Publicado: 30.11.2015 08:00 |Actualizado: 30.11.2015 08:00

Cuatro testimonios en primera persona explican qué es ser refugiado

Con sus propias palabras, cuatro refugiados de Honduras, Afganistán, Marruecos y Somalia 
ofrecen el testimonio sobre la huida de su país de origen y las dificultades con las que se encontraron a su llegada a España.

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Refugiados iraníes protestan ante la frontera de Grecia con Macedonia al ser denegados el paso cerca de Gevegelija (Macedonia) hoy, 25 de noviembre de 2015. Macedonia, Serbia, Croacia y Eslovenia han establecido un criterio de selección entre los refugiaf

Refugiados iraníes protestan ante la frontera de Grecia con Macedonia al ser denegados el paso cerca de Gevegelija (Macedonia), 25 de noviembre de 2015. EFE/Georgi Licovski

@anaisbernal

En plena crisis de refugiados por la guerra de Siria, otros exiliados recuerdan su propia historia. Llegaron poco a poco a España, lejos de titulares o de noticias que alertaran de su grito de ayuda. Son los otros refugiados, los que también huyeron de las guerras, de las violaciones de derechos humanos o de persecuciones políticas. Tuvieron que huir de su propio hogar y empezar desde cero en un entorno completamente desconocido. Refugiarse en otro país para tener una vida. Dicen que su pasado siempre les acompañará como la carga de una pesada mochila. Pero era la única alternativa para escapar del terror y del miedo y, casi siempre, de una muerte segura.



Ricardo Figueroa. Honduras.

Fui uno de los fundadores del movimiento gay en Honduras. Desde el golpe de Estado de 2010 empezaron asesinar a homosexuales. Nuestra organización denunciaba los asesinatos que sucedían. Yo presencié el asesinato de dos chicas transexuales por parte de dos policías y lo denuncié. Todas estas acciones hicieron que asesinaran a la secretaria de mi organización y amenazaran a otros compañeros. A mi jefe lo secuestraron. Yo era el que quedaba en la lista. Me secuestraron 24 horas, el tiempo para demostrar que tu vida está en peligro. Me golpearon. Me insultaron. Me violaron con un tolete. Luego me montaron en una patrulla y me soltaron completamente desnudo en mitad de un descampado. Eso fue en enero de 2010.

"Me golpearon. Me insultaron. Me violaron con un tolete. Luego me montaron en una patrulla y me soltaron completamente desnudo en mitad de un descampado"

Después me perseguían donde fuese. La policía me pedía papeles solamente a mí en cualquier situación. Una organización de Derechos Humanos me escondió en la montaña, con un pueblo indígena. Aún así, me intervinieron el teléfono y me dijeron “maricón, ¿por qué eres tan cobarde? Dime quién quieres que sea, ¿tu papá o tu mamá?” Llamé a la organización y me dijeron que, con ese mensaje, pretendían que regresara a la capital para terminar conmigo. Yo tenía una pareja desde hacía años. Él era de “armario”, nunca quiso decir que era homosexual. Para protegerlo, terminé con él sin decirle nada.

Ricardo Figueroa, de Honduras.

Ricardo Figueroa, de Honduras.

Regresé a la capital para irme. Tuve que acudir a un banco, a recoger un giro que me enviaron para poder tomar un autobús. Una señora con un niño en brazos empezó a gritar. Cuando me giré había dos hombres y uno me apuntaba con una pistola. Tuve que salir huyendo como un delincuente. Llegué a España sin saber qué hacer. Estaba en estado de shock. No tenía nada en mente. Sólo sabía que debía llamar a un número de teléfono cuando estuviera en el aeropuerto. Por mi historia, CEAR (la Comisión Española de Ayuda Al Refugiado) me aconsejó ir a Extremadura.

Trabajé como cuidador de personas mayores, pero cambió la ley y se veían obligados a hacerme un contrato. Nadie quería cumplirlo. El centro CEAR cerró. Me quedé sin trabajo y sin ayudas, y me vi en una situación de calle. Nadie me avisó de que podía seguir siendo protegido en otro lugar. Me refugié en un edificio semiconstruido y abandonado, y sufrí una violación por dos drogadictos. Estuve sin hogar, en Mérida, durante 3 meses. En un albergue, una vez en semana, me daban un bocadillo. Desarrollé una anemia tremenda, hasta el punto de pensar a regresar a mi país. Si me moría, que fuese con los míos. Un amigo me trasladó a Madrid y empecé de nuevo. Vivir en la calle me dejó secuelas y yo tengo un grado de discapacidad mental. Ahora mismo trabajo en una residencia y vivo en un piso de acogida de la fundación RAIS.

Después de cuatro años ni siquiera podía ver un policía o escuchar una moto porque me aterraba, o me paralizaba si estaba solo. Dejé Honduras con 45 años y con mi edad me preguntaba qué hacía yo aquí. Aquí la gente ve alguien extranjero y piensa que es un inmigrante económico porque tampoco se habla de Honduras.

"Solicitar asilo en Honduras es un delito porque es traicionar a la patria. He perdido muchos compañeros y me avisan de las muertes de otros por email"

Al final, asesinaron a mi pareja. Mi padre falleció de cáncer hace un año. Mi madre siempre me dice: “hijo, te extraño”. Mis hermanas me dicen: “Prefiero saber que estás vivo en otro país, aunque sea lejos, a que estés aquí y que terminaras en una cuneta como el resto de tus amigos”. Solicitar asilo en Honduras es un delito porque es traicionar a la patria. He perdido muchos compañeros y me avisan de las muertes de otros por email. Uno de los fundadores del movimiento regresó de EE.UU a Honduras. Sólo aviso a la familia de que volvía. Confirmaron que iba en el vuelo, pero nunca salió del aeropuerto. Todos son así. Y yo, no quiero morir.

Zulekha Ifmail. Qolyole (Somalia)

Huí de la guerra de Somalia con 40 años, con mis cinco hijos y dos hijas. Trabajaba en un colegio como profesora de inglés y estaba casada con un hombre que pertenecía a un grupo de las milicias. En el colegio organicé un grupo de mujeres para hablar y organizarnos. “Lo tienes que dejar, o si no, problemas, ¿vale?”, me amenazaron. A veces, por los ataques, cerrábamos el colegio una semana. Se perdían muchas clases. Había madres que venían a ayudar a otras mujeres ya viudas o con maridos desaparecidos.

La gente moría cada noche. Mi marido se iba de casa cuarenta o cincuenta días, sin saber nada de él. Uno de sus amigos incluso quería que mis hijos se convirtieran en niños soldados. Jamás lo hubiese dejado. Yo veía a los hijos de mis vecinos irse… y nunca regresar. Dormía por las noches escuchando los llantos de esas madres. Dos días antes de decidir dejar Somalia, cuatro soldados entraron en nuestra casa. Yo estaba con cuatro de mis hijos y mi niña. Nos hicieron cosas que no puedo contar. A uno de mis hijos, con 14 años, le golpearon con la ametralladora en la cabeza y sangró muchísimo. Mi hija mayor y yo lloramos y gritamos toda la noche para que nos ayudaran, pero nadie venía. Nos pegaban con las armas y gritaban: “Si quiero, te mato. O te sientas, o te mato”. También incendiaron la casa de mi cuñado. Él pudo huir, pero el cuerpo de su mujer está quemado al 60%. No puede abrir los dedos de la mano. Los tiene pegados. Y una chica de once años, murió.

No entraba mucha comida, porque toda venía de fuera. Podíamos estar un mes entero sin ver azúcar o arroz. Si dábamos dinero a los camiones que traían la comida, nos podían llevar a la frontera que quisiéramos. Me subí a uno de sus camiones con mis hijos y me marché a Kenia. Dejé a mi marido herido, con la pérdida de un ojo. Vivimos seis meses en un campo de refugiados. Allí la vida era casi peor. También nos podían matar. Nos fuimos a Nairobi y allí me enteré de la muerte de mi esposo. Mi padre también murió, enfermo. No le pude decir adiós.

"Cuando llegué, necesitaba un psicólogo. Lloraba por todo, con miedo. Caí en una depresión y no tenía ganas de hacer nada"

Mi hermana vivía en España, así que mis hijos pidieron asilo a ACNUR. En España ha sido difícil porque estuvimos en un centro de refugiados sólo diez meses y necesitaba tener trabajo. Trabajo en época de crisis, cuando menos había. Era complicado porque me costaba aprender español. Y a veces no conseguía el suficiente número de horas de trabajo y los niños tenían que ir a los colegios e institutos… Tuve que empezar la vida desde cero. Hoy trabajo en limpieza con CEAR y puedo pagar la casa y la comida. Cuando llegué, necesitaba un psicólogo. Lloraba por todo, con miedo. Caí en una depresión y no tenía ganas de hacer nada. Poco a poco empecé a ver la vida de otra manera. Aún me preocupa mi hijo mayor, quien más vio toda la guerra. A veces le veo y pienso, y hablo con él, y parece el más triste, con más bajones. Ahora quiero traerme a mi madre conmigo.

Ahora sé que, cada mes, hay bombas en Somalia por Al Shabab, pero no aparece en prensa ni en la tele. Ser refugiada es algo que te puede pasar en la vida. En Somalia, ni Cruz Roja ni las ONG llegaron a tiempo. La gente murió en las fronteras. Fuimos olvidados. Nadie les hizo caso. Sólo se les acercaban los perros.

Shapiry Hakami. Afganistán.

"Los muyahidines esperaban a las madres o las hijas a la salida de los colegios y les echaban ácido en la cara"

Me marché de Afganistán con 24 años. Con la llegada de los muyahidines talibanes la ciudad era un infierno para las mujeres. Me casé a los 19 años y tenía dos hijos, de un año, y un año y medio. Los muyahidines esperaban a las madres o las hijas a la salida de los colegios y les echaban ácido en la cara. También amenazaban a los padres. Les decían que si llevaban a sus hijas a estudiar o a trabajar las matarían. De hecho, entraban en las casas para matar a los hombres de las casas y así evitar que salieras. Yo no me callaba y me quejaba. Mi padre me avisó que corría peligro y me dijo que me fuera a Irán. “Vete ya, pero no te quedes en Afganistán”, me insistió. Recuerdo a amigas con ácido en la cara. Las esperaban, pasaban con sus motos y les lanzaban el ácido.

Durante la época de los soviéticos había guerra pero a la mujer no les hacían nada. Podíamos ir a colegios o a la facultad. No había velo, salvo en zonas rurales o más pobres. El burka, para nada. Yo nunca llevé velo, ni en colegio ni en la facultad. Yo podía vestir con media manga, con medias o faldas. Mis tías trabajaban. De Afganistán nos fuimos a Irán, donde realicé mi carrera. Estudiábamos enfrente de la embajada de España. Mi pasaporte en Irán caducaba y tuve que ir a la embajada a que me dieran un visado. Así llegamos hasta aquí. Nada más llegar la policía nos mandó a Cruz Roja, CEAR y ACNUR. Era el año 1981, una España que salía de la dictadura. Tampoco fue una etapa fácil. Nos dieron unos papeles como asilo político y después la nacionalidad española. Yo no he vuelto a mi ciudad desde 2009, porque soy presidenta de una ONG de mujeres afganas en España y corría algo de peligro porque estoy fichada por los talibanes. Cuando llegué no reconocía nada. Ni edificios, ni aeropuerto… Teníamos mujeres arquitectas, ingenieras, profesoras y ahora las tratan como animales, con burka, y las dejan deprimidas en sus casas sin poder salir.

Shapiry Hakami, de Afganistán.

Shapiry Hakami, de Afganistán.

"No hay familia en Afganistán sin que un familiar estuviese en la cárcel o esté muerto. Un familiar mío salió de prisión mudo, como una piedra"

No hay familia en Afganistán sin que un familiar estuviese en la cárcel o esté muerto. Un familiar mío salió de prisión mudo, como una piedra. A otro lo llevaron a la montaña y mataban a la gente delante de él. Mi hermano es ingeniero y ha salido hacia Pakistán en un autobús. Los talibanes lo pararon, se subieron y pedían a los hombres que leyesen parte de libros de religión en árabe para detectar infieles. Nuestro idioma es el persa, pero sabemos algo. Y menos mal. A quienes no sabían leer en árabe, les decían que les cortaban la cabeza. Mi hermano dijo que viajaba por trabajo, con su mujer e hijos; pero a los analfabetos los sacaban del autobús. También a los que llevaban pantalón o ropa diferente.

Ser un refugiado es poner la vida en peligro. En países democráticos estamos bien, pero tampoco entiendo que donde más libertad se supone que debe de haber, a veces nos miren como un bicho raro. Y aún peor, porque somos musulmanes y nos asocian con el terror.

Morad Akoudad. Marruecos.

Me refugié por ser homosexual. Lo sufre cada homosexual de Marruecos. Sufrimos desde pequeño, con la familia y vecinos. Y conforme creces, los problemas aumentan con la sociedad. La familia te insulta y te pega por cualquier cosa, porque te odian, simplemente por tu actitud. Igual con los hermanos, primos y los padres. Se avergüenzan de ti. La gente te insulta, te tira botellas, piedras… Vives sin apoyo ni defensa. Hasta la ley, porque se priva con penas de cárcel de entre seis meses hasta tres años. No podíamos tener ninguna asociación que defendiese nuestros derechos porque en Marruecos están prohibidas. Vigilan si te maquillas, o si te mueves de determinada manera. La gente mayor te trata mal, pero los jóvenes son mucho peor porque también son agresivos.

Morad Akoudad, de Marruecos.

Me detuvieron una vez, el verano del año pasado, porque me peleé con una persona que me insultaba en la frontera. Me acerqué a la policía para pedir ayuda y, por quejarme de esos insultos, me arrestaron. Sólo estuve detenido 48 horas porque conocía a una persona que me pudo sacar de la cárcel. La única vía de escape que tenía para ser yo, era cruzar a Melilla, donde tenía trabajo. En Marruecos, no duraba más de tres días en mis trabajos. Algunos me delataban y otras veces, aunque yo no me mostraba como tal, no podía reprimir mi forma de hablar. Eso sale, sale tu personalidad natural y no puedes esconderte. Y ahí era cuando me despedían. El 10 de diciembre de 2014 crucé la frontera a Melilla, sabiendo que ya no podría volver. No podíamos vivir allí. Me sentía un inmigrante o peor, porque no te miran ni te dan una palabra de cariño. Tenía suerte de que yo fuese de la ciudad de Nador, porque era solo necesario el pasaporte. En cambio, quien viene de Fez o de Casablanca necesita un visado para entrar en Melilla y tienen más complicado entrar.

"Tuve un psicólogo porque venía con miedo. Sólo quería llorar. Cuando veo aún un grupo de gente por una acera me cambio a la otra, porque paso al lado temblando, temiendo que me digan algo"

Fui a un centro de acogida dos meses y medio. Me recogió una ONG hasta el puerto de Málaga y nos fuimos hasta Jerez de la Frontera, en Cádiz. Allí estuve diez días gracias a ACCEM y, después, a Valencia. Tuve un psicólogo porque venía con miedo. Sólo quería llorar. Cuando veo aún un grupo de gente por una acera me cambio a la otra, porque paso al lado temblando, temiendo que me digan algo, aunque a lo mejor ni te lleguen a mirar, pero yo lo pienso así. Ahora ya respiro un poco y empiezo a ser autónomo, porque yo no quiero ayudas. Ya vivo en mi piso, con otros compañeros. Aquí, al menos, la gente me mira bien. El racismo está donde vas, pero mis vecinos, en la ONG, en mis asociaciones, saben de mi situación y me respetan. Ahora estoy estudiando un título de sanitario para personas dependientes. Mi familia se lo tomó muy mal. Estuve casi ocho meses sin hablar con mi madre aunque ya lo comprende. Sabe que si no, yo terminaría loco o maltratado. Y le digo que deje de pensar en qué dirá la gente, porque la gente no te da nada. Sólo me apoyaron mis hermanos y una tía. Gracias a que yo he dado este paso otros compañeros han venido también. He conocido a compañeros de Rabat y Casablanca a los que han matado en la calle y en su vivienda. Yo quería vivir, a pesar de que eso implicase dejar lo mío.