¿Por qué WhatsApp es un filón para la ultraderecha y sus bulos?

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Mezclados entre chistes, imágenes de gatitos, fotomontajes deseándoles prosperidad y bendiciones de todo tipo: así llegan los bulos a través de WhatsApp. Unos aseguran que las imágenes de Rajoy saltándose el confinamiento son de 2018, otros que Iglesias quiere "confiscar el dinero de los ciudadanos en los bancos" o que se ha reservado una planta de un hospital para familiares de Pedro Sánchez. Mentiras mezcladas con todo tipo de remedios naturales y complejos vitamínicos contra el coronavirus o avisos de conspiraciones ocultas por intrincados intereses. Falsedades bastante burdas, pero que por el propio funcionamiento de WhatsApp no pueden ser respondidas ni puestas en duda. El receptor se las come con patatas y a otra cosa.

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Bulos en WhatsApp.

Llegan de amigos, compañeros de trabajo, grupos de familias… por lo que resultan muy atractivos. A diferencia de otras redes como Twitter o Facebook todo el mundo está en Whatsapp (Ya tiene más de 2.000 millones de usuarios), incluido gente que no consume medios de comunicación de forma habitual.

Lo cierto es que WhatsApp y otras apps similares, que por un lado son muy útiles y suponen un avance para la comunicación interpersonal, también son un ecosistema perfecto para que germinen los bulos por muchos motivos. Y este es un problema mundial: en India, por ejemplo, se han registrado asesinatos provocados por multitudes que se creyeron bulos sobre secuestros de niños. WhatsApp lo sabe y está tomando algunas medidas. Recientemente ha impuesto un límite de reenvíos. ¿Sabéis cómo ha reaccionado la derecha y la ultraderecha española? Pues con otro bulo: asegurando que WhatsApp censura siguiendo órdenes del Gobierno y pidiendo a la gente que se mueva a Telegram, otra app. La reacción es que Telegram ha subido en los primeros puestos de descargas en los últimos días.

Estos son los motivos por los que las apps de mensajería como WhatsApp son un filón para la ultraderecha y sus bulos:

No se puede saber de dónde procede el mensaje. Al móvil llega como "reenviado" por un contacto, pero no es posible para los que lo reciben conocer la procedencia original del mensaje. En conclusión, los emisores de los bulos, sean personas físicas u organizaciones, quedan en el anonimato.

Tampoco podemos saber cuánto se está moviendo. Al contrario de lo que sucede en Facebook o en Twitter, nadie se entera de la repercusión. Es totalmente privado, no hay cifras. En Facebook, Twitter, etc. podemos ver qué pagina lo mueve, cuántos seguidores tiene, etc. Y por el número de retuits, comentarios o favoritos se puede inferir si ha tenido mucha repercusión o no. En WhatsApp no existe nada de eso.

De hecho, los periodistas no podemos ni siquiera identificar qué mensajes se están moviendo más que por casualidad. Sólo por lo que oímos a gente a la que le llegan o los que nos llegan a nosotros. Si un bulo se mueve a gran escala en otras redes alguien saldría a desmentirlo con datos, en WhatsApp puede haber bulos masivos y no llegar a conocer la magnitud de los mismos.

No hay posibilidad de comentar o debatir. Al usuario le llega una información y punto. No hay comentarios debajo, donde otras personas puedan desmentirlo, en el caso de ser falso, como sí sucede en otras redes. En Twitter, por ejemplo, si alguien mueve un bulo, debajo habrá gente advirtiendo, o al menos un debate con opiniones diversas:

El tremendo alcance de WhatsApp. No todo el mundo consume diversos medios de comunicación, menos aún digitales o está en las redes sociales, pero hay poca gente sin móvil y WhatsApp. Gente también, por lo tanto, que no esta acostumbrada ni tiene conocimientos para buscar por sí misma información que le permita identificar noticias falsas.

Es muy atractivo porque permite interactuar con seres queridos. Los bulos llegan mezclados entre chistes, imágenes bonitas o bendiciones religiosas. A los usuarios les resulta atractivo mirar el móvil y compartir entre sus amigos y familiares cosas que les parecen interesantes, curiosas o que creen que deben conocer. Como además es algo ameno, realizan esa actividad a cualquier hora del día.

Son cortos y no invitan a la reflexión, sino a compartiros. Como en las redes de mensajes cortos, el contexto tiene menos importancia y potencia el lenguaje directo y muy llamativo, con fotos también llamativas y fotomontajes, que encienden al que lo recibe. Pero sin las ventajas de conversación que tienen otras redes como Twiter.

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