambiar todo" y se regresará a lo de antes. Lo ilustra con una idea con la que seguro que comulgan algunos establecimientos. "Si vendo una mierda y la gente me la compra, ¿por qué debo cansarme haciendo otra cosa?", asevera.

¿Un cambio de rumbo?

Las voces que ya eran críticas con el modelo turístico avisan de que no se intuye ningún afán por revisar las cosas, a juzgar por intervenciones como las de Turisme de Barcelona, que quiere captar visitantes que puedan acudir a la ciudad en coche –o tren– en un momento en que las políticas municipales se encaminan hacia lo contrario: reducir el vehículo privado.

Daniel Pardo, de la Assemblea de Barris pel Decreixement Turístic (ABDT), defiende "dejar de rescatar al sector turístico" y tratar de diversificar la economía. "El monocultivo de una industria tan frágil es directamente suicida", defiende.

Jose Mansilla, antropólogo urbano y miembro del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), también opina que con el virus se ha demostrado esta fragilidad. Mediante Cerrado por Vacaciones –@vacio_turistico en Twitter–, recopila imágenes que atestiguan cómo la ciudadanía se ha adueñado de espacios turísticos. Para él, que los vecinos del Carmel hagan una barbacoa en el aparcamiento de autocares del parque Güell o que los niños jueguen al lado de la Catedral demuestra que un espacio "no es tanto la idea originaria de los arquitectos sobre el plano, sino su apropiación". Cree que hay que perseverar en ella y exigir a los poderes públicos que actúen después de que Barcelona y otras ciudades hayan "vendido su alma" al turismo.

Para Asunción Blanco, profesora de geografía de la UAB y miembro del grupo de investigación Tudistar, "no hay que desterrar el turismo al 100%", sino hacer que la Administración pública le ponga un techo. "Poder poner una proporción adecuada al número de habitantes que tenemos", defiende Blanco, que también es investigadora de la ABDT. Se trata, en su opinión, de "hallar modelos alternativos para no decrecer en calidad de vida, sino hacer decrecer las actividades depredadoras".

Itziar González, que fue concejal de Ciutat Vella entre 2007 y 2009, considera que es el momento de reconvertir el sector turístico con una actuación "muy contundente": rescatar tiendas y pisos turísticos para que vuelvan los vecinos y el comercio de proximidad a Ciutat Vella. "Necesitamos rellenar el centro histórico, porque si no se irá degradando", defiende. Para ella, el regreso de los vecinos garantizaría que no sea el mercado quien lo condicione todo.

Una vuelta por fases

Desde el Gobierno municipal, el concejal de Turismo, Xavier Marcé (PSC), está centrado en que se retome el turismo por fases para terminar el año pudiendo planificar "de manera mucho más acertada la recuperación definitiva". Marcé detalla que "el principal objetivo de la ciudad en estos momentos es que el incremento del consumo local trate de compensar" la falta de visitantes, con el objetivo de que "el sistema no quiebre y no cierren las empresas". Añade que todo ello va acompañado de un modelo de actuación público, que ya estaba en marcha, "que permita cambiar algunos elementos que actuaban sobre la relación de turismo y ciudad", tratando de evitar la masificación en el centro.

Para lograrlo, cree que hay que modificar cómo se desplazan los 6-7 millones de turistas anuales que hacen excursiones de un día desde poblaciones de la costa, así como diversificar los atractivos de la ciudad. En cuanto al parque Güell, opina que hay que disuadir más al turista de acudir cuando la zona monumental de pago ya está llena. Eso sí, aclara que no está sobre la mesa limitar el número de turistas que acuden a Barcelona.

¿Hasta cuándo se podrá jugar?

Un padre, a su hijo: "¿Quieres jugar por aquí, o vamos hacia allá?". Y el pequeño le contesta: "Vamos hacia allá". Están en un Born sin turistas. Para el padre, Joaquim Vilalta, "el turismo day quita cosas: da vida al comercio y quita intimidad", así que pide hallar un punto intermedio. Ahora hay sitios de Ciutat Vella donde los niños juegan como antaño en lugar de estar plagados de visitantes, por ejemplo en los alrededores de la Catedral. Para Daniel Pardo, de la ABDT, es una gozada, pero pregunta: "¿Hasta cuándo nos dejarán jugar? Y quien dice jugar, dice vivir".

Una oportunidad para la Rambla

En algo hay consenso, y es que la Rambla vacía no es la Rambla. El gerente de Amics de la Rambla, Xavi Masip, defiende que ya tenía mucha oferta no solo para turistas, pero ahora ve la oportunidad de "reorientar" negocios de sangría y paella a precios desorbitados con el fin de atraer público local y visitante. "Nos deben ayudar tanto las Administraciones como la gente de Barcelona, que debe querer este cambio, y para hacerlo debe apoyar las ofertas en esta línea", afirma, y añade: "Si mejoramos la Rambla, mejoraremos Barcelona". El objetivo del concejal de Turismo, Xavier Marcé, ya es que haya "un equilibrio mucho más razonable entre público local y público turístico", y admite que hasta ahora la Rambla ha estado "excesivamente comandada" por lo turístico.La arquitecta y urbanista Itziar González forma parte del equipo Km-Zero que ganó el concurso municipal para definir la transformación del paseo. Constataron que allí solo viven medio centenar de vecinos, frente al millar que asegura el Consistorio. "Pusimos sobre la mesa la desertización de la ciudad", dice. La también exconcejal cree que la Rambla "debe democratizarse", esto es que pueda estar todo el mundo sin tener que consumir y eso pasa por reimpulsar su dimensión cultural.

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