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Femenino Plural Las mujeres con trabajo invisible

El 90% desempeña la tarea de ama de casa, frente a un 5% de hombres. A partir de los 60 años, aumenta su presencia.Su producción representa más del 27% del PIB nacional, unos 285.600 millones de euros. Muchas de estas mujeres, junto a su labor de amas de casa, ejercen de cuidadoras de sus familiares enfermos.

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Las mujeres con trabajo invisible

Las mujeres con trabajo invisible

Basta solo con buscar la definición de “labor” en el diccionario de la RAE para encontrar esta acepción:
Sus labores
“Expr. U. para designar la dedicación, no remunerada, de la mujer a las tareas de su propio hogar”.

Durante décadas, el único destino de muchas mujeres fue ser ama de casa. Forman una generación silenciada, resultado de condicionantes económicos, sociales y culturales donde se impuso y se normalizó que la mujer se quedase en el hogar, con "sus" tareas. Fueron amas de casa no por decisión propia, sino por imposición de unas circunstancias donde no se tuvieron en cuenta sus anhelos y necesidades. Mujeres que nunca fueron preguntadas, sino que asumían, resignadas, el papel adjudicado por la sociedad.

Como señalan Lobera y García Sainz, el modelo familiar español se fortaleció por el contexto político conservador y religioso del franquismo, que durante cuatro décadas reforzó los roles de género. Así se potenció un trabajo sin reconocimiento y sin remunerar. Han pasado los años, pero los últimos datos de la EPA muestran que esta desigualdad se mantiene. En labores del hogar, las amas de casa superan a los hombres siete veces más a partir de los 60 años. Según el INE, su trabajo representa el 27% del PIB nacional. Tres mujeres hablan con Publico.es de sus experiencias y vivencias como amas de casa.

“Toda la vida trabajando y parece que nadie lo ha visto”

Loli consiguió el título de peluquera y, cuando lo tuvo en sus manos, se dijo: “aquí está mi futuro”. Era el año 1970 cuando empezó a peinar a clientas en sus casas. Más tarde, fue contratada en un local del centro de Málaga. “Yo me sentía realizada y asegurada, cuando en muchos trabajos de entonces ni siquiera lo hacían”. Pero llegó el amor. Loli conoció a Miguel y tras cuatro años decidieron casarse. Él impuso una condición: ella tenía que dejar el trabajo. “Yo lo vi algo natural, porque en la mentalidad de antes eso era lo normal. Era lo que nos habían enseñado en casa y en la escuela. Nos mentalizaron para casarnos, tener hijos, ser mujeres de nuestro hogar y cuidar de ellos”, admite mientras repasa su vida.

A los tres meses se quedó embarazada. La familia se amplió, mientras Miguel trabajaba de camionero. Tras la primera hija, Estefanía; llegó un niño, Miguel. Loli admite que, a veces, “envidiaba a las mujeres que trabajaban pero me resignaba. Echaba de menos salir de casa para trabajar, tener compañeras o que si quería comprarme unos zapatos, no tuviese que depender del dinero de otro”, recuerda.

Loli aún mantiene parte de la fortaleza de aquellos tiempos, donde reconoce que siempre estuvo sola ante los problemas, como “los papeles, temas del banco, enfermedades de los niños… Siempre ejercía de padre y madre. También he hecho de albañil, fontanero o lo que hiciera falta. Los niños salían a la cinco de la tarde del colegio y me iba al parque con ellos, porque el padre se levantaba a las cuatro de la mañana y no podía haber ruido de niños en casa. Si estaban, no le dejaban dormir y su trabajo era delicado, él llevaba un volante”, advierte.

A los 22 años de casados, el marido se queda en paro y sin ingresos, porque su despido se denunció y todo quedó paralizado en el juzgado. Eso cambió la situación de Loli. Ella era la única que podía volver a trabajar. “Entré en un hotel como camarera de planta. Me sentía bien porque tenía de nuevo mi trabajo y mi dinerito, y me sentía útil”, afirma, con una sonrisa. Su padre muere y su madre, enferma de Parkinson y con inicio de Alzheimer, se traslada a vivir a su casa. Entre el trabajo, seguir con las tareas del hogar, los niños y su madre, faltaban horas al día. Su madre empeoró y tuvo que replantear la situación: “Estaba mi marido en casa, pero es un hombre. Él no iba a cuidar a mi madre. Meter a una mujer me salía muy caro, así que dejé de nuevo el trabajo”.

Fotografía de Loli

Fotografía de Loli

Miguel consiguió un empleo como portero del bloque donde vivían, y allí estuvo once años. Once años que no podía haber hecho sin la ayuda de Loli. “Por ejemplo, había cosas que él no sabía hacer, como fregar. Yo tenía que fregar todas las escaleras de la comunidad, pero yo ahí ni cotizaba ni nada”, advierte. La madre de Loli fallece y, un año después, Miguel enferma. En los últimos ocho años de trabajo, él había cotizado muy poco dinero; y los hijos empezaban sus carreras. “Entonces hablé con el presidente de la comunidad de vecinos, y me quedé yo con la portería”, relata. Allí pensaba jubilarse, pero la salud de Miguel se complicó. Tras varias recaídas, se ve obligada a cuidar de él. “Vuelvo a dejar de trabajar. Fueron solo cinco años en la portería. Eso y mis tres como peluquera, suman solo ocho años de vida laboral. Eso no sirve de nada”.

Sonríe pero, a veces, dice que quiere llorar y no puede. Siempre pendiente de los demás, apenas se ha preocupado en este tiempo ni de su tiroides, su fibromialgia, sus tres hernias discales, su artrosis o su diabetes. “He trabajado mala siempre, pero el dinero hacía falta en esa casa. Dejar la portería fue un golpe para mí. Mi futuro se vino abajo como un castillo de naipes. Tiramos con su pequeña pensión”, explica.

Hasta hace dos meses no ha venido una asistenta de apoyo para cuidar de su marido, sólo durante 16 horas, tras haber solicitado la ley de Dependencia. “Me he pasado 15 años cuidándolo completamente sola. He cuidado de mis hijos, mi marido y de mi madre. ¿Y a mí quién me cuida?”, cuestiona, sabiendo que es una pregunta lanzada al aire. Dice que ha tenido depresiones “de todas clases” y que hay dos cosas de las que siempre se arrepentirá: haber dejado de trabajar y no haber tenido el carnet de conducir. Ahora matiza, con ironía, que ser ama de casa es la profesión “mejor pagada del mundo”. Luego se borra la sonrisa de su rostro y añade su verdad: “Para mí ha sido la más desagradecida. Estás toda la vida trabajando y parece que nadie lo ha visto”.

“Si volviera a nacer, no lo volvería a hacer”

En un pequeño pueblo de Soria vivía Aurora. Allí transcurría su día a día, siendo consciente de que existiría poco futuro. “Salíamos de la escuela y no había nada que hacer. Si los padres no podían llevarte a estudiar, te quedabas allí. Normalmente se daba preferencia al varón, pero solo eran uno o dos lo que lograban estudiar en todo el pueblo. El resto nos quedábamos allí”, recuerda.

Para ella, aquel lugar no ofrecía oportunidades ni perspectivas, y no había otra opción que aprender a bordar o coser. En cambio, Aurora tenía la mente en otro mundo, su colegio. “Me hubiese gustado que mi madre me hubiese alentado a estudiar. Yo faltaba a la escuela y no te puedes imaginar lo que suponía para mí. Me lo tomaba muy mal, no me gustaba faltar porque sabía que era algo muy importante. A veces, mi madre dejaba en la cocina todo lo necesario para hacer el pan. Yo dejaba allí la harina y todo por ir la primera a la escuela”, rememora, entre risas. Luego hace una pausa y afirma con rotundidad que siempre quiso formarse y desempeñar una profesión. Considera que, de aquello, algo le queda, como leer mucho y su interés por conocer siempre cosas nuevas.

Aurora conoce a su futuro marido muy joven, con 16 años. A los 21, deciden casarse. Era el año 1959. La llegada del primer hijo fue decisiva para ser ama de casa. “Es que si te casabas, no había nada que hacer salvo lo que estaba previsto. Porque si de soltera no habías podido hacer nada, una vez casada y con hijos, menos todavía”, admite con resignación. Poco a poco vinieron más hijos, hasta un total de cinco: cuatro niños y una niña. También en ese tiempo, la familia se trasladó del pueblo a Zaragoza.

Ahora piensa cómo afrontaba los días y reconoce que la única manera era “madrugando y trasnochando”. Pero por entonces yo “era muy joven y tenía mucha fuerza. Era muy activa para tirar de lo que fuera, y aún así había veces que me preguntaba cómo llegar a todo. El primer hijo es el que más cuesta porque eres joven y no sabes de qué va todo. Pero luego, venían más hijos y también era más trabajo”, admite. Aurora recuerda el ajetreo de aquellas jornadas, con una presión muy alta.

Fotografía de Aurora

Fotografía de Aurora

“A nadie le gusta trabajar en casa hoy día. Por algo será, ¿no? Y eso que pueden ser personas solteras pero, si pueden, evitan quedarse en el hogar. Tener hijos genera mucho trabajo en casa y fuera de ella. Hay citas que afrontar, citas con el profesor de los hijos, los niños que caen malos e ir al médico… Y tienes que hacerlo todo sola”, relata. También recuerda que, a veces, se veía sobrepasada por la limpieza, porque no podía hacer todo como ella quería y eso le generaba “mucha impotencia”. Era entonces cuando “sentía que no podía con mi alma. En ocasiones sí he tenido esa sensación de para qué servía todo esto, de qué hago yo aquí. De… venga trabajar y luego es como si no hicieras nada. Ahí me ponía muy nerviosa, porque dices: ‘Madre mía… Si volviera a nacer, no lo volvería a hacer’. Hay muy ratos malos”, confiesa, a sus 78 años.

Dice que hubo momentos de sentirse muy sola, como cuando ella no estaba bien de salud y tenía que hacer frente a todo. Ahí, revela, que le podía la rabia. Otras veces, no le ha quedado otra que pedir ayuda. Y aun así, con reparo, porque cree que llevar toda la casa es solo responsabilidad de ella. Ya mayores, los hijos le echaban alguna mano, como en las compras, pero poco más. Y mientras ella fregaba, planchaba o hacía las camas de sus hijos sólo tenía muy clara una cosa: que todos pudiesen estudiar. Por eso habla con mucho orgullo de su hija, catedrática de Economía. Cuando piensa en ello se siente reflejada en su hija, y eso le sirve para que “todo lo malo sea sólo un recuerdo que prefiero olvidar”.

“Yo sólo me conformo con que, cuando muera, pueda llevar mi conciencia tranquila”

La historia de Lidia se inicia en Las Mesas, un pueblo de La Mancha más profunda. Tras las paredes de una casa de campo, la joven, la tercera de cinco hermanas, deseaba aprender un oficio: ser costurera. Su madre ya le dejó las cosas claras. Si sus hermanas mayores no pudieron estudiar, ella tampoco. Tras vivir un tiempo en el pueblo de su abuela, allí conoció a una señora que le trasmitió todo su saber cobre la costura. Desde entonces, empezó a tener encargos profesionales. “Yo me ganaba un dinerito. Me compré mi máquina de coser. Y me ayudaban mis hermanas o algunas amigas, porque tenía muchos pedidos. Yo sabía trabajar y coser con medidas, no con patrones”.

Con 16 años conoce a su novio que, por las circunstancias de la época, emigra a Suiza para trabajar. Ella se queda en el pueblo, hasta que él regresa y se plantea la boda. Lidia tenía 23 años y, como pudo, seguía cosiendo, aunque la llegada de los hijos y otra marcha de su marido a Suiza le hacían asumir todas las cargas de la casa. Cuando él regresó, compró unos terrenos para explotarlos. Tuvo diversas plantaciones. Entre ellas, una de ajos.

Por entonces, “yo no podía con todo. No podía coser más y llevar todas las cosas de la casa. En lugar de ayudarme él, era yo la que lo ayudaba a él. Por ejemplo, cuando había que desgranar los ajos. Desde entonces toda mi vida se centró en el campo, mi casa, mis hijos y todo para ayudar a mi marido. Coser ya empezó a pagarse muy mal. Te dejabas los ojos y las manos, y tenías que echar muchas horas de confección para ganar un sueldo decente. Y esas horas ya no las tenía. Se las daba a la familia”, detalla.

Ahora sigue de ama de casa, sin sus hijos ya por el pasillo del hogar, pero asumiendo un nuevo rol de cuidadora de su marido, que la debilita día a día. “Ahora me siento inútil, porque tengo muchas ideas en la cabeza y…” Hace una pausa, porque la emoción se le atraviesa y no quiere llorar. Viven de un margen de la pensión de él, del la que retienen dinero. El hecho de mantener los terrenos a su nombre le impide que le concedan la ley de dependencia, a pesar de que él tiene un 75% de invalidez, y de que Lidia no puede más con su cuerpo para afrontar la enfermedad de su esposo.

“Él enfermó del corazón, pero luego ha venido el Parkinson, con un ojo no ve bien, el riñón tampoco funciona bien… He pasado de ama de casa a ser cuidadora a tiempo completo. Es demasiada responsabilidad controlar su enfermedad, sus pastillas, su azúcar, pesarle, anotar todo, controlar sus citas, las fechas… Yo hay días que no sé cómo llego a todo. Muchas veces él se levanta a orinar y se me ha caído al suelo. Es un hombre muy grande y cada vez estoy más agotada física y mentalmente. Tengo días y temporadas muy malas porque me agobio”, relata, como reflejo de su día a día.

Admite que está cansada de llevar una vida con un trabajo invisible que nadie reconoce.“Una vez discutí con un hombre que un ama de casa debería de tener una paga, aunque sea pequeña, para sentirse a gusto con una misma. Porque las amas de casa tenemos que trabajar de día y de noche, sin horarios ni vacaciones. Me respondió que hubiese estudiado. Esas palabras están muy mal dichas... “, reflexiona, mientras dice morderse la lengua. Confiesa que ha estado muchos años callada, pero que ahora saca su genio… “Ya es hora, ¿no?”, comenta.

Fotografía de Lidia./Charo Guijarro

Fotografía de Lidia./Charo Guijarro

Echa de menos no tener una paga, su dinero para “unos gastos propios, o comprarme pinturas para no estar fea… Aunque ya me da igual estar más hermosa o no, pero tener algo mío”, explica. Luego relata que todos estos años ha sentido que no puede enfermar. No quiere recordar sus pinzamientos, resfriados o sus manos, cuyo dolor ahora es más continuo, pero “me medico yo misma, con antiinflamatorios. ¿Qué voy a hacer? A lo mejor me puedo evadir de todo esto con una vecina que esté como yo, pero a otros se lo cuentas y se ríen. Y se ríen porque no te entienden, y no saben lo que es afrontar una enfermedad grande”.

Lidia sigue en una casa de pueblo. De esas con grandes muros, patios y numerosas habitaciones que tiene que fregar y limpiar, como siempre se ha visto obligada a hacer. Confiesa que su corazón es de 70 años, pero que ella no lo siente así. “Yo siempre creo que alguien habrá peor que yo, y con eso me resigno. Solo me conformo con que, cuando muera, pueda llevar mi conciencia tranquila”. Desea que ese momento llegue tarde, porque quiere viajar y salir de las paredes de casa. Por ahora, se conforma con un ratito de radio o escuchando a Diana Navarro. Con la música respira profundo para afrontar su día a día. Le da calma. Y le ayuda a sentirse viva en esos días en los que cree que no vive.