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Sabucedo, la aldea donde la bella es la bestia

La pequeña localidad pontevedresa, con apenas medio centenar de habitantes en invierno, se prepara para recibir a decenas de miles de personas en la Rapa das Bestas, denunciada por los animalistas y defendida por quienes afirman que permite desparasitar, curar y proteger a los caballos salvajes

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Un aloitador con las crines de un caballo en la Rapa del año pasado

La leyenda dice que todo empezó en el siglo XVI, cuando dos mujeres hermanas, temerosas de Dios y de la peste negra que asolaba Europa, se encomendaron a San Lourenzo en sus oraciones y prometieron donar dos yeguas a la Iglesia si el santo mediaba para librarlas de la epidemia. El miedo a la terrible enfermedad llevó a las lugareñas a esconderse durante un tiempo en una cabaña, de la que sólo salieron cuando se supieron a salvo del contagio, dispuestas a cumplir su promesa.

Entregaron las yeguas al cura del pueblo, pero éste, sin saber qué uso darles, decidió dejarlas en libertad en el monte. Allí se reprodujeron, y los habitantes del pueblo adoptaron la costumbre de reunir a sus descendientes cada verano, para recontarlos, limpiarlos y comprobar su estado.

Casi cinco centurias después, la aldea de Sabucedo, en el municipio de A Estrada, en el interior de Pontevedra, que pueblan en invierno apenas medio centenar de personas, sigue manteniendo aquella secular tradición de la Rapa das Bestas, declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional hace diez años y a la que acuden miles de personas desde el primer viernes de julio hasta el lunes siguiente.

Desde el jueves anterior, los habitantes de Sabucedo suben a patearse los montes aledaños para reunir a las greas de caballos, yeguas y potros, para ir bajándolos al pueblo, separándolos, acogiéndolos en los recintos adaptados para ellos y preparando la rapa.

Luego los animales son conducidos en grupos al curro, un recinto semicircular de piedra –el primero se construyó en 1779, diez años antes de que en París cayera la Bastilla- donde los aloitadores locales se mezclan con los caballos sobre el barro o la arena, dependiendo del tiempo, para dominarlos sin más ayuda que su fuerza y unas tijeras para raparles las crines.

“Puede que la leyenda sea cierta, porque hace unos años se encontraron los restos de lo que se cree era la cabaña en la que se escondieron aquellas dos hermanas”, cuenta Henrique Bazal Bouzas, presidente de la asociación A Rapa das Bestas de Sabucedo, quien también recuerda que hay petroglifos que indican que en la zona ya se practicaba la doma de caballos hace más de 8.000 años.

Un hombre conduce a una grea de caballos hacia el curro de Sabucedo en la rapa del 2016

Las últimas rapas, sin embargo, han levantado polémica. Su atractivo han convertido en un fenómeno multitudinario un festejo al que hace un par de decenios apenas acudían un 10% de los visitantes que se esperan este fin de semana: más de 20.000 , incluidos cerca de 140 periodistas acreditados de televisiones y medios escritos y digitales de medio mundo.

Esa conversión en fenómeno mediático ha venido acompañada de las críticas de algunas asociaciones animalistas, que han llegado a comparar la Rapa con otras celebraciones que basan su supuesto interés en el maltrato o la matanza de los animales a los que se obliga a participar en ellos, como el Toro de la Vega de Tordesillas o el Toro Júbilo de Medinaceli. El primer año en que en Sabucedo vieron esa comparación por la tele, se quedaron de piedra.

“Hay muchos malentendidos sobre esto”, explica Bozal. “En primer lugar, hay quien no entiende que se trata de animales salvajes, pero que tienen dueño: nosotros, la asociación, el pueblo de Sabucedo. Y como dueños, tenemos obligaciones legales y morales que, por supuesto, nos encargamos de cumplir”.

Agrupar cada año a los caballos permite a la asociación identificarlos, implantarles un chip, desparasitarlos por dentro (con fármacos) y por fuera (cortándoles la crin), además de proveer de cuidados veterinarios a los que están enfermos o heridos, explica Bazal. Añade que ese trabajo no dura los cuatro días de la Rapa, sino todo el año: “Subimos periódicamente a los montes para controlarlos, acondicionamos los recintos en el pueblo para poder albergarlos, pagamos un seguro por si causan daños en fincas privadas o en vehículos particulares si salen a la carretera...”, relata.

El año pasado, el Partido Animalista Contra el Maltrato Animal (PACMA) emitió un durísimo comunicado calificando la rapa de Sabucedo de “aberración”. “Los caballos viven en libertad en la montaña, sin contacto directo con el hombre, por lo que sufren pánico cuando son acorralados y conducidos a un recinto en el que se agolpan centenares de ellos, donde son sujetados por los vecinos, provocándoles lesiones y golpes”, afirmaban los animalistas.

Bazal asegura que la asociación se dirigió al PACMA para invitar a sus responsables a la Rapa, y también a las subidas periódicas al monte durante el resto del año, para que comprobaran in situ lo equivocado de sus denuncias. Días después, el PACMA emitió otra nota en la que, aunque insistía en el “estrés” y la “ansiedad” a la que se sometía a los caballos, suavizaba sus críticas, reconocía la labor de la asociación y aseguraba compartir sus fines, aunque “no las formas ni el espectáculo” en el que, a su juicio, se ha convertido la Rapa.

Las diferencias entre las partes se refieren sobre todo al nivel de estrés que soportan los animales en el curro, donde el enfrentamiento con los aloitadores expone a unos y a otros a coces, bofetadas, patadas y golpes. Según Bazal ese sufrimiento es “mínimo” e incomparablemente inferior al que padecerían los caballos si, como piden los animalistas, se los desparasitara y rapara en su entorno natural, es decir, en el monte. “Tendríamos que perseguirlos uno a uno, incluidos a los potros, lo que, además de resultar imposible en la práctica, les provocaría mucho más miedo y los sometería a más riesgos de resultar heridos”, advierte.

Caballos y visitantes en la vía central de Sabucedo el verano pasado

También recuerda que la Rapa no nació como un espectáculo. “Ahora se ha convertido en un espectáculo porque vienen miles de personas y porque desde el punto de vista etnográfico tiene un valor indudable. Pero durante siglos ha sido la forma que usó el pueblo para cuidar, proteger y controlar a sus animales”, añade.

Quien conoce la rapa, además, sabe que en torno a ella también se ha conformado el carácter cooperativo, solidario y acogedor de Sabucedo, un pueblo en el que nadie se lucra con las fiestas pero en el que todos son voluntarios en su organización y gestión sin recibir nada a cambio.

Al margen de una pequeña ayuda para pagar a las orquestas y bandas de música que amenizan las noches en la carballeira de la localidad, la asociación no cuenta con más financiación que la que proporcionan el alquiler de los puestos de venta y comida ambulante y las entradas que se cobran en el curro. “Pagamos unos 2.000 euros al año de seguro. Y desparasitar a un caballo cuesta unos once euros. Cada Rapa desparasitamos a unos 150, cerca de la mitad de los que bajamos porque no tenemos más tiempo ni medios para llegar a más. Así que multiplique y verá”, conmina Bazal, quien recuerda que para cuidar a los caballos en invierno no cuentan más que con un viejo Land Rover de segunda mano y el trabajo y el tiempo de los voluntarios.

Junto a ese trabajo la asociación está poniendo en marcha un grupo cooperativo para desarrollar un proyecto de investigación en colaboración con la Universidade de A Coruña y el Centro de Investigaciones Agrarias de la Xunta. Se trata de estudiar los hábitos de alimentación de los animales, de analizar sus costumbres y sus movimientos, y de encontrar métodos eficaces para evitar que salgan a las carreteras o entren en fincas privadas. Algo que no parece de sobra en Galicia, una comunidad con miles de caballos salvajes trotando por el monte y que hasta ahora sólo se encargan de cuidar los vecinos de pueblos como éste.