¿Qué es el pasaporte de carbono? Así impacta tu huella cuando viajas

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Seguro que ya has oído hablar de la huella de carbono, una métrica ambiental que calcula la totalidad de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) generadas, directa o indirectamente, por una persona, un grupo, una organización, empresa, un producto o servicio. 

Como también sabrás, el turismo y los viajes son uno de los grandes responsables de la emisión de GEI: hasta un 8% de las emisiones totales en el mundo según un estudio publicado en Nature en 2018.  

Del análisis de la huella de carbono del turismo y la puesta en marcha de medidas para limitarlo surge una controvertida propuesta denominada pasaporte de carbono que ha sido valorada por distintas instituciones y empresas y que tiene por objetivo, principalmente, alentar a las personas a responsabilizarse de sus actos en relación con el impacto medioambiental de sus actividades cotidianas, particularmente de sus viajes de ocio

A continuación, os mostramos dos propuestas diferentes acerca del pasaporte de carbono exponiendo también cuáles son las dificultades con las que puede encontrarse una medida así de finalmente implantarse en el sector turístico. 

Pasaporte de carbono: una ración de carbono de uso individual 

Documentación de viaje - Fuente: Pixabay
Documentación de viaje – Fuente: Pixabay

Una de las propuestas más interesantes acerca del pasaporte de carbono fue la que se debatió en Reino Unido hace década y media llegando a las más altas instancias: el presidente de la Agencia de Medio Ambiente del Reino Unido llegó a decir que su desarrollo futuro era “posible”

Este artículo del Instituto del Cambio Climático de la Universidad de Oxford analiza el denominado Personal Carbon Trading (PCT), algo así como una ración o asignación personal de carbono en la que estarían incluidos tanto la energía doméstica como los viajes personales a nivel individual: el PCT, por lo tanto, es el germen del concepto “pasaporte de carbono”. 

Tal y como señalan los investigadores, son muy diversas las propuestas que toman como base el PCT variando su inclusividad, el alcance de las emisiones cubiertas, el nivel de compromiso individual, y las reglas y procedimientos para asignar, entregar y negociar las unidades de carbono. En algunos casos, de hecho, se centran solo en la energía doméstica mientras que en otros se abarcan también los viajes individuales, es decir, el pasaporte de carbono. 

El mismo pasaporte de carbono para todos 

Una de las ideas principales en las que coinciden la mayor parte de propuestas acerca de la asignación personal de carbono es la igualdad: “todas las emisiones nacionales se asignan gratuitamente a los individuos en igualdad de condiciones”.

En este sentido, y según los investigadores, la aplicación del PCT sería “una política progresista en la que los miembros más pobres de la sociedad son en su mayoría «ganadores», ya que sus niveles de emisiones son generalmente inferiores”.  

Lógicamente, si el PCT llega a aplicarse en alguna de sus diferentes modalidades, se trataría de un plan obligatorio, sin opciones de exclusión: o todos, o ninguno, o al menos así se plantea en teoría, porque a buen seguro que luego llegarían las excepciones lo que, en la práctica, complicaría su implantación. 

Los derechos de propiedad ambiental 

Playa de Somo - Fuente: Unsplash
Un surfista en una playa – Fuente: Unsplash

Así mismo, los diferentes proyectos sobre las raciones de carbono de uso individual introducen otro concepto revolucionario: los derechos de propiedad ambiental. Todos tenemos el mismo derecho a “usar” el medio ambiente como escenario para desarrollar nuestra vida, pero todos tenemos el mismo deber de cuidar ese escenario para limitar el impacto de nuestras actividades. 

A este respecto, el PCT supondría “un cambio radical en el uso de los instrumentos climáticos basados en el comercio: aquel que busca la participación directa de toda la población implicando una distribución generalizada de los derechos de propiedad ambiental”. 

Y es que, según los investigadores de Oxford, la mayoría de los instrumentos existentes basados en el mercado no buscan involucrar al ciudadano que se limita a un papel más pasivo pagando, generalmente, “impuestos ambientales”. Y ya. 

En este sentido, tal y como señaló el Comité de Auditoría Ambiental del Reino Unido, la ración personal de carbono es una forma potencialmente importante de involucrar a los individuos en la problemática medioambiental, una forma de implicar al ciudadano en la gestión de su propia huella de carbono.  

Y es que “la elección de un estilo de vida determinado tiene un efecto muy importante en las emisiones de gases de efecto invernadero: un mayor compromiso de los ciudadanos puede ser, por tanto, una condición necesaria para lograr el cambio sistémico preciso para lograr una sociedad baja en carbono”. 

Y ese el principal objetivo, en este momento, del pasaporte de carbono aplicado al turismo: una sugerencia en el mejor de los casos —y una amenaza en el peor de ellos— para que todos los viajeros asumamos nuestra responsabilidad.  

Un límite de 2,3 toneladas: 20.000 kilómetros al año por persona 

Avión - Fuente: Pexels
Avión – Fuente: Pexels

Concretando un poco más estas propuestas acerca de una asignación personal de carbono, la agencia de viajes especializada en turismo sostenible Intrepid Travel encargó a la consultora The Future Laboratory que desarrollara un estudio sobre el futuro sostenible del sector turístico y los viajes.  

En este este estudio hay una muy breve mención al pasaporte de carbono que, no obstante, ha atraído el interés de muchos medios en las últimas semanas tras su publicación a finales de octubre del año pasado. Y es que, aunque muy escueta, la conclusión de The Future Laboratory es muy específica, taxativa y “amenazante”.  

El oráculo de los chicos de la consultora de origen británico vaticina que “un límite personal de emisiones de carbono se convertirá en la Nueva Normalidad a medida que las políticas y los valores de las personas impulsen una era de cambio radical”.  

El auge del turismo mundial y la frecuencia “ilimitada” con la que volamos (si tu conciencia y presupuesto te lo permite) cambiará: “podemos esperar un retroceso de la frecuencia con la que las personas pueden viajar gracias al pasaporte de carbono”. 

Este pasaporte de carbono ayudaría frenar las emisiones de carbono y reducir la huella general de los viajes, “obligando a las personas a que racionen su carbono de acuerdo con la demanda global, que es de 750.000 millones de toneladas hasta 2050 (…) una renuncia a las experiencias de expansión del horizonte adoptadas por los turistas de hoy”. 

Aunque The Future Laboratory no cita una fuente concreta, señala que los “expertos” sugieren que las personas deberían limitar sus emisiones de carbono a 2,3 toneladas cada año, el equivalente a tomar un viaje de ida y vuelta desde Río de Janeiro en Brasil a Riad en Arabia Saudita: unos 20.000 kilómetros de viaje al año por persona.

Mientras que para muchos viajeros está cifra puede ser más que suficiente, para otros supone un “cambio muy radical” ya que en la primera semana del año ya se habrían quedado sin carbono en su pasaporte. Y tendrían que empezar a ir a pie o en bici allá donde vayan.

Dilemas y dificultades en la aplicación del pasaporte de carbono 

Pasaporte - Fuente: Pexels
Pasaporte – Fuente: Pexels

Que todos y cada uno de los sectores comerciales y las industrias deben tener un papel decisivo en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero es un hecho innegable. Que los ciudadanos debemos asumir nuestra responsabilidad individual, también. 

El problema es encontrar la fórmula adecuada para que todos rememos en la misma dirección con propuestas justas para todas las partes implicadas, desde las instituciones, a las empresas, pasando por los propios ciudadanos. 

En este sentido, el pasaporte de carbono es una propuesta prometedora sobre el papel, pero extraordinariamente compleja en la práctica. El propio artículo de la Universidad de Oxford no evitaba señalar las innumerables lagunas del PCT señalando “barreras fundamentales” para su introducción. 

Para empezar, está el propio coste de implantar una medida así a nivel mundial, del orden de 34 euros al año por individuo: “los costes del plan podrían superar considerablemente los beneficios“. Además, el grado de aceptabilidad social, según los investigadores, es bajo, prefiriéndose por lo general la implantación de impuestos al carbono. 

Así mismo también se duda de la justicia, en la práctica, de la idea vertebral del pasaporte de carbono: “todas las emisiones nacionales se asignan gratuitamente a los individuos en igualdad de condiciones”, pero no todas las personas tienen las mismas “condiciones”. 

En este sentido, el informe también habla de aspectos “psicológicos” y “filosóficos” que irían en contra del pasaporte de carbono, algo en lo que incide Paloma Zapata, directora general de Sustainable Travel International en este artículo: “la restricción puede ser alienante e ineficaz”. Así, Zapata defiende la “inspiración” en vez de la restricción.  

El pasaporte de carbono como ‘provocación’ 

Consultado por Tourism and Society Think Tank, Alex Hawkins, editor del informe de The Future Laboratory para Intrepid, aclara la propuesta de su consultora de forma diáfana: “planteamos el concepto como una provocación para decir que, si no estamos tomando medidas decisivas contra la crisis climática, vamos a ver potencialmente nuestras libertades restringidas de diferentes maneras”. 

Y es que, como el propio Hawkins indica “sería difícil conseguir la participación de suficientes personas, y para que funcionara a nivel internacional, haría falta la colaboración de muchas partes interesadas”. 

Contradicción institucional: inversión en clima… y en defensa 

Avión de guerra - Fuente: Pexels
Avión de guerra – Fuente: Pexels

Mientras los ciudadanos debatimos sobre el mejor modo de reducir nuestra huella de carbono a la hora de viajar, las instituciones que nos representan y las cuales nos sugieren (o amenazan) con propuestas más o menos provocadoras o alienantes, anuncian medidas contradictorias; mientras piden responsabilidad al ciudadano, anuncian medidas irresponsables.  

El pasado 11 de marzo, el Eurogrupo publicaba una nota de prensa en la que mostraba su satisfacción por “el acuerdo político alcanzado en febrero de 2024 sobre una reforma integral del marco de gobernanza económica de la UE”. 

El Eurogrupo se felicitaba también a sí mismo por “seguir aplicando reformas estructurales ambiciosas” mientras, cuando proceda, “aumentaremos el nivel de inversión, incluso en áreas de prioridad común, como las transiciones verde y digital, así como las capacidades de defensa, financiadas a través de fuentes nacionales y de la UE, incluida la Recuperación”. 

Invertir en “verde” y en “capacidades de defensa” al mismo tiempo es altamente paradójico, como limpiar con un cepillo de dientes una roca manchada de petróleo mientras el Juan Carlos I vierte su combustible diésel en la costa amenazando con sus Harriers y sus misiles Mistral a los enemigos de la patria.

Solo hay que acudir a informes como el del Centre Delàs que analizó el impacto de la seguridad militarizada en el cambio climático para certificar esta flagrante contradicción: “A nivel de la UE, las emisiones de CO2 del ámbito de la defensa alcanzan a las provocadas por 14.000.0000 de vehículos”. Cada uno de los 120.000 militares de España emite un promedio de 7,46 toneladas de CO2 al año. Eso multiplica por tres la asignación individual de nuestro futuro pasaporte de carbono.

¿Tendrían una excepción los militares para poder gastar más carbono de la cuenta? ¿Quiénes más podrían superar el límite de carbono y en base a qué? ¿La defensa no cuenta a la hora de analizar la huella de carbono? ¿Quién o quiénes más tampoco cuentan? O todos, o ninguno, ¿no?

Así pues, si la tendencia que estamos viendo en relación con las instituciones en los últimos años es la de impulsar medidas de todo tipo (muchas de ellas restrictivas) para aumentar la implicación del ciudadano en sus deberes y responsabilidades, también con relación al impacto de sus actividades rutinarias en la alteración del clima, también el ciudadano debe empezar a exigir más responsabilidades a las instituciones en la misma línea.  

Y en este caso particular, mientras al ciudadano se le invita a reflexionar sobre su huella de carbono individual, anunciar a bombo y platillo inversiones en clima y en defensa es un poco hiriente. Como mínimo. 

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