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El Barça es otra historia

Nuevo recital de fútbol y goles del equipo de Guardiola, que impone su estilo ante un grande venido a menos. El planteamiento de Klinsmann recibe un justo castigo. El Bayern acaba rendido

ENRIQUE MARÍN

Hay equipos que intimidan con el nombre y otros que te matan con el balón. El Bayern actual pertenece a la primera categoría. El Barça de Guardiola, a la segunda. Ahí radicó la enorme superioridad y la consiguiente goleada que los chicos de Pep exhibieron ante los de su contemporáneo Klinsmann. En el Camp Nou se medían los dos equipos más goleadores de la competición, pero uno, el que salió a ganar con el balón, goleó al otro, el que salió a no perder con el escudo. Salvo debacle poco probable, la eliminatoria está vista para sentencia. Este Barça es otra historia.

Guardiola empieza los partidos en las ruedas de prensa previas. Allí donde su discurso entremezcla los mejores propósitos y una prudencia extrema para evitar el exceso de confianza. Con el Bayern ya hospedado en Barcelona, Pep habló de salir a atacar y a marcar goles, de darle un ritmo alto al partido y mucho dinamismo al balón, y de no traicionar el estilo. Al mismo tiempo, le regaló los oídos al Bayern: que si es uno de los grandes de Europa, que si gana partidos sólo con el nombre, que si alguien tiene una pequeña ventaja son ellos... No sabe nada Pep.

 


Contagiado por el ilusionismo de Guardiola, Klinsmann también prometió un Bayern valiente. Era un farol. El técnico alemán debió de plantear el partido sobre papel higiénico. Con dos líneas de presión muy juntitas y limitándose a verlas venir. Sin ningún contacto con el balón y sin otra sana aspiración que interceptar un balón y mandárselo por correo urgente al solitario Toni. Como dicen los que saben, no se juega para presionar, sino que se presiona para jugar. El canguelo de Klinsmann fue tal, que se cargó al portero titular (Rensing) y apostó por Butt, ex del Leverkusen al que Zidane marcó aquel gol de volea en Glasgow.

El tenderete alemán se mantuvo en pie lo que el Barça tardó en sacarse las llaves del bolsillo. La máquina azulgrana de tocar y tocar y volver a tocar se puso a funcionar y los alemanes empezaron a sudar de tanto correr. Para cuando el Bayern quiso darse cuenta, ya perdía 2-0. Gol de Messi a pase de Etoo y gol de Etoo a pase de Messi. Reparto de goles en esta particular lucha de egos de la que tanto beneficio saca el Barça. Messi buscó el tercero, pero el árbitro no sólo no pitó penalti, sino que encima le enseñó la amarilla. Fue una decisión coherente, pero errónea. Las protestas de Guardiola le costaron la expulsión.

Al Bayern no le afectó que el Barça le marcara dos goles antes del cuarto de hora. Lejos de sonrojarse, los de Klinsmann siguieron jugando a lo mismo. Es decir, a nada. La posesión del Barça era escandalosa. Insultante para futbolistas de la talla de Ribéry, Schweinsteiger o Zé Roberto. Enfrente de ellos, Iniesta y Xavi volvían a dar otro recital de cómo se juega al fútbol. Permanentemente en contacto a través de ese cordón umbilical que es para ellos el balón.

Para los amigos de las estadísticas: Barça y Bayern acumulaban los mismos kilómetros. La diferencia es que unos lo hacían con el balón y los otros, detrás de él. Y así llegaron el tercero y el cuarto gol del Barça. La cara de Beckenbauer era un poema. Esto no se le hace a un mito, pensarían los puristas.

Si alguien esperaba que los alemanes regresaran del vestuario espoleados por el orgullo herido, se equivocó. Sin la mínima salida de balón, una carencia inadmisible para un grande de Europa, al Barça le bastó con amagar la presión para impedir que el Bayern lograra combinar. Con el partido dejándose llevar, Messi mandó un balón al larguero tras acomodarse un cambio de juego sensacional de Piqué, un futbolista que crece cada partido y va para central grande, y no porque mida 192 centímetros. Con razón Rummenigge dijo que para el Bayern era imposible ganar en el Camp Nou. Jugando así, desde luego. Mejor dicho, renunciando a jugar, en la vida.

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