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La escritora que acabó con el acné juvenil

Janne Teller publica en España el lúcido y violento 'Nada', un libro prohibido, premiado y recomendado en planes de estudios de media Europa

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Hace diez años se publicó en Dinamarca un libro que fue retirado de las librerías por ser considerado lectura perjudicial para los adolescentes a los que se dirigía su autora. Janne Teller (Copenhague, 1964) había escrito Nada, y un año más tarde el Ministerio de Cultura danés la premiaba como la mejor novela juvenil, en medio de un fuerte debate sobre las consecuencias de una novela en la que un grupo de chavales se infligen verdaderas aberraciones en su busca del sentido de la existencia. Al poco del premio nacional, Nada entraba en los colegios como lectura recomendada. Diez años después, Seix Barral lo publica en España.

En estos años se ha repetido la historia en otros países: en Francia y Bélgica las librerías primero se niegan a comercializar el libro tras su publicación y luego lo premian como mejor novela juvenil. En Alemania los padres se niegan a dejar que sus hijos lo lean como parte del currículo escolar. En Noruega, en escuelas de la región de Vestlandet, prohíben su lectura por razones religiosas y hoy está en los planes de estudio y hasta los curas lo usan en la instrucción de la confirmación.

A aquellas escuelas católicas debió molestarles que la imagen de Cristo fuera profanada en el libro por jóvenes que amontonaban una pila de basura, aunque para ellos fuese mucho más. Espoleados por un compañero que abandona el colegio y sube a un ciruelo para chillarles que nada importa, que la vida no tiene sentido, deciden movilizarse para cerrarle la boca. Juntan todo lo que creen que tiene valor en un gran 'montón de significado'.

No lo tienen fácil porque Pierre Anthon es un nihilista que no se dejará convencer con cualquier cosa: 'Cuando nada importa es mejor no hacer nada que hacer algo', les suelta. Una vez que Teller tiene abonado el terreno, lleva a la deriva a sus personajes: desde la expectativa vital más estúpida, condicionada únicamente por el deseo de fama y consumo, hacia su destrucción.

Quieren demostrar a Anthon que está equivocado y se emplean a fondo para aportar al montón lo que más valoran, es decir, parte de ellos mismos. Lo que empieza ingenuamente con una vieja muñeca, un salterio, un peine nacarado y un casete de los Beatles, acaba convirtiéndose en una venganza que se lanzan los unos contra los otros, cortándose dedos, desenterrando cadáveres, decapitando perros, violando a sus compañeras o bajando cristos de los altares. En la cadena de peticiones y entregas sin piedad, sólo importa el daño que se infligen.

La autora contesta a este periódico que espera que en España el libro 'sea leído por adultos y adolescentes con sus mentes abiertas' debido a la 'tradición española en la literatura filosófica'. Aunque reconoce que es difícil asegurarlo, porque 'en cada país la polémica tiene su propia forma'. No entiende cómo es posible estos episodios de miedo y censura, 'no por lenguaje obsceno o contenidos sexuales, sino por las cuestiones que plantea. El libro, más allá del sentido de nuestra existencia, cuestiona los valores de la sociedad y plantea la desorientación general de los adolescentes'. Nada más y nada menos.

'Muchos profesores y libreros prohibieron su lectura porque temían que acabase con las esperanzas de los chavales, algo con lo que no estoy en absoluto de acuerdo', cuenta la autora, que respira tranquila porque todos se han equivocado, ya que 'la gente joven se hace este tipo de preguntas cada día'.

Cuántos escalones de dolor hacen falta para convertir a un grupo de niños en monstruos. 'Los niños del libro sólo intentan demostrar el valor de la vida, pero lo hacen de forma incorrecta y terminan convirtiéndose en fanáticos. Confunden su misión y tratan de sacarse a Pierre Anthon y todas las preguntas existenciales de sus cabezas, olvidan su propia humanidad', explica Teller sobre esta barbarie extremista.

La escalada de violencia sólo podía rematarse con un final más violento para poner la guinda a una fábula cruel de ética para el adolescente, que ya se ha comparado con El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.

Los personajes pierden inocencia y humanidad al tiempo que ganan en ferocidad: 'Uno de mis lemas en la vida es: ‘Puedes sobrevivir a lo que te hagan los otros, pero no a lo que tú les hagas a ellos'. Lo que aprendas dañando a otros te perjudicará más a ti de lo que podrá enseñarte nunca', sentencia Teller.

La autora reconoce que escribió el libro como la historia que le habría gustado leer a sus 14 años, con su joven audiencia en la mente mientras lo hacía. 'La gente joven está abierta a todas las grandes preguntas', explica. Convencida de que la clasificación entre jóvenes y adultos es una medida 'totalmente artificial e innecesariamente restrictiva', asegura que los escritores se han dado cuenta de que 'los jóvenes están más abiertos a nuevas ideas que los adultos'.

Teller señala que una vida entregada a la fama, el dinero y el éxito es una vida sin sentido, que vivimos una competición constante por ser una estrella o el número uno, y que todos somos perdedores. 'El resultado es evidente: desórdenes alimenticios, depresión, autolesiones, drogas, alcohol, etc. Es un problema de nuestra sociedad no ofrecer a nuestros jóvenes ningún sentido sustancial de lo valioso para sus vidas'.

Nada es una novela de preguntas que incomodan al conformismo y encuentran culpables entre los adultos que prefieren las convenciones y tirar para adelante. Los adolescentes se rebelan contra sus referentes, y cuando el profesor les pregunta por el provecho que han sacado de todo ese montón de significado y barbaridades, responden que ellos no les han enseñado nada: 'Así que lo hemos aprendido solos'.

¿Por qué son incapaces de ofrecerles sentido? 'Porque se han conformado con los valores extremos y han dejado de plantearse cuestiones importantes. Así que todo lo que enseñan a los jóvenes es a conformarse con el mundo regido por el mercado, donde todo es competición, también en las relaciones humanas', señala la autora, que insiste en el error que nos hace confundir la confirmación de la existencia con la fama.

Los niños de Teller no son el problema. Su novela está escrita para provocar daños colaterales en quienes temen por su desesperanza y esconden el temor de una revolución del sentido. En esos que se mantienen ocupados en el ruido de sus ocupaciones para no escuchar al Pierre Anthon que silencian. Pero nadie está libre del golpe.