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Bermejo: sin arte para la diplomacia

El ministro se va de Justicia con problemas irresueltos por su carácter poco conciliador

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Les agradezco [al PP] el recibimiento amable que me han dispensado y, sobre todo, que no me hayan acusado también de ser el responsable del calentamiento global o del big bang”.

Esta primera respuesta en su primera sesión de control en el Congreso, el 21 de febrero de 2007, sintetiza como pocas el mandato, casi la personalidad, de Mariano Fernández Bermejo (Arenas de San Pedro, Ávila, 1948) al frente del Ministerio de Justicia. Un manifiesto en toda regla.

No era él un hombre que se anduviera con chiquitas, que se amilanase con un PP eternamente hostil, que se dejara ganar en el duelo dialéctico. No. José Luis Rodríguez Zapatero le había designado por sorpresa el 7 de febrero de hace dos años precisamente por eso. Porque quería un halcón en un puesto clave y en un momento clave, cuando la Justicia se había transmutado en el principal campo de batalla con Mariano Rajoy. Si el presidente buscó provocar, lo logró.

Bermejo era Satanás para el PP. Fiscal de carrera desde 1981, se convirtió cinco años más tarde en asesor de los titulares socialistas de Justicia Fernando Ledesma y Enrique Múgica. En 1989 pasó a la Fiscalía del Tribunal Supremo y, de allí, en 1992, se le designó fiscal jefe de Madrid. Ése fue el cargo molesto para José María Aznar cuando arribó al Ejecutivo en 1996. Un señor de “ultraizquierda” para el PP.

Los ministros Ángel Acebes primero, y José María Michavila después, le hicieron presa fácil desde 2000. Bermejo ya había tenido sus vendettas con Isabel Tocino como titular de Medio Ambiente, así que ambos le cogieron con ganas. Cuando el fiscal de Madrid criticó a las claras la Ley de Juicios Rápidos del PP –la trató de “parche” y denunció la falta de medios–, Michavila intentó fundirle. Mandó al fiscal general, Jesús Cardenal, que abriera diligencias contra él por haberse declarado “en rebeldía” contra la norma. Eso era marzo de 2003. Bermejo respondió llevando al ministro al Supremo por atentar contra su honor. Un año más tarde, el tribunal absolvió a Michavila.

Mientras, el Ejecutivo preparaba su ofensiva. Limitó a cinco años el mandato de los fiscales jefes. La reforma legal permitió al PP deshacerse, en julio de 2003, de Bermejo y de otros dos demonios, Carlos Jiménez Villarejo, fiscal jefe Anticorrupción, y Juan José Martínez Zato, jefe de la Inspección del Ministerio Público.

El fiscal general, Cándido Conde-Pumpido, con Zapatero en el poder, le sacó en 2004 del averno y lo ascendió a fiscal jefe de la Sala de lo Contencioso del TS. De allí lo repescó el presidente en 2007. Le entregó un ticket de ministro válido, en teoría, por cinco años.

Aquel 21 de febrero, el PP no le recibió con candor. Entre gritos de “¡Fuera, fuera!”, los diputados conservadores le llamaron “mal fiscal”, “sectario”, “arrogante y vanidoso”, “hooligan”. Bermejo mostró saber repartir mandobles. De todo menos bonito. Pero también exhibió un espíritu bronco, áspero, escasamente conciliador.

No pudo renovar antes de los comicios de 2008 el Consejo del Poder Judicial, ni pactar con el PP la reforma de la Ley del Tribunal Constitucional, diseñada como escudo de protección frente a las acometidas del PP al TC por el Estatut. Rajoy le azotó asimismo por no pedir la ilegalización de ANV. A las puertas del 9-M, le estalló el escándalo de la cara reforma de su ático y tropezó con una huelga de funcionarios que resolvió in extremis. Zapatero, confirmado en la Moncloa, quiso atemperar la guerra con el PP por la Justicia. Le apartó de la renovación del Poder Judicial para asumir él el diálogo con Rajoy. Bermejo se encargaría de modernizar la judicatura. Se ha quedado a medio camino. Los jueces le acusaron de provocación con el caso Mari Luz, no logró frenar el primer paro de togas de la democracia, amenazó con una ley anti-huelga y su ansiada reforma procesal yace aún en el Congreso. Y, como colofón, la cacería con Garzón.

Todo eso en apenas 24 meses. Zapatero, y Bermejo mismo, han roto ese ticket de gloria válido por cinco años.

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