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24 horas en Zaragoza: un día, múltiples paseos por la historia

La capital aragonesa permite contemplar en una jornada edificios romanos, góticos, musulmanes, barrocos y hasta neoclasicistas. Miles de años de arte aunque la visita sea fugaz.

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Si el tiempo nos constriñe en nuestra visita a Zaragoza y sólo podemos dedicarle un día a la capital aragonesa, conviene aprovechar cada minuto al máximo. Así que a la hora de seleccionar los espacios que visitaremos, centrarse en su parte noble es la opción más práctica. Paseando por espacios como la plaza de las Catedrales, el teatro de Caesaraugusta, la Aljafería y el Patio de la Infanta conseguiremos al menos dos objetivos: llevarnos una idea general de la ciudad y, sobre todo, realizar un auténtico viaje a través del tiempo para descubrir los estilos arquitectónicos que la siguen poblando y las culturas que han dejado huella en ella.

El recorrido puede comenzar por la Plaza de las Catedrales, a la que se asoma La Seo o Catedral de San Salvador, consagrada en 1121 y que supone un auténtico compendio de estilos arquitectónicos. Románico, mudéjar, barroco y neoclasicismo conviven en ella. Con poco tiempo, como es el caso, hay que decidir qué ver en su interior. Lo cierto es que es difícil hacer una selección, pero si hubiese que mencionar algunas paradas ineludibles, sin duda serían el retablo mayor en alabastro de Pere Johan y Hans Piet d´Anso, el coro y el trascoro renacentista, el cimborrio mudéjar, la capilla, en el mismo estilo, de la Parroquieta, o la de San Bernardo de Claraval, una de las obras más suntuosas del Renacimiento en España. Una vez dejada atrás la catedral, se impone un alto en la Lonja de Mercaderes. Nos encontramos ante uno de los edificios más singulares del Renacimiento aragonés.

Y de ahí al que quizás sea el monumento más conocido de toda Zaragoza: la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. La encontraremos tras pasar el Ayuntamiento, que imita el modelo de los palacios renacentistas. El Pilar se presenta como una majestuosa señora barroca en su exterior, con un interior en el que, pase lo que pase, no se puede dejar de admirar el retablo mayor, gótico, y el esplendoroso coro renacentista. Si levantamos la vista un poco más nos aguardan las pinturas que Goya y los hermanos Bayeu idearon para sus cúpulas. Tampoco es recomendable abandonar este edificio sin pararnos en la Santa Capilla de Ventura Rodríguez, que alberga la imagen de la venerada Virgen del Pilar.

Pero Zaragoza son contrastes, elementos históricos que dibujan un verdadero poliedro de estilos artísticos. Es por ello que apenas tras un corto paseo desde la plaza de las Catedrales alcanzamos el teatro romano de Caesaraugusta, de notables dimensiones y capacidad para unos seis mil espectadores. Y de las aportaciones romanas a las musulmanas, patentes todavía hoy en la Aljafería. Sus orígenes quedan patentes en la torres del Trovador, del siglo IX, y sobre todo en su mezquita y en el patio de Santa Isabel, con yeserías y arcos polilobulados. Los reyes cristianos seguirían añadiendo ampliaciones y modificaciones a ese primitivo edificio musulmán hasta conformar la Aljafería que vemos en la actualidad.

Un nuevo viaje en el tiempo nos lleva al final del recorrido: el Patio de la Infanta, magnífica obra del Renacimiento aragonés con su suntuosa decoración, entre la que se incluyen una serie de óleos de Goya. De nuevo, dos épocas históricas diferentes dialogando pared con pared: un perfecto resumen de lo que han sido nuestras intensas 24 horas en Zaragoza.


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