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Centelles: diarios del infierno

Rescatan los diarios de las vivencias del fotoperiodista catalán, en los que cuenta su huida de la guerra civil y estancia en el campo de concentración de Bram (Francia)

PEIO H. RIAÑO

La letra prieta en dos pequeñas libretas de colegio. Treinta años de edad y un campo de concentración en Francia. Agustí Centelles atrapado en un barracón inhumano en Bram, a refugio de las represalias de una guerra civil, junto a otros 16.000 españoles. El fotógrafo dando testimonio al éxodo, con la cámara y por escrito. El horror. Ediciones Península (en castellano) y Columna (en catalán) recuperan los textos manuscritos, que Sergi Centelles tenía en su poder, pero no había podido leer, incapaz de pasar de las primeras páginas. En unas semanas aparecerá en las librerías, bajo el título de Diario de un fotógrafo, el libro que reúne los dos cuadernos, hasta hace pocos años silenciados entre los archivos de la familia. Mucho antes, compartieron espacio, con los más de 4.000 negativos, en aquella famosa maleta, que ha hecho épica de su vida.

"Me costó mucho leerlo porque los sentimientos me privaban continuar", explica a este periódico Sergi, de 72 años de edad, que prefirió entregarle los pensamientos en puño y letra de su padre a Teresa Ferré. La biógrafa desenterró la intimidad de Centelles malogrado por la sarna, los piojos, la diarrea, el frío, el calor, el hambre, la miseria y la rabia de haber sido privado de su libertad. Centelles (Valencia, 1909-Barcelona, 1985) en el peor momento de su vida, escribía a ciegas, como quien ordena su testamento ante un peligro evidente. "Nos humillan continuamente. ¿Por qué, o qué concepto tienen estos franceses de nosotros?", escribe el fotógrafo al mes de haber entrado en el campo de Bram.

Se han documentado hasta 600 fotografías de Centelles de aquel campo, que las autoridades francesas empezaron a construir el 5 de febrero de 1939, para acoger en 10 sectores, con 20 barracas cada uno, y entre alambradas de 2,5 metros de altura y una vereda por la que vigilaban los guardias a caballo, a los recién exiliados por la rebelión franquista. Entraban 100 personas por barracón. Hacinamiento y desconsuelo: "Los refugiados somos una atracción. Hacen pagar 6 francos para visitarnos (sin comentarios). Esta tarde he recordado mis días de reportero gráfico", escribe.

El trabajo fotográfico de Centelles es un caso extraordinario, porque no fue su condición de fotógrafo la que le llevó hasta la noticia, hasta el espanto mismo. Él fue un preso más, no un extraño en un país en guerra, que aterriza cargado de razones y regresa con todas las verdades, para denunciar lo que se hacía a vistas del primer mundo. Centelles una víctima más. Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, visitantes con pase de prensa.

Agustí en el frente, en el camino del exilio y en el campo de concentración: "¿Qué hacemos, pues, aquí encerrados, escarnecidos, tiranizados? ¿Hasta este punto se está jugando con nosotros?", se pregunta tras recibir una mala noticia por carta.

"Como corpus documental gráfico de la Guerra Civil, es lo más importante de un autor español. Es el contrapunto a la visión de los fotógrafos que vinieron de fuera. Ellos no estaban inmersos en la contienda. Por eso, las fotografías de Centelles son más viscerales. No tiene tiempo para la elaboración estética", cuenta el crítico y fotógrafo Joan Fontcuberta.

Es Fontcuberta uno de los pocos que restan importancia a la leyenda de la maleta. El mito no es nada comparado con el trabajo acumulado por Centelles: huye a Francia, en 1939, cargado con sus cámaras y dicha maleta, atravesando los Pirineos por el túnel del tren de Portbou. Se marcha con todos los negativos por miedo a la represalia. En 1940, cuando sale del campo de concentración, contratado por el dueño de un estudio fotográfico en Carcasona, conoce a la familia Dejeihl que buscaba huéspedes, por un anuncio en el periódico. La relación fragua y cuando la Gestapo le amenaza, por colaborar con la Resistencia francesa, decide volver a España, dejando en la buhardilla de los Dejeihl la maleta, que volverá a buscar en 1977, tras la muerte de Franco.

Los pensamientos de Centelles se escriben en catalán. Reconoce en las primeras páginas, dirigidas a su hijo Sergi, que no es hábil en esa lengua, pero que prefiere hacerlo así para que sienta el "orgullo y la satisfacción de llamarse catalán: "Estoy seguro de que en castellano me saldría más redondo, más florido, pero no. Prefiero que tu lectura de esto sea en catalán para que de esta forma te llegue más al alma".

"Fui el único fotógrafo que estuvo todo el día dando vueltas por la ciudad [Barcelona], lo que me permitió obtener escenas bastante interesantes para la historia del proletariado". Fue fotógrafo desde dentro, que vio las imágenes menos locuaces y prefirió las del abuso de lo cotidiano. Él tuvo margen para rasgar la superficie y llegar a tocar la intimidad, a pesar del apremio por publicar.

Cuenta que el sistema de trabajo de los reporteros consistía en leer los periódicos por la mañana y "recortar las noticias de los asuntos que tenían que realizar ese mismo día o en los días siguientes". Pero Centelles decidió cambiar los temas de interés: "Donde sabía que los otros irían, yo no iba, y en cambio llevaba al diario fotos de las cosas que para un periódico representaban el complemento de la página gráfica, que le daban vida y se apartaban de lo corriente, de lo monótono". Al hilo apunta que fue "el primer reportero gráfico en hacer política desde la fotografía".

Este recuento de sus habilidades como fotógrafo despabilado, forma parte del arranque de los dietarios. Así fue su vida antes de emprender la escapada. Desde luego, la narración menos dramática del volumen.

Aquellas publicaciones que hicieron hueco a sus fotos, se debieron sorprender cuando le vieron aparecer por primera vez con aquel pequeño instrumento, la cámara Leica, capaz de esconderse en un bolsillo. Era 1934, le costó 900 pesetas y fue uno de los primeros fotógrafos españoles en apostar por esta cámara, con la que modernizó el reportaje fotográfico.

Hasta que llega el 21 de enero de 1939, el momento de la huida. El avance de los fascistas le empuja a ordenar las cosas. "He empezado a hacer limpieza de papeles, fotos y documentos. Recojo el archivo de fotos y el archivo de negativos Leica y los empaqueto. Hago lo mismo con las máquinas fotográficas y los libros de autores izquierdistas y rusos", escribe asustado y en breve. Empieza el periplo de Centelles.

Miquel Berga, comisario de la gran exposición Centelles. Las vidas de un fotógrafo, 1905-1985, que está dando a conocer la importancia del trabajo de este fotógrafo por todo el mundo y que llegará este verano al importante Jeu de Paume parisino, cree que Diario de un fotógrafo es un elemento extraordinario a tener en cuenta, porque "está dando testimonio de su propia derrota, de la derrota familiar, fotográfica e ideológica". Para Berga la mejor foto que jamás pudo tomar Centelles, la dejó por escrito en estos apuntes de su vida en el infierno: "¡Menudo panorama por la carretera! Se me hace un nudo en la garganta. Mi espíritu de periodista ha desaparecido y no me siento capaz de bajar del camión o de hacer fotos desde arriba".

El intrépido reportero desaparecía poco a poco de su interior a cada nueva fotografía que pasaba por delante. Se esfumaban sus ganas de portadas, su intención de descubrir la intimidad de un pueblo en guerra. Adiós a las imágenes que valen mil palabras o más. Era el momento de la supervivencia: "El desayuno ha sido peor que la cena. Sólo chocolate crudo".

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