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El conflicto catalán hace 100 años: una historia de demasiadas similitudes con la actualidad

La situación convulsa en Catalunya, como muchos se atreven a afirmar, es cíclica. Como si se tratara de un reivindicación que, de vez en cuando, sale a flote y agita la actualidad de una forma desaforada. Y razón no les falta. Hace 100 años, las discusiones en torno al nacionalismo catalán ya tenían su cabida en las Cortes españolas.

El periodista Jonathan Martínez se ha percatado de lo que en enero de 1919 decía un diario tan respetado como El Sol y, para sorpresa de la mayoría, no difería demasiado de lo que se podría decir en la actualidad.

Los personajes de entonces llegan a ser intercambiables con los de ahora, y cualquier ávido lector podrá hacer una rápida relación entre lo que pasaba y lo que pasa. Una especie de quién es quién. Ya se sabe, la historia se repite.

El inicio de la disputa está en que los políticos catalanes deciden volver a las Cortes españolas.

Ya en el editorial de El Sol apuntan que se necesitan soluciones democráticas pero que cada vez son más difíciles de llevar a cabo dada la poca simpatía que el sistema de aquél entonces levantaba entre las masas.

No faltan las opiniones del que con la aplicación del estado de guerra durante unos días se resolvería todo.

Tampoco las ideas de quienes defienden un referéndum consensuado con el Gobierno español.

El jefe del Gobierno, el Conde de Romanones, les responde que en Catalunya se puede decidir cualquier medida pero para que tenga efecto debe ser aprobada por el conjunto de España. Añade, ni corto ni perezoso, que mejor centrarse en los presupuestos y que con "mano dura" acabará con "tal estado de las cosas".

Éramos pocos y parió la abuela. Eduardo Dato, que ni se imaginaría su asesinato dos años después mientras era jefe del Gobierno español por disparos de tres anarquistas, dice que es mejor dejar el tema catalán aparcado para centrarse en lo importante, el dinero.

La Liga Patriótica Española, de corte fascista y en donde se integraban diferentes policías y militares, empezaba a pasearse por las calles de la ciudad Condal con banderas rojigualdas y vivas a España.

El gobernador de Catalunya echa más leña al fuego cuando prohíbe cualquier otro emblema que no sea la bandera rojigualda o la catalana de cuatro barras. Una medida que coincidía con el despegue de la Federació Democràtica Nacionalista, que iba a utilizar la estelada como bandera.

Como hoy en día, los actos que iban en contra de la legalidad establecida tenían su castigo, más allá de si esa legalidad fuera justa o no. El Sol daba la noticia: tres nuevos presos, uno por gritar mensajes subversivos y otros dos por vender botones con la bandera catalana.

Pero la abuela sigue pariendo. El Colegio de Abogados se posiciona junto a los presos políticos encarcelados y adopta el catalán como lengua oficial.

La universidad no está tampoco muy alejada de la realidad. Sigue sin saberse si el catalán se puede utilizar dentro de las aulas.

También asoma su cabeza un periodista internacional que, cual tertuliano experto en absolutamente todo, dice que los catalanes no deberían separarse por toda la industria que les ha brindado España.

Los políticos catalanes dicen que darán la batalla, y en Madrid se muestran desconcertados sobre lo que eso puede llegar a suponer.

Como se puede apreciar, aunque las caras sean diferentes, el papel de los actores es bastante similar al actual. Tan solo hay que atar cabos sin estirar mucho la cuerda.

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