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Juan Sánchez, el último espartero

Fundada por su abuelo en 1927, regenta la única espartería que queda en Madrid. El negocio estaba de capa caída hasta que llegó internet. Ahora vende para toda España.

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Juan Sánchez, en la espartería que regenta en la calle Mediodía Grande, en Madrid. / HENRIQUE MARIÑO

Hubo un tiempo en el que el esparto trenzaba España. La tierra seca amaba la salvaje compañía de los atochales. La mano de obra era mano esclava, y las gentes del sureste se dejaban las yemas en la pleita. La casa pedía cestas y canastos, mientras que el campo precisaba de serones y capachos. Los esparteros despachaban los hijos, duros y tenaces, de esta gramínea. Hoy sólo queda uno en Madrid, Juan Sánchez.

El oficio le viene de familia. Su abuelo, de igual nombre, se estableció en el Paseo de Urgel en 1927 y, hasta hoy, sólo los zambombazos de la guerra civil lograron echarle el candado. La espartería ha transitado el viejo Madrid, primero en Cuchilleros, a la sombra de la plaza Mayor; luego en la Cava Baja, donde otrora proliferaban los comercios tradicionales, hasta que la Corchera Castellana hincó la rodilla y le hizo sitio al enésimo bar de diseño; y ahora en la calle Mediodía Grande, en un abigarrado local que guarda las esencias de entonces.

“Soy el último espartero y ya no quedan aprendices”, asegura Juan, que dejó la informática para relevar a su padre. “Empezar de cero en este negocio sería una locura, pero yo aprendí el oficio de crío y la gente me conoce, porque los clientes de calle ya no te dan de comer”. Cuando parecía que la tienda no daba para más, llegó internet y, gracias al escaparate virtual, las ventas a todos los rincones del país. Hay unas persianas enrolladas junto a la puerta esperando a que el transportista se las lleve a Barcelona.

La hoja filiforme del esparto ha enriquecido el diccionario (cofines, soplillos, cinchas, baleos…), aunque los académicos les han dado la espalda a tizneros, barjas, cahuleros, jarpiles y margüales. Ni siquiera hay emoticonos para representarlos. Antes objetos de uso, hoy lo son de decoración. “La artesanía no está pagada”, cree Sánchez, madrileño del 68 criado en Puerta Cerrada. “Sólo empezó a ser valorada cuando llegaron los materiales sintéticos”.

Él se nutre de Andalucía y Murcia, aunque también vende (además de caracoleras, botelleros, alfombras, nidos, alforjas, cestas y cuerdas de esparto) productos elaborados con otros materiales, como botijos de barro, varas gitanas, cencerros con y sin badajo, tablas de lavar y botas de vino. “Los tiempos cambian y sólo del esparto no podría vivir”, confiesa Juan, quien surte a algunos clientes de látigos y fustas. Su función trasciende la decorativa, porque, como respondió el Gallo cuando le dijeron que Ortega y Gasset era filósofo, “tié q'haber gente pa'tó”.

La España meridional, concluye el último espartero, sigue siendo tierra de espartizales, “pero no hay quien lo haga”. Tampoco quien lo vea, “porque vamos por la autopista a 120 kilómetros por hora” y la contemplación, como la artesanía, requiere tiempo y paciencia. Por la puerta entra una señora para que le reparen una silla de rejilla como podría haber entrado la atrecista de una superproducción cinematográfica. Exodus y The Promise, protagonizadas por Christian Bale y rodadas en nuestro país, contaron con útiles de Sánchez, devoto de la serie Juego de Tronos, donde también han lucido sus persianas. Esparto a espuertas.

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