El municipio de Cantarranas, a unos 50 kilómetros de la capital Tegucigalpa, se ha erigido en la galería a cielo abierto más grande de Centroamérica. Desde que en 2011 aparecieran los primeros murales, las autoridades del municipio hondureño, en colaboración con artistas y activistas del país como la célebre Berta Cáceres —brutalmente asesinada en 2016—, tomaron como referencia esas muestras espontáneas de pintura mural para idear un encuentro anual entre muralistas de toda Latinoamérica.  

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Este primer encuentro entre artistas celebrado en 2017 tuvo su continuación en los dos años posteriores. El éxito ha sido tan notorio que este 2019 se decidió convocar también a escultores que, tomando como base la piedra arenisca —muy extendida en la zona—, han dado lugar a casi una veintena de obras que se han unido a los más de 100 murales que decoran viviendas y comercios de la zona. Un espectáculo artístico al aire libre —y gratuito— que se ha convertido en uno de los atractivos turísticos más importantes del departamento de Francisco Morazán. 

“Tenemos ese ADN para la cultura y el arte”. El alcalde de Cantarranas —como buen alcalde— se ha deshecho en elogios ante la iniciativa artística que ha puesto a su pueblo en el mapa turístico internacional.

Pero más allá de la evidente motivación turística que se esconde detrás de esta colección de murales, algunos de los artistas participantes han destacado el papel regenerador y reivindicativo de la iniciativa.  

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Javier Espinal, artista y coordinador de los encuentros anuales de muralistas, considera que el arte es “una alternativa laboral integral”. Efectivamente, Honduras precisa concretar alternativas para las nuevas generaciones.

El país centroamericano fue noticia en los últimos años por ser ser considerada una de las capitales mundiales del crimen: en 2012 se contabilizaron 86 asesinatos por cada 100.000 habitantes, la cifra más alta del mundo dejando al margen las zonas de guerra. 

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Entre esas miles de muertes violentas, una impactó especialmente al pueblo hondureño. En la noche del 2 de marzo de 2016 unos sicarios tiroteaban a Berta Cáceres en su domicilio. Una de las activistas medioambientales más importantes de toda Latinoamérica era asesinada por su oposición a diversos proyectos constructivos que, según diversas ONGs, están destruyendo el patrimonio cultural hondureño y desplazando a miles de familias indígenas.  

Aquel asesinato marcó un antes y un después, y a pesar de que queda mucho trabajo por hacer en Honduras, los datos oficiales hablan de un pronunciado descenso de las muertes violentas y de las actividades criminales en el último lustro.

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Aunque pensar a largo plazo no suele ser lo acostumbrado si hablamos de iniciativas políticas, la influencia de personalidades como Berta Cáceres —que dará nombre a unos jardines en el barrio de Chamartín en Madrid— fueron decisivas para que Cantarranas se erigiese en uno de los símbolos de la nueva Honduras, un país que busca reforzar sus raíces ancestrales a través de la cultura y el arte. 

En este sentido, muchos de los murales tienen como protagonista algunos de los símbolos nacionales como la guacamaya. Pero, además, se busca homenajear a grandes personalidades, no solo de la historia y la cultura hondureña, sino de toda Latinoamérica. Y los niños también han tenido su papel protagonista: entre las actividades extraescolares en los colegios de Cantarranas también se ha establecido la colaboración en la pintura mural del pueblo. 

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Fundada en 1666, dicen que en Cantarranas no cantaba ninguna rana: el nombre parece derivar de los primeros españoles que llegaron a la zona, provenientes de la zona de Cantarranas en Madrid. Cuando a finales del XIX se cambió el nombre por el de San Juan de las Flores, los vecinos no terminaron de adaptarse, restituyéndose oficialmente el nombre de Cantarranas desde 2011.  

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Tras tres años de incesante actividad y promoción cultural, Cantarranas ya puede presumir de ser una de las muestras de arte urbano más exuberantes del mundo. De hecho, ya hay quien le ha puesto el apelativo de pueblo selfie. Por el momento, Cantarranas no rehúye a los instagramers como sucede en otras zonas más atestadas de turistas. Al contrario, “les daremos un abrazo”, como dice el alcalde del pueblo. 

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