Publicado: 23.02.2016 14:59 |Actualizado: 23.02.2016 15:09

"Es una ley no escrita: cuando un tío te invita a una copa, te quiere follar"

Un estudio de la Fundación Salud y Comunidad denuncia la cosificación de las mujeres en los contextos de ocio nocturno y advierte de que el consumo de drogas antes de una agresión sexual se percibe como una responsabilidad para ellas y un atenuante para ellos.

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Jóvenes en una discoteca de Ibiza.

Jóvenes en una discoteca de Ibiza.

MADRID.- "Si quieres tener una vida sexual libre, tenla, pero lo que no podéis hacer es ir por ahí insinuando y provocando a todos los tíos, y luego pretender que no se os diga nada... algunas parecen que lo van pidiendo a gritos... ¿Y sabes lo que te digo? Que quién busca, encuentra…". Lo dice un chico de entre 18 a 35 años que vive en Catalunya, Madrid o el País Valencià que consume drogas (sí, alcohol incluido) y frecuenta espacios de ocio nocturno. Es uno de los relatos que ha recogido este año el Observatorio cualitativo sobre la relación entre el consumo de drogas y los abusos sexuales en contextos de ocio nocturno, Noctambul@s.

El espejismo de igualdad es una de las conclusiones de este informe, que apuntan a que ellas perciben una mayor libertad sexual y que, precisamente porque ahora son más libres, deben aceptar riesgos que forman parte de la situación. "Es perverso porque de este modo se invisibiliza la desigualdad. La noche y las drogas ya están integradas en el rol de género de las mujeres, pero ellas asumen que corren un riesgo superior", advierte Gemma Altell, subdirectora del Área de Adicciones, Género y Familia de la Fundación Salud y Comunidad. 



Como demuestra el estudio, basado en centenares de informaciones cualitativas y financiado por el Ministerio de Sanidad, la violencia sexual es un riesgo que se acentúa en los contextos de ocio nocturno y de consumo de drogas. Todos los jóvenes la condenan, pero la mayoría no identifica como "acoso" o "violencia" ciertas situaciones que, por el contrario, sí lo son. A partir de la información obtenida en el trabajo de campo, entrevistas a líderes de opinión y protagonistas del mundo de la noche, focus groups con jóvenes y referencias y noticias en Internet, Noctambulas ha constatado que la mayoría no percibe como comportamientos vejatorios actitudes como "la cosificación de la mujer en las discotecas, los comentarios sexuales incómodos, los insultos, los tocamientos no consentidos, el acorralamiento, la creencia de los chicos a tener un derecho adquirido sobre la mujer, invitar a copas para conseguir una relación sexual o insistir a pesar de negativas continuas". 

Ni siquiera ven violentas "las prácticas sexuales no consentidas en el marco de una relación sexual voluntaria". Altell explica que parece que las mujeres sienten que si no han dicho 'no' en el primer momento, ya tienen que aceptarlo todo. Lo confirma el relato de uno de los entrevistados: "Quizás lo malo es empezar diciendo que sí y acabar diciendo que no, y entonces el otro se cabrea. Puede ser que el tío se raye, hay mucha que sí, sí, sí y finalmente si te dicen que no, te rayas".

Diferentes 'efectos' del alcohol

La desigualdad en los contextos de ocio, se acentúa cuando hay consumo de alcohol y drogas. Partiendo de la base de que los jóvenes asocian ese consumo de las chicas a una mayor disponibilidad sexual, el efecto de esas sustancias en unos y otros difiere. "A ellas, haber consumido las responsabiliza ("como bebí tanto, claro, normal que me pasen estas cosas") y a ellos, en cambio, los exime ("no era consciente de lo que hacía, estaba muy borracho"). 

Además, si la agresión se produce por una sumisión química oportunista, es decir, que la chica ha bebido o se ha drogado de forma voluntaria (nadie le ha metido ninguna sustancia en la copa), el sentimiento de culpa y responsabilidad de ella aumenta.

El estudio también hace referencia a las redes sociales como "potenciadores" de las agresiones y como "fuentes de vulnerabilidad" de las mujeres; e incide en las diferencias entre los contextos urbanos y rurales. En estos últimos, se observa "un mayor control social pero más dificultad para reconocer la agresión, visibilizarla y denunciarla", ha señalado Altell.