Asomas la cabeza por el hueco de una ventana. Apenas hay luz. Todo está revuelto. Al fondo ves una puerta que da acceso a otra estancia. Tienes que entrar ahí. Te subes al alféizar y saltas. Ya estás dentro pero te quedas quieto. Respirando el tiempo pasado, imaginando todo lo que pudo suceder en ese lugar misterioso. La piel se eriza y el pulso se acelera. Es el orgasmo del urbex, el explorador de lugares abandonados.

Urbex lugares abandonados
Fuente: Unsplash

Catalogada como moda millennial, se trata, no obstante, de una noción que desde siempre ha ofuscado y seducido al ser humano: el pasmo, el ansia y la reverencia que se apoderan de nosotros cuando asistimos a la descomposición del objeto y del espíritu que lo creó. Es la metafísica del paso del tiempo.

Urbex: Una moda no tan moderna

Urbex lugares abandonados
Fuente: Unsplash

Cuando Caspar David Friedrich paseaba por los campos de la Sajonia germana en busca de motivos para sus obras, pronto comprendió que las ruinas y los lugares abandonados transmitían un espíritu genuino que era ideal para configurar su estilo. El pintor alemán buscaba el Absoluto entre las ruinas de un pasado mítico. Y luego se hacía un selfie decimonónico: un autorretrato al óleo.  

Durante el siglo XIX, en buena parte de Europa se difundió una corriente sublimadora de la ruina. Fue un elemento esencial de la configuración del Romanticismo. Sucedió en Inglaterra, con el célebre John Ruskin, uno de los primeros críticos de arte en teorizar sobre el valor estético de la ruina y sobre las posibilidades de la restauración arquitectónica.

Urbex lugares abandonados
¿El primer urbex? «Ruinas de Oybin (El soñador)» de C. D. Friedrich Fuente: Wikipedia

Y sucedió en España, con poetas como Bécquer, extasiados ante la visión de la ruina abandonada: “Silenciosas ruinas de un prodigio del arte, restos imponentes de una generación olvidada, sombríos muros del santuario del Señor, héme aquí entre vosotros”. 

Urbex lugares abandonados
Fuente: Unsplash

Mientras los románticos del XIX anochecían ebrios de ruina —y otras sustancias—, en Europa se cocía otra Revolución que, a la postre, se convertiría en material esencial del urbex del siglo XXI: la acelerada industrialización continental cambió para siempre el panorama urbano (y rural).

El capitalismo exigió para su perpetuidad un progreso infinito que desembocó en la construcción desenfrenada de todo tipo de fábricas, almacenes, infraestructuras y hasta ciudades enteras que, un buen día, caen en el olvido, víctimas del descarrilamiento cíclico de nuestro amado sistema económico… Hasta que un intrépido urbex se cuela por el alféizar de una ventana para rescatarlas.  

No robar. No romper. No compartir. 

Urbex lugares abandonados
Fuente: Unsplash

El urbex del siglo XXI comparte varias facetas con el cazaruinas del XIX. Ambos coinciden en la mística que posee el lugar abandonado. Ambos sienten un estremecimiento cuando penetran en uno de esos espacios perdidos fantaseando con el tiempo pasado mientras examinan objetos medio desintegrados que encuentran a su paso. No son los primeros que llegan —lo saben—, pero en ese momento de arrebato explorador se sienten como Borges entrando en las ruinas de la Biblioteca de Alejandría.  

Urbex lugares abandonados
Fuente: Unsplash

El urbex sabe que está corriendo un riesgo —un perro callejero, un vigilante de gatillo fácil, un okupa con un mal día— pero no debe olvidar sus mandamientos: no robar, no romper, no compartir… la ubicación. Porque lo que sí comparten muchos de ellos son sus fotos en redes sociales. De qué sirve una experiencia si no la vas a compartir, ¿no? 

Urbex lugares abandonados
Fuente: Unsplash

¿Y cuáles son los lugares más buscados por los urbex? Dentro de la exploración estrictamente urbana existen diversas modalidades. Algunos exploradores sienten fascinación por los espacios subterráneos, hasta el punto de colarse por alcantarillas para alcanzar su objetivo. Otros prefieren las alturas y tratan de llegar a lo más alto de edificios abandonados: son los exploradores de tejados.

Urbex lugares abandonados
Fuente: David Rubio

El no va más, claro está, es la visita a pueblos o ciudades abandonadas. En Ucrania, Pripyat es un destino cada vez más deseado por los viajeros, con el valor añadido que tiene el hecho de vivir una experiencia postapocalíptica. Pero no es imprescindible respirar radiación para sentir la agitación de pasear por una localidad abandonada. En uno de los pueblos más bonitos de Extremadura tampoco vive ni un alma. 

La explotación turística del lugar abandonado 

Urbex lugares abandonados
Calico (California), pueblo minero abandonado convertido en atracción turística. Fuente: David Rubio

Aunque los urbex se enorgullecen de operar al margen de los circuitos turísticos, esta tendencia no escapa a los tentáculos de la industria del sector. Sin ir más lejos tenemos el controvertido caso de Chernobyl. Pero en Estados Unidos también saben sacar rédito a esto de los lugares olvidados. Solo hay que darse un paseo por la Ruta 66 o acercarse a Calico y Bodie en California, dos pueblos asociados a la fiebre del oro que, hoy en día, atraen a miles de turistas.  

Incluso la arqueología y el patrimonio industrial, encargados de velar por el mantenimiento de muchos edificios, fábricas y estructuras industriales, tampoco pierden de vista este renovado culto por la ruina para tratar de musealizar algunos de estos espacios y contribuir, de esta forma, a su mejor mantenimiento.  

Pero para un urbex, claro, no es lo mismo. El explorador de lugares abandonados no se sentirá igual al bajar a una mina si lo hace acompañado de un guía y otras diez personas. Pero no hay que preocuparse: el musgo seguirá creciendo, inexorable, en las paredes de miles de espacios abandonados en todo el planeta. El urbex tiene material de sobra para hacerse selfies hasta el final de los tiempos.  

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.