Cinco ciudades para recordar a Bowie

“Siempre hacía lo que le daba la gana. Su muerte no fue muy distinta a su vida: una obra de arte”. Cuando David Bowie falleció a principios de 2016, su amigo y productor Tony Visconti definió de esta forma al genio británico. Dos días antes de morir, había publicado su último álbum. No quiso dejar de hacer lo que más le gustaba hasta el último instante: componer canciones. 

El autor de himnos como Space Oditty, Heroes o Life on Mars dejó huella allá donde pisó. Desde su Londres natal, hasta Nueva York, pasando por la pesadilla de Los Ángeles, o el sueño psicodélico de Nuevo México. Acompáñanos en este viaje alucinado y alucinante tras los pasos de Ziggy Stardust.  

Londres 

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No, Bowie no tenía un ojo de cada color, aunque lo pareciese… Todo sucedió en 1962 cuando George Underwood, amigo de la infancia de Bowie, le dio un guantazo. ¿El resultado? Cuatro meses de hospital y un ojo con la pupila dilatada permanentemente. “Creo que, al final, me hiciste un favor, George”. Efectivamente, Underwood y Bowie siguieron siendo amigos e incluso el púgil le diseñó algunas portadas de sus primeros discos, como el mítico The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars.  

Este fue uno de los curiosos episodios que vivió David Robert Jones (que así se llamaba antes de añadir la denominación de un cuchillo a su nombre) en sus primeros años en Brixton y Stockwell, barrios al sur de Londres. A finales de los 60 el músico comenzó a despuntar en la escena londinense, que por aquel momento vivía una fiebre creativa que seguiría contagiando al resto del planeta durante décadas.  

Los Ángeles 

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En los primeros 70’s, Bowie facturó varias de sus obras maestras en Londres: Hunky Dory, el mencionado Ziggy Stardust, o Aladdin Sane. Pero el músico británico quiere más. Y en Los Ángeles tendrá dos tazas. Aunque Bowie solo llegó a vivir unos 10 meses en la ciudad californiana, la intensidad de aquella estancia a punto estuvo de acabar con él. 

Con una estricta dieta compuesta por leche, pimientos y paladas de cocaína, el artista londinense vivió su particular descenso a los infiernos. Llegó a Los Ángeles atraído por el mundo del cine pero acabó convirtiéndose en el vampiro de Hollywood, un ser frenético devorado por sus propios personajes y con un pie en la tumba.

Con todo, tuvo tiempo para grabar de Station to Station, otro de sus discos más celebrados, pero en febrero de 1976, vacía su casa alquilada en Bel-Air y se va a ¿esquiar? a Suiza: nunca volvió a vivir en Los Ángeles. 

Albuquerque (Nuevo México) 

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¿Y qué pinta la ciudad que popularizó Breaking Bad en la vida de Bowie? El Duque Blanco, más blanco que nunca, hizo un break en su delirante estancia en Los Ángeles para rodar El hombre que cayó a la Tierra, en la que da vida a un personaje que le iba como anillo al dedo… y más en aquella época: un extraterrestre.  

Bowie pasó 11 alucinadas semanas rodando el film, buena parte de ellas en el desierto de Nuevo México dando forma a su película más recordada. El director británico Nicolas Roeg, también amigo del cantante, fue el encargado de trasladar al cine la peculiaridad del personaje de Bowie, aprovechando la enorme fama que por aquel entonces ya tenía el músico en todo el mundo. 

Bowie llegaba en limusina al rodaje, tenía varios asistentes personales, pero como buen inglés siempre era puntual y nunca olvidaba una línea de diálogo. Se tomaba muy en serio su papel: “Bowie se comportaba como un alien, tanto dentro como fuera del set”, recordaba Tony Richmond, director de fotografía de la película.

Berlín 

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Tras una breve estancia en Suiza, viviendo cerca de la mansión de Charles Chaplin, Bowie llega a Berlín occidental para salvarse. Alejado de la pesadilla angelina y aparcando por el momento su deseo de triunfar en Hollywood (El hombre que cayó a la tierra no tuvo la repercusión esperada), Bowie se aloja en el bohemio barrio de Schöneberg para recuperar el pulso musical y limpiar el veneno que había ahogado su creatividad en los meses precedentes.  

Tal vez el Berlín de la segunda mitad de los años 70 no fuese el lugar ideal para desintoxicarse, pero parece que Bowie logró dominar por fin sus demonios mientras se epataba con la ebullición artística de la urbe alemana por aquella época.

Siempre buscando guerra con sus declaraciones —llegó a decir que Hitler fue “una de las primeras estrellas del rock”, entre otras lindezas fascistoides— Berlín supuso su renacimiento musical con su famosa Trilogía: Low, Heroes y Lodger.  

Nueva York 

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Aunque llegó a Manhattan por vez primera en 1974 para dar una serie de conciertos y como paso previo para arribar en Los Ángeles, Bowie no llegó a establecerse definitivamente en la ciudad hasta 1992. “En Londres la vida transcurre de puertas adentro, mientras que en Nueva York la vida está en las calles”. Bowie terminó amando la ciudad y la situó como su centro de operaciones durante las dos últimas décadas de su vida.  

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