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El calvario de un hombre perplejo

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Carlos Dívar es un hombre derrotado y perplejo. Como los viejos actores del cine mudo a quienes la llegada del sonoro arrojó a las sombras del anonimato porque no llegaron a entender las reglas del nuevo arte cinematográfico ni supieron adaptar su talento a las exigencias del sonido, el todavía presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial será expulsado sin honores de la carrera judicial porque no ha llegado a entender las reglas de la nueva realidad política ni ha sabido acomodar su talento y su conducta a las exigencias éticas de la democracia.

En su única comparecencia pública, afirmó que no veía razón alguna para dimitir porque hacerlo implicaría asumir algún tipo de culpabilidad Carlos Dívar, hombre profundamente católico, se resiste a dimitir porque su sentido común le dice una y otra vez que no hay motivo alguno para hacerlo. Por eso está perplejo. Por eso no entiende nada. Por eso el pasado 31 de mayo, en su primera y única comparecencia pública tras el escándalo, afirmó que no veía razón alguna para dimitir porque hacerlo implicaría asumir algún tipo de culpabilidad, lo cual estaba totalmente fuera de lugar. No es que Dívar no tenga sentido común, no, no es eso: es que su sentido común, como el talento de los viejos actores del cine mundo sorprendidos por la llegada del sonoro, es un sentido común que pertenece al pasado. Por su edad, por su formación, por su trayectoria y hasta por sus creencias Carlos Dívar considera un disparate incomprensible que se le exija la dimisión simplemente por haber endosado al presupuesto público unos pocos miserables miles de euros en alojamientos de carácter privado y cenas de naturaleza íntima. Ni q ue lo hubiera hecho él solo. Ay, si él hablara... ¿Acaso no puede el presidente del Consejo General del Poder Judicial tomarse un pequeño respiro a cuenta del Estado? Si la cuarta autoridad del Estado no puede hacer tal cosa, ¿para qué diablos, Dios me perdone, sirve ser la cuarta autoridad del Estado?

Él es el pecador y él también el confesor. Extraño pecador que no tiene pecado alguno que confesar La fotografía del redactor gráfico de EFE J. J. Guillén, a su salida de la reunión del pleno del CGPJ, es la imagen de un hombre abrumado por la derrota, pero también por la perplejidad. Abrumado por una derrota que no entiende ni entenderá nunca, entre otras cosas porque no le han ayudado en absoluto a entenderla quienes son los suyos: la prensa amiga, los jueces amigos, el ministro amigo, el escolta amigo. En esa fotografía Dívar está sentado en el asiento trasero del coche oficial apoyando levemente la cabeza en su mano abierta, con un gesto que recuerda al que adoptan los sacerdotes cuando van a escuchar a un pecador en confesión. Pero, en ese asiento, junto a Dívar no hay ninguna celosía de confesionario. Junto a él no hay ningún pecador dispuesto a confesarse. Está solo en su coche oficial. Él es el pecador y él también el confesor. Extraño pecador que no tiene pecado alguno que confesar. Extraño confesor que no cree necesario confesarse a sí mismo. Afuera, la nube de fotógrafos descreídos dispara sin piedad sus flashes como sacrílegos escupitajos, como hacía el populacho en las calles de Jerusalén cuando Nuestro Señor Jesucristo arrastraba su pesada cruz camino del monte Calvario.

Como aquellos actores de antaño, Carlos Dívar creyó que la política era la de siempre y que las normas eran las de siempre. Sin embargo, la maldita política y las malditas normas habían cambiado y a él nadie le había avisado de ello. De pronto al país le había entrado un celo ético incomprensible, ajeno, extranjero. De pronto, este país se comportaba como un extraño con sus mejores hijos. Ni que fuéramos noruegos. Ni que fuéramos luteranos. Como si a uno de aquellos actores mudos lo convocan de pronto para una película y al llegar al estudio el director le exige que recite su papel. El pobre artista se queda perplejo. ¿Hablar? ¿Cómo que hablar? ¿Desde cuándo hay que hablar? ¡Esto se avisa antes, por Dios! ¿Que dé cuenta de mis viajes privados? ¿De mis cenas? ¿Que el cuarto poder del Estado no puede gastarse unos euros tras una dura jornada oficial? ¿Que no puede cenar a cuenta del Estado? El pobre Dívar está perplejo. ¡Esto se avisa antes, por Dios!