Publicado: 08.12.2015 00:47 |Actualizado: 08.12.2015 01:22

Sáenz de Santamaría no logra salvar la cara del ausente Rajoy

El debate a cuatro ofreció duros intercambios de reproches entre la vicepresidenta y Rivera para convertirse en el referente de la derecha, mientras que Sánchez e Iglesias pugnaron por el liderazgo de la izquierda

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El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i) saluda a la vicepresidenta del Gobierno y candidata por Madrid al Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, en presencia del presidente de Ciudadanos, Albert Rivera (c) antes del debate televisivo entre los ca

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i) saluda a la vicepresidenta del Gobierno y candidata por Madrid al Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría, en presencia del presidente de Ciudadanos, Albert Rivera (c) antes del debate televisivo entre los candidatos de PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos. EFE/Ballesteros

MADRID.- Cada vez más la política es espectáculo. Incluso puede afirmarse que sin espectáculo no hay política. Pues bien, el debate de la noche de este lunes en A3TV y La Sexta ha tenido grandes dosis de espectáculo, al menos durante un largo precalentamiento en el que por las dos cadenas nacionales que organizaban el acontecimiento se ha presentado a los cuatro contendientes como actores de una serie de éxito.

El debate, se diga lo que se diga, estaba cojo desde sus inicios porque faltaba el candidato del PP, Mariano Rajoy, que a esas horas pululaba por tierras de Algeciras y Doñana. Su representante y mano derecha, Soraya Sáenz de Santamaría, ha llegado a la cita dispuesta a que ese detalle pasase desapercibido, con o sin Operación Menina. Ella se basta y se sobra para crear su propio espacio. Y lo ha intentado; desde el principio hasta el final. Pero no lo ha conseguido.

La vicepresidenta del Gobierno no ha estado a la altura de las capacidades que ha demostrado en numerosas ocasiones, aunque nunca en un debate electoral a cuatro como en el que ha tenido que lidiar. Ciertamente ha tenido a tres contrincantes frente a ella, no en balde compite desde el Gobierno. Y el más combativo con ella ha sido el aspirante de Ciudadanos, Albert Rivera.



Las opciones más a la derecha, PP y Ciudadanos, se esforzaban  por aparecer como el referente ante los espectadores. Sánchez e Iglesias, por su parte, han competido por obtener el favor de los televidentes

Los enconamientos entre ambos han sido constantes y, de hecho, han mostrado lo que ha sido la característica general del debate: el empeño de las dos opciones más a la derecha, PP y Ciudadanos, en aparecer como el referente ante los espectadores. Otro tanto se ha producido en el otro lado del escenario: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han competido por obtener el favor de los televidentes, y electores, en el ámbito de la izquierda.

Pero la lucha en la derecha ha sido más enconada y eso que Rivera ha tenido una de las intervenciones más flojas de todas las que ha protagonizado desde el inicio de la precampaña electoral. Tenso, sin poder ocultar su nerviosismo a lo largo de las dos horas de debate, el líder de Ciudadanos ha ido siempre a remolque y apenas ha podido superar de forma contundente a su contrincante situada a la derecha de la pantalla.

Pero eso no quiere decir que Soraya Sáenz de Santamaría haya estado bien. Ha tenido que repartir sus esfuerzos para pelear con Rivera y los dos aspirantes de la izquierda; eso le ha restado eficacia, al margen de que al principio ha estado un tanto autosuficiente, como si hablase como hace los viernes desde la mesa del Consejo de Ministros.

Su semblante ha acusado el “directo” que le ha lanzado Pedro Sánchez cuando le ha leído —la única vez que ha cogido una chuleta— la letanía de delitos por los que tanto el PP como no pocos dirigentes de la formación conservadora están imputados en numerosos casos de corrupción que investiga la justicia.

Santamaría ha acusado el “directo” que le ha lanzado Sánchez cuando le ha leído la letanía de delitos de los que están acusados tanto el PP como sus dirigentes

Más que propuestas, Sáenz de Santamaría se ha limitado a estar a la defensiva con el consabido resumen de datos de los últimos años, siguiendo el argumentarlo que ha expuesto el Gobierno. “Hace cuatro años estábamos..., y ahora estamos...”. Ocurre que nadie le ha hecho casos a esas valoraciones y cifras.

Pablo Iglesias ha mejorado su imagen de líder combativo con un lenguaje, sin perder la “labia” que le caracteriza, creíble, tanto en las propuestas como en las críticas, tanto hacia sus contrincantes de derechas como hacia el aspirante socialista, Pedro Sánchez, con quien ha mantenido una soterrada pugna, en ocasiones adornadas con frases corteses, a la hora de criticar al PSOE que una cosa es lo que predica y otra cosa es lo que hace cuando gobierna. “Yo creo que tú, Pedro, es lo que desearías, pero al final el PSOE hace lo contrario cuando es poderoso”, ha sentenciado.

De hecho, durante la mayor parte del debate, Iglesias, que ha sido el que más ha hablado por detrás de la candidata del PP, ha aparecido como el aspirante que llevaba la voz cantante, como el que iba ganando. Sin embargo, tal vez excesivamente confiado, se ha metido en un berenjenal a la hora de tratar la cuestión catalana y ha planteado el derecho a decidir.

Iglesias ha cometido un grave desliz cuando ha afirmado que los andaluces decidieron en referéndum pertenecer a España

Ha cometido un grave desliz, por el que los moderadores le han pedido que se explicase, cuando ha afirmado que los andaluces decidieron en referéndum pertenecer a España. En realidad, el referéndum andaluz fue para exigir una vía estatutaria igual a las nacionalidades históricas.

Pedro Sánchez se ha mostrado sólido la mayor parte del debate pero ha pecado de una excesiva rigidez, tanto en las formas como en sus argumentos. Solo en contadas ocasiones se ha mostrado más suelto y con la habilidad que ha mostrado en sus debates parlamentarios con Rajoy en las sesiones de control en el Congreso. Con todo, ha sido quien más propuestas programáticas ha planteado a lo largo de las dos horas del debate. Y ha hecho la afirmación más realista y seguramente menos electoralista: "No se va a poder bajar los impuestos (en la próxima legislatura); quien lo diga miente”.

Los aspirantes a La Moncloa han hecho alusiones a la ausencia de Rajoy, pero menos de las que previsiblemente se esperaban. La presencia de Soraya Sáenz de Santamaría – “en el PP somos un equipo”, ha dicho – era suficientemente elocuente. No tenia otros argumentos que esgrimir para justificar su presencia en el debate de los candidatos a ocupar el sillón del ausente.

El debate ha estado rodeado de una gran parafernalia desde dos horas antes de iniciarse. A la llegada de los cuatro contendientes había alfombra, pero no era roja – era de color negro, para evitar susceptibilidades; el negro no es color de ninguna opción política que se sepa -, pero estaba todo el resto de ingredientes habituales de las grandes ocasiones, incluido el “photo call”, con un amplio andamiaje repleto de fotógrafos y camarógrafos enfrente y un rótulo excesivo a todas luces a sus espaldas: “7d. El debate decisivo”. Para los directivos de Atresmedia la campaña electoral se circunscribe a su programa de televisión. Casi, casi como en Estados Unidos, aunque en la cuna de los debates los hay por doquier y a casi a diario.

El debate ha sido intenso y el único defecto ha sido la ausencia de Rajoy, que a esas horas pululaba por tierras de Algeciras y Doñana. Acaso, los protagonistas han estado un tanto varados de pie, sin el “apoyo” de un atril, cosa que les ha hecho estar algio incómodos, aunque quien mejor ha solventado esa situación ha sido Pablo Iglesias.

Los moderadores han sido eso, moderadores: al principio un tanto remisos a intervenir y luego, con el aumento del fragor de las intervenciones, han debido aplicarse con mayor asiduidad. Pero, formalmente, las dos horas han pasado de forma entretenida. Nunca es tarde para empezar.

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