Publicado: 02.07.2015 22:48 |Actualizado: 03.07.2015 07:00

Joaquín Ferrándiz, un psicópata a la americana

Se cumplen 20 años del asesinato de la filóloga Sonia Rubio y otras cuatro mujeres a manos del “depredador de Castellón”.  'Público' ha hablado con el investigador y el criminólogo que lo detuvieron.

Publicidad
Media: 4.67
Votos: 3
Comentarios:

El 2 de julio de 1995 el hallazgo del cadáver de la estudiante de filología hispánica, Sonia Rubio, despertó una de las peores sospechas con las que un investigador podía cruzarse. “Un asesino despiadado, que premeditaba sus delitos y que había dejado a esta joven de 23 años completamente vejada. No sólo la había matado, ahí había mucho más”, relata el teniente José Miguel Hidalgo de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil.
Sonia estaba atada de pies y manos, con las bragas en la boca y una cinta de embalar que había ahogado aún más sus gritos, mientras él apretaba su cuello hasta estrangularla. Al acabar vio un cubo de basura cerca de la oscura zona de matorrales, lo cogió y se lo puso en la cabeza. Allí la abandonó, junto a la antigua carretera N-340, en la demarcación de Benicassim.

Esta escena del crimen la tuvieron que estudiar cientos de veces el teniente José Miguel y también el criminólogo y profesor de la Universidad de Valencia, Vicente Garrido Genovés, que colaboró con los investigadores para trazar el perfil del asesino al que se enfrentaban. En ese verano de 1995 la Guardia Civil no había dejado de encontrar cadáveres de mujeres en los alrededores de Castellón: Natalia Archelós, Mercedes Vélez y Francisca Salas (todas ellas prostitutas). Un año después aproximadamente, en septiembre de 1996, aparecía una nueva víctima, Amelia Sandra. Todas ellas tenían entre 20 y 25 años.



“Recuerdo la presencia del juez Albiñana y el equipo de la UCO de la Guardia Civil en una sala de la universidad –nos relata Vicente Garrido-. En esas horas se fraguó la primera colaboración entre la Criminología Forense y las Fuerzas del orden en la moderna historia de la investigación criminal. Yo tenía claro que mi misión consistía en contestar a dos preguntas. La primera: ¿Son todos los crímenes obra de un mismo autor? Tenía, pues, que realizar un análisis de vinculación: comparar el modus operandi, la victimología, la firma y el perfil geográfico de todos los homicidios. La segunda: Si hay un autor único, ¿cuál es el perfil del asesino?”.

"Tuve que claro que se trataba de un solo autor aunque a priori pudiera despistar el hecho de que una fuera estudiante y las demás prostitutas"

Y logró contestarlas. En su libro El rastro del asesino (Editorial Ariel), escrito junto con una periodista, explica cuáles fueron los detalles que le sirvieron para realizar el perfil de las víctimas, también la zona geográfica por donde podía residir el asesino y las características de este. Por ejemplo, ”el modus operandi presentaba unas similitudes claras: todas mueren estranguladas con sus propias prendas. Sonia y una de las prostitutas tienen la cabeza oculta; este es un elemento expresivo del crimen que no es necesario para la consumación del crimen, es una firma del agresor”.

Además, relata a Público: “tuve que claro que se trataba de un solo autor y aunque a priori pudiera despistar el hecho de que una fuera estudiante y las demás prostitutas, para el asesino tenían el mismo perfil. Eran mujeres de fácil acceso, que se montarían con él en su vehículo. Sonia, como todas las mujeres de veinte años salía a discotecas, entablaba relaciones con otros jóvenes y esa fue la manera en la que consiguió embaucarla. Esto además daba otras pistas. El asesino era una persona integrada, posiblemente con trabajo, que podría haber tenido algún problema con la justicia anteriormente, pero que podría camuflarse perfectamente en la sociedad. Podía esperar, como lo hizo, desde el verano del 95 al 96, para matar a su siguiente víctima. Era lo que se conoce como un asesino organizado”, explica el profesor Garrido.

De discotecas

Todas las jóvenes desaparecieron en verano o en días próximos a la estación estival. Castellón es una ciudad muy pequeña y durante los meses de verano es habitual que la gente se desplace en coche a las zonas más turísticas, sobre todo los fines de semana: Benicassim, el Grao, etcétera. Sería un riesgo matar en la misma ciudad y más si se dejaba el cuerpo a la vista de todos. Por ello, Garrido dedujo que el asesino viviría en la misma ciudad de Castellón. El agresor, se habría desplazado a esos lugares para matar y ocultar posteriormente los cuerpos de sus víctimas.

Efectivamente, un hombre cumplía los requisitos expuestos por Vicente Garrido. Joaquín Ferrandiz vivía con su madre en Castellón, empleado de una agencia de seguros, tenía 32 años de edad cuando cometió los cuatro primeros asesinatos, y antecedentes penales por un delito de violación ocurrido en 1989 y por el que estuvo cinco años preso. Siempre reclamó su inocencia hasta que al confesar los asesinatos, también lo hizo con la violación.

Lo más curioso es que cuando fue acusado de la violación, nadie cree que Ximo –como le llamaban sus amigos- hubiera podido cometer semejante hecho, ya que nunca dio problemas, ni pecó de haragán, ni se le conocía vicio alguno. Tuvo varias novias y siempre fue muy reflexivo. Escribía un diario donde anotaba sus impresiones. No era un fracasado escolar. Huérfano de padre desde corta edad, fue criado con amor junto con sus hermanos. Cuando Ferrándiz salió de la cárcel en mayo del 95, dos o tres meses después comenzaron los asesinatos.

La UCO le vigila las 24 horas y cuando se comprueba que está intentando volver a matar, se le detiene y se registra su casa

Ferrandiz no tuvo problemas en integrarse perfectamente en su grupo de amigos y en mantener una vida social activa. Fue por las discotecas de Castellón por donde los agentes de la Guardia Civil seguían todas las noches a Joaquín Ferrandiz, de 32 años en aquel momento y buen porte, durante la investigación. El teniente Hidalgo recuerda “que cuando sus amigos le dejaban se transformaba. Cambiaba su expresión de la cara y la forma de comportarse con los demás. Era un cazador al acecho de su víctima”.

La UCO le vigila las 24 horas y cuando se comprueba que está intentando volver a matar, se le detiene y se registra su casa. Allí dan con un trozo de cuerda idéntica a la que se encontró en el cadáver de Sonia Rubio. Ferrándiz confiesa haberla matado, pero no quiere reconocer que también había sido autor de las muertes de las otras cuatro jóvenes.

Conversaciones con Ferrandiz

Al no ceder con la Guardia Civil, el juez autorizó a que Vicente Garrido se entrevistara con el presunto asesino en serie en prisión. “Era un hombre muy amable, que miraba directamente a los ojos, con expresiones cuidadas, sin una palabra más alta que la otra, siempre dispuesto a conversar y colaborar. Al principio no recordaba si había matado o no a las otras, de modo que le propuse un ejercicio terapéutico para finalmente descubrir que, en efecto, era él quien había cometido esos asesinatos”, explica.

El criminólogo interpretó que el hecho de no querer recordarlo era básicamente porque él mismo no quería tener una impresión de ser un criminal despiadado. “Esa angustia también puede ser sentida por un psicópata, en menor medida que cualquier otra persona sin este trastorno. Busca convencerse a sí mismo y buscar una salida lógica al problema y negar las evidencias, que más tarde o temprano sabe que saldrán a la luz”.

"Este caso nos formó y nos preparó para enfocar los asesinatos que llegaron después de una forma mucho más científica y en la que la psicología nos ayudó mucho"

Y así poco a poco Ferrandiz le dijo que “eran mujeres, y quería hacerles daño, entonces de algún modo me satisfacía hacerlo… necesitaba demostrar que las odiaba, que tenían que pagar la culpa… Desde luego, ellas no me habían hecho nada personalmente, pero yo quería destruirlas… esa posibilidad, esa capacidad que yo tenía, era algo para mi irresistible… No pensaba mucho en ello, salía con mis amigos, empezaba a beber y llegaba un momento en que sentía que algo me invadía, y tenía que buscar una salida a eso, una forma de calmar el ansia…”.

Después llegaron otros asesinos en serie, pero como reconoce el teniente Hidalgo “este fue el primero con el que nos enfrentamos. Las técnicas policiales científicas de hace 20 años no tenían nada que ver con el trabajo que desarrollamos ahora. Este caso nos formó y nos preparó para enfocar los asesinatos que llegaron después de una forma mucho más científica y en la que la psicología nos ayudó mucho”.

Para Vicente Garrido, que después de este ha elaborado por orden de los jueces decenas de perfiles de asesinos y pederastas, “es probablemente que Joaquín Ferrándiz sea el más ‘americano de los asesinos en serie’ de España, es decir, se ajusta muy bien a un perfil digamos de Ted Bundy: bien parecido, integrado, sin un comportamiento estridente… Los otros asesinos que hemos tenido en serie a finales del XX y en este siglo en España han sido más excéntrico o previsibles: Tony King, el asesino del parking, el asesino de la baraja… son seres más truculentos, más anormales si se quiere, con una violencia previa o un historial de fracaso relevante… Lo que fascina de Ferrándiz es que “era como cualquiera”, sin traumas o episodios relevantes en su vida… todo se inició con la violación, estoy seguro… ahí surgió un deseo de violencia que luego se desarrolló en el asesinato serial”.