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Carolina Iglesias y Victoria Martín son las presentadoras del podcast 'Estirando el chicle'. Fuente: Podium podcast
Carolina Iglesias y Victoria Martín son las presentadoras del podcast 'Estirando el chicle'
Carolina Iglesias y Victoria Martín son las presentadoras del podcast 'Estirando el chicle'. Fuente: Podium podcast.

¿Qué hemos aprendido de la polémica de ‘Estirando el chicle’ y la política de la cancelación?

La expresión comenzó a usarse en 2015 para referirse al fenómeno de retirar el apoyo a personajes públicos o empresas. Algo así como “sin vuestros seguidores no sois nadie y los podéis perder si seguís adelante”. Carolina Iglesias y Victoria Martín son las últimas víctimas de una larga lista de creadores

Raquel Sáez

12 de agosto de 2022. Ese día tocaba un nuevo episodio de Estirando el chicle, el podcast de Carolina Iglesias y Victoria Martín que lo ha petado este año, un pequeño espacio para rajar de todas las cosas que les indignan, pero con un toque cómico. En ese capítulo veraniego, estaba previsto que participase Patricia Sornosa, una controvertida humorista a la que le han llovido palos por sus postulados acerca de las personas trans, no binarias y queers.

Las redes no tardaron en reaccionar al anuncio y sacaron todos los trapos sucios. El arma arrojadiza eran pantallazos de tuits de Sornosa. El asunto tomó otro nivel con la intervención de organizaciones especializadas. La ONG International Human Rights Foundation y respondió a la cuenta oficial compartiendo una publicación de ONU Mujeres en la que se leía: “Women’s rights = Trans rights = Human rights” (Derechos de las mujeres = derechos trans = derechos humanos).

La crucifixión ha durado casi todo el verano. Y después de las críticas vinieron las amenazas. Algo así como “sin vuestros seguidores no sois nadie y los podéis perder si seguís adelante”. Estirando el Chicle se convirtió en víctima de la cultura de la cancelación. Lo que toda la vida se ha conocido como boicot.

¿Quién tiene una comunidad tiene un tesoro?

Internet lo ha puesto todo patas arriba. Antes, nos tragábamos todo lo que echaban en la televisión. Si no nos gustaba lo programado por el canal de turno, simplemente, nos fastidiábamos. No había nada que hacer ni donde elegir. Pero ahora es diferente. Consumimos a la carta: una serie de aquí, un podcast de por allá… El ecosistema del entretenimiento ahora ofrece de todo y para todos.

A los creadores, se les considera dos miembros más de la comunidad. Iglesias y Martín no iban a ser menos. Se las venera como si no hubiera mañana, porque sueltan por la boca todo lo que nosotros pensamos. Son portavoces del pensamiento, incluso gurús para algunos.

Pero las comunidades son un arma de doble filo. Los usuarios dan a entender que sin ellos no son nadie y que lo perderán todo. Una amenaza en toda regla, al igual que sucedió en el sonado caso de Estirando el chicle. Basta con proponer contenidos que no gustan para que los usuarios salgan en masa (o en jauría). Arramblando con todo.

El nuevo ecosistema no es la panacea ni mucho menos. Y encima da pie al anonimato. “No hemos avanzado demasiado desde las turbas medievales. Simplemente ahora tenemos teléfonos móviles y avatares tras los que escondernos. Y comunidades capaces de devenir tanto en secta como en dogma”, analiza el crítico de televisión Alberto Rey.

La cultura de la cancelación no es nueva, pero sí está de actualidad. La expresión comenzó a usarse en 2015 para referirse al fenómeno de retirar el apoyo a personajes públicos o empresas. «Es la tendencia a boicotear la actividad profesional o artística de un personaje célebre como represalia por haber hecho acciones o comentarios que socialmente se consideran inapropiados. Puede que realmente sean del todo inapropiados o que simplemente sean percibidos como tal por un determinado colectivo», apostilla el profesor de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC, Ferran Lalueza.

El juicio a la Perra de Satán

Como lo ocurrido en Estirando el chicle hay muchos ejemplos. Beatriz Cepeda es conocida en redes sociales como Perra de Satán, una influencer zamorana que se ha hecho célebre por su sentido del humor e incluso ha publicado un libro, Kilo Arriba Kilo Abajo (2016), en el que reflexionaba sobre los problemas con la comida.

Lo que no sabía es que un usuario iba a rebuscar en el pasado. Concretamente, en el fondo de su timeline de Twitter. Encontró mucho material incendiario: varios tuits homófobos y racistas escritos hace diez años (2011).

Al igual que las conductoras de Estirando el chicle, Cepeda también pidió perdón. Incluso expresó su vergüenza “por lo que fue” y reconoció que los comentarios estaban llenos de “odio y de racismo”. De nada sirvió. No aguantó los ataques y desapareció para siempre en Twitter.

De aquella traumática experiencia, salió algo bueno: ¿Puedo hablar! Se trata de un podcast presentado por Enrique Aparicio (Esnórquel) y Cepeda, en el que hablan de trastornos de la alimentación, el problema de la gordofobia y otros problemas de salud mental. No les ha ido nada mal y han vuelto a enganchar a mucha gente. Desde ese altavoz, han reflexionado sobre el derecho a madurar y evolucionar.

¿Existe el perdón de la comunidad?

Algo chirría. En los dos casos, las creadoras recibieron una avalancha de insultos y críticas desmedidas, poniendo en duda incluso su integridad y principios.

Pero, ¿el rechazo es permanente y definitivo? A juzgar por lo sucedido en el caso de Estirando el chicle, no. El 23 de septiembre de 2022 Iglesias y Martín congregaron a 12.000 personas en el Wizink Center de Madrid y otras 16.000 siguieron el acto por streaming. El show de comedia en vivo más grande de la historia de España. De ahí, se pueden extraer muchas conclusiones. En este caso, que igual las redes sociales no son un buen termómetro para medir el rechazo o la aceptación a un contenido o causa.