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El bronce que cambió el 1.500

Abascal recuerda el bronce que hace 25 años disparó al atletismo español

ALFREDO VARONA

Siete de la tarde en Los Ángeles, cuatro de la mañana en España. Hace 25 años. Último día de los Juegos. Calor insobornable. Los atletas amenazan fatiga. Final de 1.500. Enfrente, el imperio británico: Coe, Cram y Ovett. Abascal intuye medalla, rompe la carrera a falta de 600 metros, "recuerdo que hice 1:05 o 1:06 en el último 500", y alcanza el bronce. Coe y Cram pertenecían a otro planeta. Peleó con el keniano Chesire. "Fueron los últimos metros más largos de mi vida", recuerda. Fueron los metros que cambiaron para siempre el mediofondo español.

Han pasado 25 años, pero José Manuel Abascal siente muy cerca aún aquella tarde. El impacto fue enorme. "Demostré que nada es imposible". En un salón de su casa de Soto de la Marina (Cantabria) reposan el chándal, el uniforme, el dorsal y las zapatillas de aquel 11 de agosto de 1984: "Aquellas zapatillas que Nike personalizó con mi nombre son mejores que las de ahora. Eran como un guante y tenían una flexibilidad que no he vuelto a ver".

"La medalla me costó 11 años, desde que empecé". Es lo que trata de trasladar a su hijo Samuel, de 13 años, que sigue sus pasos. "Veo que quiere llegar por la vía rápida, y eso no va a ser posible. Es más, lo peor que le puede pasar es que sea hijo mío porque siempre va a soportar esa comparación".

Desde hace 20 años, Abascal trabaja como responsable de deportes en el Ayuntamiento de Bezana (Cantabría). Entre otras cosas, trata de familiarizar el atletismo a niños que no tienen conciencia de lo que logró hace 25 años. "Pero del medio millón que somos, aquella carrera la siguieron en Cantabria 400.000 personas por televisión".

La región intuía algo grandioso. "Antes de viajar a Los Ángeles, hice un test en La Albericia sobre 2.000 metros en el que logré el récord de España y en el que fueron a verme 10.000 personas, algo que nunca más a vuelto a pasar. Ya nos concentrábamos en altitud. Decidí subir seis semanas a los Picos de Europa".

Se convenció de que estaba fortísimo. A solas con su entrenador, sin que nadie les escuchase, desafiaron a la ambición. Las sensaciones eran fantásticas. "No me podía conformar con un puesto de finalista". Todo ese carácter se desplegó en la cita olímpica, donde Abascal llegó a correr "en 3:37, 3:35 y 3:34 tres días seguidos".

"Demostré que nada es imposible", presume con orgullo el cántabro

Una hazaña que lo retrata. Su resistencia era como un látigo para los demás: "Soy el único atleta del mundo que he llegado a hacer cuatro carreras en 3:32 en una semana".

En realidad, la biografía de un medallista olímpico tiene siempre información que se sale de lo corriente. "Sólo sé que hay que ser muy trabajador, muy duro".

Abascal lo tenía garantizado en su origen. Nació en Alceda, un pueblo próximo al puerto de El Escudo que impresiona sólo con la mirada. Y a partir de ahí edificó una carrera que aún no ha terminado. Ha cumplido 50 años, pero sigue corriendo "a 3:30 el kilómetro" y supone que, si se lo propusiese, "no tendría problema para bajar de 3:00".

Pero hace tiempo que la competición desapareció de su vida. Y su cuerpo ya no es el que fue. "Veo que a veces me fallan las articulaciones, las rodillas". Una de las consecuencias de estos 25 años, que, por lo tanto, no han pasado tan rápido.

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