Publicado: 14.09.2015 07:41 |Actualizado: 14.09.2015 07:41

Una misteriosa explosión en una playa desemboca en una lección de física y química

Tras una labor detectivesca, los científicos hallan que un cable sin corriente causó el suceso que hirió a una bañista en Estados Unidos.

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Bañistas en la playa. EFE

Bañistas en la playa. EFE

MADRID.- En la mañana del pasado 11 de junio una bañista salió despedida de su silla en una playa de Rhode Island (EE UU) por una explosión que solo dejó una zona removida en la arena. La víctima, una mujer de 60 años, resultó con dos costillas rotas y diversas contusiones. Algunos testigos aseguraron que oyeron un gran ruido, como de un petardo potente y notaron un olor extraño. El suceso produjo mucha curiosidad porque la policía descartó rápidamente que se tratara de un explosivo, nuevo o antiguo, ya que no se detectaron residuos, o de un escape de gas, porque no existe ninguna conducción cercana. Los detalles dados recientemente por los científicos que investigaron y resolvieron el caso resultan una verdadera lección de física y química.

Mientras se sucedían las hipótesis, algunos especialistas descartaron que la explosión tuviera algo que ver con un movimiento sísmico, porque no hubo ninguno en esa zona ese día, y otros se inclinaron porque se debiera a una acumulación de gas metano por causas naturales, por la descomposición de materia orgánica, como las algas. Entonces las autoridades recurrieron a científicos del Departamento de Oceanografía de la Universidad de Rhode Island para que encontraran la causa del misterioso suceso.




En un principio, señala la universidad, la hipótesis por la que se inclinaron los científicos fue la del metano, aunque les pareciera muy extraño que se acumulara bajo la arena de una playa. “El metano se produce en cualquier lugar del océano. Cerca de las orillas puede haber mucha turba enterrada, que es una fuente potencial de metano”, señala Arthur Spivack, experto de la universidad en la química de los sedimentos marinos.

Pero a los pocos días del suceso, al cavar en el lugar de la explosión, se había encontrado un cable enterrado a poco menos de un metro de profundidad, un cable cortado, obviamente sin corriente, que era el resto de la señalización luminosa de una escollera cercana. En 2007 la señalización pasó a surtirse de energía solar. Sobre esta escollera cayo precisamente la víctima.

Aunque las autoridades descartaron que tuviera nada que ver con el suceso, un colega de Spivack, Brian Heikes, le comentó a este que en el cable de cobre podría estar la clave de esta detectivesca investigación. Su lenta corrosión en el ambiente marino podría haber producido hidrógeno, un gas altamente inflamable. No parecía muy probable, porque no se conocía ningún suceso parecido, y en todo caso había que probar esta nueva hipótesis.

Se recogieron sedimentos hasta metro y medio de profundidad en la zona. Las muestras se introdujeron en tubos de ensayo herméticos y luego se extrajeron los gases presentes, que se analizaron con un cromatógrafo para identificarlos. El hecho de que formara parte del equipo Justine Sauvage, una joven investigadora belga experta en el análisis de hidrógeno en la arena y sedimentos fue clave, indica la universidad. No hubo que buscar otros expertos porque ella estudia la producción de hidrógeno por la radiactividad natural en el mar y utiliza habitualmente el cromatógrafo, un instrumento complicado.

Al observar el extremo del cable desenterrado donde se produjo la explosión, los investigadores notaron que tanto el cobre como el acero estaban totalmente limpios y brillantes. “Eso se podía deber a que hubiera un voltaje ligeramente negativo en ese extremo del cable, que lo protege de la corrosión pero también puede producir hidrógeno”. El resto de los 10 metros de cable presentaba un alto grado de corrosión. La siguiente pregunta es por qué hay un voltaje negativo en un cable sin corriente.

Didácticamente, Spivack explica que la corrosión convirtió el cable en una batería cortocircuitada en el agua salada, que es un medio conductor. Al oxidarse un extremo, convertido en un polo, los electrones se trasladan por el cable hasta el otro extremo, el polo de signo contrario, un simple proceso químico que lo protege de la corrosión al tiempo que produce, a partir del agua, hidrógeno que se disipa en la arena.

Los análisis de las muestras confirmaron la hipótesis, ya que se encontró hidrógeno en altas concentraciones, muy superiores a las que Sauvage está acostumbrada a medir. El hidrógeno es altamente inflamable y pudo entrar en combustión por un cigarrillo pero también simplemente por la electricidad estática. Se quema sin apenas llama ni calor y el único residuo que deja es agua.

Los cables abandonados cumplen la ley en Estados Unidos porque se estima que retirarlos causaría daños ambientales en las playas. El cable ya no está, así que los bañistas han vuelto con tranquilidad a la zona, pero a partir de ahora quizás todos debamos pasar por la arena un detector de metales antes de plantar la sombrilla.