A pesar de estar a un paso de Ibiza, Formentera ha logrado desde hace muchos años cultivar una imagen diferente a la de su hermana mayor. En la pequeña de las Pitiusas, la vida transcurre a otro ritmo, el que marcan las olas del mar, la linterna del faro y las aspas de los molinos. Es como un embrujo que envuelve al viajero nada más arribar en La Savina: el espíritu se calma y el ímpetu se anestesia, nadie corre ya buscando su destino. Porque en un verano de retornos, Formentera es la isla ideal para volver.  

Formentera, la isla del tesoro 

Formentera
La vida a otro ritmo en Formentera. Fuente: Pixabay

Aunque hay constancia de que Formentera ya estaba poblada en el tercer milenio a.C. aún no sabemos cuándo se produjo el primer asentamiento en la isla. Una buena manera de recordar estos tiempos remotos de presencia humana en la isla pitiusa es acercarse al sepulcro megalítico de Ca na Costa, así como a los yacimientos de Cap de Barbaria o el de Can Blai, este último datado en época romana bajo imperial y que aún sigue estudiándose.

A pesar de la exultante belleza de la isla, Formentera llegó a permanecer varios siglos despoblada tras pasar una etapa bajo dominio musulmán y otra perteneciendo a la Corona de Aragón. Fue en el siglo XVIII cuando la isla se pobló definitivamente. Tres son los conjuntos históricos que mejor encarnan esta época: Sant Francesc Xavier, Sant Ferran de ses Roques y el Pilar de la Mola. 

El primero de ellos es la capital de Formentera y sede del Consejo Insular, está a cinco minutos al sur de La Savina y cuenta con un casco urbano de deliciosas casitas blancas que crecieron alrededor de la iglesia. Además, nos podemos dar una vuelta por el Museo Etnográfico, una visita imprescindible para conocer más a fondo la identidad del pueblo formenterano.  

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El faro de la Mola en Formentera. Fuente: Unsplash

Si continuamos hacia el este llegamos a Sant Ferran, situado en la encrucijada de los principales caminos de la isla. Fue este pueblo uno de los principales centros de peregrinación de hippies desde los años 70 que se reunían en la Fonda Pepe, restaurante que aún permanece en activo.  

Seguimos nuestro camino hacia al este y, tras pasar las mencionadas ruinas romanas de Can Blai, alcanzamos uno de los pueblos más bonitos de la isla, una imagen icónica de Formentera. Son los varaderos de madera de Es Caló de Sant Agustí que protegían las barcas del agua salada.  

Muy cerca de aquí se encuentra el punto de partida del Camí de Sa Pujada, una de las mejores excursiones a pie que podemos hacer en Formentera, un camino que nos conduce al extremo oriental de la isla tras pasar por el Pilar de la Mola, uno de los pueblos más bonitos de Formentera que conduce al faro homónimo. Además, en esta localidad se celebra uno de los mercadillos más populares de la isla. 

Junto al faro de Cap Barbaria —sí, el de Lucía y el Sexo— el faro de la Mola se encargaba de guiar a las embarcaciones que navegaban por el entorno de la isla. Se encuentra al borde de un acantilado de más de 100 metros sobre el mar siendo uno de los puntos más altos de Formentera.

Se trata de uno de los lugares más espectaculares de la isla que tampoco pasó desapercibido para Julio Verne que lo mencionó en su alucinado libro Héctor Servadac: junto al faro se colocó un monolito en recuerdo del genio de la literatura fantástica. Además, desde hace un par de años, este faro alberga un espacio cultural que difunde el patrimonio marítimo de Formentera.  

Formentera, paraíso mediterráneo 

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Las playas y calas de Formentera son inolvidables. Fuente: Unsplash

Formentera es una isla de tesoros, pero tal vez el mayor tesoro se encuentra bajo las aguas del Mediterráneo: es la posidonia, el elemento principal del ecosistema marino de las Pitiusas que fue declarado hace dos décadas Patrimonio Mundial de la Unesco. Esta planta permite que muchas especies marinas puedan vivir en el entorno de la isla protegiendo además la costa de las inclemencias meteorológicas.  

La mejor forma de observar la posidonia es buceando, ya sea haciendo snorkel o submarinismo. Dicen los expertos que las condiciones de las aguas de Formentera la convierten en ideal para iniciarse en el submarinismo. Diversas escuelas a lo largo de la isla ofrecen cursos para disfrutar de este deporte.  

Y nada mejor que una buena cena tras una larga jornada bajo las cristalinas aguas del Mediterráneo, ¿verdad? Formentera ha logrado convertirse también en un centro de peregrinación de foodies que buscan la mejor cocina mediterránea en un entorno paradisiaco.

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Los mercadillos, un clásico de Formentera. Fuente: Unsplash

El peix sec es el ingrediente estrella de la ensalada payesa, plato por excelencia de la cocina formenterana. La sal, la miel, el queso fresco y el bescuit —un pan de horneado prolongado— son los otros productos autóctonos que gozan de gran tradición den la isla. Y para beber, licor de tomillo casero. 

Además, de cara a fomentar un turismo activo al margen del sol y la playa, las autoridades de la isla han creado un calendario de actividades a lo largo de buena parte del año que van del Día Internacional del Yoga, al Formentera Zen Kids & Families o el Formentera Jazz Festival

Pero en esta vuelta a Formentera, en este retorno al paraíso mediterráneo, no podemos obviar las playas de la isla, algunas de las cuales gozan de fama a nivel mundial. Es el caso de Ses Illetes, uno de los arenales más increíbles del planeta. Pero además de su imagen más icónica, Formentera cuenta con otras deliciosas playas y calas como la también mítica Saona, la larga playa de Migjorn, la escondida Caló d’Es Mort o la propia cala de Caló de Sant Agustí.