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Los transgénicos dividen a la UE entre dudas sobre sus efectos en la salud

La Comisión Europea y un comité técnico y científico tendrán la última palabra después de que una mayoría de Estados rechazara renovar la única licencia que ha dado desde 1998 para cultivar vegetales genéticamente modificados en territorio comunitario y conceder dos más.

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La UE solo permite cultivar un tipo de vegetal transgénico en su territorio, aunque autoriza la importación de hasta 95 variedades de maíz, patata, algodón, clavel soja, remolacha azucarera, canola y soja.

¿Los transgénicos, las plantas y animales con el ADN alterado para modificar su ciclo, son buenos o malos? ¿Lo son para la producción agropecuaria o para la salud humana? Tres décadas después de que, en 1983, naciera la primera planta transgénica en EEUU –un tabaco resistente al antibiótico canamicina-, y dos y media después de que, en 1994, se conociera en ese mismo país el tomate Flav Savr –con el sabor potenciado-, sigue sin haber unanimidad, ni nada que se le parezca, en torno a este asunto.

El último debate sobre él terminó en tablas en el Parlamento Europeo: ni partidarios ni detractores lograron una mayoría suficiente para autorizar el cultivo en la UE de dos nuevos tipos de maíz –los BT11 y 1507 de Pyonneer y Singenta- y la reautorización del MON810 de Monsanto –el único permitido desde 1998-, por lo que la decisión queda en manos de la Comisión Europea, que antes de decidir sobre la primera ampliación de permisos desde 1998 deberá escuchar a un comité técnico y científico. Sí hay una mayoría de Estados en contra de dar esos permisos –España no está entre ellos pese a que 17 países han vetado su cultivo-, pero no suman un volumen de población suficiente.

Se trata de plantas cuyo ADN ha sido modificado para integrar en él una bacteria –bacilo turgiensis- que resulta mortal para el gusano del taladro, la principal plaga que afecta a este vegetal. Sin embargo, hay dudas sobre la idoneidad de su cultivo, incluso en el plano productivo: los estudios del Centro de Transferencia Agroalimentaria del Gobierno de Aragón, la zona de mayor cultivo de España, coinciden en señalar que su rendimiento no es superior al de las mismas variedades de maíz convencional  conclusión que también ofrecen los estudios de ámbito estatal .

“Los rendimientos no tienen por qué ser distintos cuando esta plaga no actúa, que es lo que ocurre en los últimos años”, señala Elena Sáenz, director de Anove (Asociación Nacional de Obtentores Vegetales), que admite que “el debate sobre los transgénicos no se centra únicamente a la producción, sino también en la salud humana”. En Europa solo está autorizado el cultivo del MON810 –la patata amflora fue vetada por el Tribunal de Justicia de la UE-, aunque entran distintas variedades de maíz y de soja –miles de toneladas- para fabricar piensos ganaderos y también para elaborar biocombustibles mientras el uso de vegetales transgénicos para productos de consumo humano está vetado.

Importar 95 variedades de siete plantas

La UE, que permite la importación de 95 tipos de maíz, patata, algodón, clavel soja, remolacha azucarera, canola y soja modificados genéticamente, exige que los alimentos que los incluyen en un 0,9% o más lo especifiquen en la etiqueta, lo que “hace que su uso sea prácticamente residual por el recelo que despierta en los consumidores”, explica Gabriela Vázquez, biotecnóloga de Ecologistas en Acción.
Sin embargo, está claro que los alimentos transgénicos entran en la cadena alimentaria humana mediante en consumo de las carnes de los animales de abasto engordados con piensos que los contienen. Y ahí es donde, ante la ausencia de certezas, las dudas se disparan.

“Hay más de 30 eventos transgénicos que las autoridades sanitarias de la UE han autorizado para consumo animal porque los considera saludables”, indica Sáenz, mientras Vázquez destaca que “no hay estudios epidemiológicos, por ejemplo sobre las alergias, sobre la población que los consume; y los estudios sobre su efecto en los animales son previos y se realizan en laboratorio, con cobayas. En realidad, desconocemos los efectos secundarios reales de los transgénicos, y su posible cronificación, tanto en los animales como en las personas que consumen su carne”.

En ese sentido, el arroz dorado, diseñado en Filipinas para paliar el déficit de una vitamina que llega a causar ceguera y cuyo consumo crece en el sur de Asia, es ahora uno de los ejes del debate sobre los transgénicos tras descubrirse que su cruce con variedades indias ha alterado en estas el gen que controla el metabolismo de las plantas. “¿Qué puede ocurrir cuando alguien come ese vegetal alterado? Está por ver”, apunta Vázquez, que llama la atención sobre el desconocimiento de los efectos secundarios de otros vegetales como el trigo sin gluten –una proteína impide que se exprese- que el CSIC alumbró hace unos años en Córdoba.

Naranjas, berenjenas y supercereales

Esas dudas no impidieron que una empresa estadounidense “se llevara todo el valor añadido al comprar la patente porque un centro público español no podía asumir los costes de tramitar las autorizaciones, que pueden llegar a 25 millones de euros”, explica Sáenz, que recuerda cómo centros públicos españoles  están trabajando en el diseño de una naranja dorada de producción acelerada, un arroz con más almidón y un maíz supervitaminado, y que apunta cómo buena parte de la insulina que permite tratar la diabetes en occidente tiene origen transgénico.

Multinacionales como Monsanto, por su parte, trabajan en el diseño de, entre otras, hortalizas transgénicas como pepinos, sandías, melones, zanahorias y judías verdes. Y el CSIC y la universidad de Zaragoza se alían con cuatro centros estadounidenses para lograr que las plantas de cereales como el trigo, la cebada, el centeno o la avena pasen a vivir varios años.

Pese a las dudas sobre sus efectos secundarios, el cultivo de vegetales transgénicos sigue avanzando en todo el planeta, donde la soja transgénica supone el 85 de la producción mundial. A nivel local, en Aragón, principal productor de maíz del país, más de la mitad de la superficie de este cultivo -44.400 hectáreas de 80.000- se dedica a variedades transgénicas.

¿Rinde más o menos?

El principal motivo es su rendimiento económico. Un informe de la Fundación Antama sostiene que el cultivo de maíz transgénico permitió entre 1998 y 2013 reducir las importaciones “en más de 853 mil toneladas, con un ahorro de 156 millones de euros” y 490 hectómetros cúbicos de agua, que equivale al consumo doméstico de 600.000 personas en un año.

“Las diferencias medias de rendimiento varían entre el 7,38% y el 10,53% en función de la zona y de la severidad de la plaga” de taladro, señala la fundación, que eleva a 147 euros por hectárea el aumento del rendimiento. “Los agricultores ven cómo la Unión Europea importa 48 tipos de vegetales modificados pero sólo pueden cultivar uno de ellos, una situación de desigualdad competitiva que está frenando el impulso de la actividad agraria europea”, sostiene Sáenz.

Por el contrario, los estudios del Centro de Transferencia Agroalimentaria de Aragón concluyen, tras siete años de estudios, que “tampoco existen diferencias significativas entre ninguno de los pares de variedades transgénicas/isógenicas ensayadas” y que las convencionales rinden “tanto o más” que las modificadas.