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15-M, ¿y ahora qué?

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Las movilizaciones de este fin de semana son un hito más en el año de intensa construcción de protagonismos sociales que han sacudido y sacudirán las agendas políticas de este país. El 15-M es ya una huella social en los acontecimientos históricos de las últimas décadas. No es una frase grandilocuente, como argumentaré en este artículo.

Si analizamos nuestras sociedades y nuestros comportamientos es fácil distinguir otras huellas. El rastro el movimiento obrero hay que leerlo hoy en la problematización de las clases económicas (hoy más difusas), de las economías que no atienden a necesidades humanas y de los aparatos culturales y políticos que dan cobertura a un capitalismo, de orientación financiera en la actualidad. La presencia de los llamados nuevos movimientos sociales, surgidos en los 60 y 70 (feminismo, ecologismo, pacifismo, minorías, etc.), se visibiliza en la denuncia que planteamos a determinadas situaciones de violencia (patriarcado, insustentabilidad, oposición a la guerra, énfasis en la diversidad, etc.). No es que no existiera conciencia previa de estos conflictos. Pero sí que las huellas de estos movimientos sociales han acentuado su presencia en las agendas y en la cultura política contemporánea, en particular la de protesta.

También, no hay que olvidarlo, las élites mueven fichas y crean rastros. El poder de los círculos neoliberales (financieros, neocons) tiene su presencia social en debates y actitudes que escuchamos en la calle: los bancos convertidos en 'vacas sagradas'; la austeridad, la privatización y el 'sálvese quien pueda' como nueva religión social. Todo ello salpimentado con toques conservadores y de vuelta a la rancia tradición y a los rancios dominios de los de arriba por parte de la (extrema) derecha española y europea.

El 15-M, por su parte, será muy probablemente percibido en el futuro por dos aportes fundamentales en el ejercicio de la política: la instauración del protagonismo social y la radicalización de la democracia como base de cambios que vendrán y de sujetos plurales que la realizarán; y la proposición de medidas concretas y horizontes de justicia social que apelan al sentido común (experienciable) y a la idea de cooperación frente a la de depredación.

La toma de espacios públicos constituye una clave de acción que actualiza a su vez formas de desobediencia civilEn efecto, el énfasis en el protagonismo social desde una radicalización de la democracia es percibible en la apelación constante al asamblearismo y a la cultura de horizontalidad en los espacios organizativos, la creación de ágoras abiertas en las plazas, el fomento de un nuevo tejido barrial en contacto con lo ya existente, entre otros. Aquí internet se convierte en una fresca herramienta y en un potente altavoz de esta cultura de democracia radical, aunque sea la tradición de protesta de los nuevos movimientos globales (foros sociales, protestas 'antiglobalización', redes de soberanía alimentaria, etc.) la que, desde mediados de los 90, viene explorando unas prácticas de trabajo que crean sinergias desde la diversidad. En el lado más físico, la toma de espacios públicos constituye una clave de acción que actualiza a su vez formas de desobediencia civil marcadas por la apertura y la no violencia.

Por otra parte, desde el 15-M se ha seguido construyendo desde iniciativas de justicia social como reflejan los 250 desalojos hipotecarios que han sido frenados, apoyando la Plataforma de Afectados por la Hipoteca e impulsando Stop Desahucios. A lo que se suma el trabajo desde las señas de cooperativismo, como ejemplifican: la crítica general a la democracia, la elaboración de discursos muy extensibles (sencillos, lenguaje cotidiano, que permiten trazar puentes entre descontentos) y las prácticas de cooperativismo social (mercados sociales, finanzas éticas como Coop57, proyectos culturales de creación colectiva, cooperativas integrales de economía, bancos solidarios del tiempo, red N-1 de grupos de trabajo en internet).

La huella social del 15-M ha traspasado sus fronteras. No sólo internacionalmente, en clave de convocatorias de protesta. También ha llegado a permear otras culturas más clásicas, apoyando el desarrollo de mareas verdes en enseñanza, mareas rojas en las filas de parados del INEM y actuando como elemento transversal (acciones creativas, público más joven, énfasis en la crítica de la precariedad vital) en la pasada huelga general. Me consta también los debates internos en grandes y pequeños sindicatos sobre cómo abrirse a una cultura que reclama participación y decisión, no sólo sobre asuntos de renta si no sobre aspectos vitales como cultura, educación o relaciones de género. Y también este 'gobierno de los muchos' ha mostrado sus fortalezas internas: parando intentos de 'institucionalización forzosa' en redes como DRY; o permitiendo una confluencia difusa pero persistente entre tomaplazas, quienes trabajan en barrios y los sectores comunautas o de creación de esferas políticas en internet.

El 15-M representa la concepción de la política como íntimamente conectada a la vivencia, a la autenticidad, a las necesidades básicasEl 15-M no es sólo historia. Es ante todo futuro. Representa la concepción de la política como íntimamente conectada a lo político, a la vivencia, a la autenticidad, a las necesidades básicas de todo tipo (incluyendo afectividades y sustentabilidad ambiental). Tiene sus pros y sus contras, ya que proviene de una cultura 'agregativa', frágil y demasiado flexible para cohesionarse en torno a proyectos críticos y estables. Aun así, su huella servirá para dejar atrás la llamada transición de las élites, la del advenimiento de una 'democracia' crecientemente autoritaria, y dar paso a una transición social arraigada en el tejido ciudadano. La crisis económica, la clase política que mira sus intereses y el ocaso de una civilización petrolera ayudarán a que se reproduzcan estas democracias emergentes.

*Ángel Calle Collado es profesor de la Universidad de Córdoba y editor del libro Democracia Radical.

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