Estás leyendo: La ciencia del horror

Público
Público

La ciencia del horror

Operación 'Última Oportunidad'. Un cazador de nazis promueve la busca y captura del 'Banderillero' de Mauthausen

JAVIER YANES

Hoy cumple 94 años, si es que aún vive. El grueso de las versiones que circulan coincide en que el sobrenombre de Doctor Muerte le ha nacido desde los medios de comunicación, no en la época y lugar en que ejerció como tal; entonces había tantos doctores muerte que él no era sino uno más de ellos. Sus pacientes españoles sí le colocaron otro alias, uno que revela un toque de sorna castiza inconcebible en aquella situación de extrema tortura; le llamaban el banderillero, por su afición a clavar jeringas con sustancias tóxicas en el corazón de sus víctimas. Aribert Ferdinand Heim (Bad Radkersburg, Austria-Hungría, 28 de junio de 1914) fue, del 8 de octubre al 29 de noviembre de 1941, médico en el campo de concentración austriaco de Mauthausen. Según David Wingeate Pike, autor de Españoles en el Holocausto, durante aquellas siete semanas, el monstruo de 27 años asesinó personalmente a no menos de 540 internos, muchos de ellos españoles.

En los más de 60 años transcurridos desde la caída del Tercer Reich, la carrera por sentar a los genocidas ante un tribunal antes de que mueran en la cama ha mezclado mieles y amarguras. Muchos escapados de los juicios de Nuremberg fueron después apresados gracias a la colaboración internacional y a los esfuerzos de los cazadores de nazis, personajes controvertidos e imprescindibles, como Simon Wiesenthal, Serge y BeateKlarsfeld o Efraim Zuroff. Entre los éxitos se cuentan los arrestos de Klaus Barbie (el Carnicero de Lyon) o Adolf Eichmann (el arquitecto de la llamada solución final, el exterminio en masa de los judíos). En la columna del debe, destacan Léon Degrelle, Otto Skorzeny y Josef Mengele; los dos primeros, protegidos por el régimen franquista y fallecidos en España por causas naturales. El tercero, el Ángel de la Muerte de Auschwitz, huyó a la Argentina peronista y posteriormente a Brasil, donde murió sin arrepentimiento ni penitencia.

El caso de Mengele, una espina clavada en el corazón de los cazanazis, ha pasado a la historia como modelo de la perversión de la ciencia al servicio de la ideología. Este bávaro, médico y doctor en antropología, partió del estudio de las diferencias anatómicas raciales para después, durante su estancia en Auschwitz, perpetrar toda clase de brutales experimentos con métodos menos compasivos que los que hoy se aplican a cualquier ratón de laboratorio. Es conocida su obsesión por los gemelos, a los que llegaba a coser por las venas para crear siameses artificiales, o a inyectar colorantes en los ojos para cambiar su color, o a mutilar, castrar y viviseccionar sin anestesia, incluso a niños.

Memoria persistente

El catálogo de horrores de Mengele en nombre de la ciencia ha marcado tan profundamente a sus compatriotas que el recuerdo sigue coleando. El Estudio de Biotecnología presentado este año por la Fundación BBVA, y que recoge las actitudes hacia la investigación con células madre en Europa, atribuía a alemanes y austriacos un bajo nivel de aprecio por estas tecnologías. La directora del estudio, Mariana Szmulewicz, explica la causa: "Aún está presente el recuerdo del nazismo y sus prácticas de eugenesia". El poso de la ciencia nazi enturbia la investigación de las diferencias fenotípicas entre poblaciones humanas, un campo de estudio que debería cobrar protagonismo con el análisis comparado de los genomas humanos, pero que se ha convertido casi en materia tabú.

De los médicos nazis, acusados de crueles torturas durante su experimentación con seres humanos, 23 se sentaron en el banquillo deNuremberg en 1947, en el llamado Juicio de los Doctores. En este elenco, Heim no habría alcanzado ni la categoría de segundón. Licenciado en Medicina por la Universidad de Graz (Austria), se alistó como voluntario en las Waffen-SS (la unidad de combate de élite dentro de la guardia personal de Adolf Hitler) y en octubre de 1941 fue destinado al Revier (dispensario) del campo deMauthausen, donde ejerció a las órdenes del jefe médico, Eduard Krebsbach. Menos de dos meses le bastaron a Heim para crearse una siniestra fama entre los prisioneros; estos aprendieron rápidamente que, quien entraba en su barracón, no vivía para contarlo.

Los experimentos de Heim ni siquiera respondían, al contrario que los de otros científicos nazis, a un programa estructurado. Apoyando su solución final en lagunas legales sobre la experimentación humana, el Gobierno del Tercer Reich utilizó a los prisioneros de los campos para evaluar las respuestas del organismo a las condiciones de los soldados en campaña, como el frío extremo, la baja presión en altitud o los efectos de las armas químicas. Tan fructíferos fueron estos despiadados ensayos, y tan riguroso el método, que hoy sus conclusiones permanecen vigentes. En cambio, las prácticas de Heim eran a la medicina lo que la pederastia a la pedagogía.

La documentación disponible comprende ejemplos y testimonios de las atrocidades cometidas por Heim para probar su culpabilidad, más allá de la acusación aséptica de haber formado parte de las SS. Quizá no es raro que las versiones varíen, por las docenas de veces que los macabros relatos han saltado de fuente en fuente. Pero todos ellos coinciden en hechos comunes: inyectaba cloruro de magnesio, benceno, fenol o gasolina en el corazón de sus víctimas y cronometraba su agonía hasta la muerte. Viviseccionaba a los prisioneros sin anestesia para extirparles órganos y amputarles los miembros. Los relatos confluyen en su afición por los cráneos con dentaduras perfectas, que empleaba como pisapapeles después de decapitar a los infortunados y hervir sus cabezas. Al menos un prisionero español, Francisco Boluda, sufrió este destino, según Wingeate Pike. Este historiador apunta que, en aquella época, el 60% de los reclusos del campo eran españoles.

Al término de su estancia en Mauthausen, Heim fue reasignado por sus superiores, hasta su captura por el ejército estadounidense al término de la guerra. Durante su breve cautiverio, la mención a su estancia en Mauthausen desapareció misteriosamente de su expediente, lo que propició su liberación sin cargos. Ya libre, se trasladó a Baden Baden (Alemania), donde dividió su tiempo entre la ginecología y el hockey hasta 1962. La filtración de una orden de busca y captura contra él le empujó a embarcarse en un periplo que deja una huella difusa; su rastro se olfateó en España, en Dinamarca, en Egipto integrando un grupúsculo de ex nazis al servicio del general Nasser, en Uruguay y por fin de nuevo en España. Aquí pudo acogerse a la protección de la organización Odessa y a la del antiguo SS noruego Fredrik Jensen, que disfruta impunemente de sus últimos años en la Costa del Sol. En 1979, Heim fue juzgado en ausencia por la Corte del Estado alemán de Baden-Württemberg.

La pista española

Fue por un requerimiento de este tribunal a las autoridades españolas que en 2005 saltaron las alarmas sobre la posible presencia de Heim en la Costa Brava o en Marbella. Advertido, el nazi escapó a la Patagonia, donde residió o reside su hija Waltraud Böser, de 64 años. Otros dos hijos varones viven respectivamente, según informa a Público el Centro Simon Wiesenthal , en Baden-Baden y Heidelberg (Alemania). En la zona entre Puerto Montt (Chile) y Bariloche (Argentina) es donde se oculta El Banderillero, según el Wiesenthal. Esta institución lanzó en 2002 la operación Last Chance, la última oportunidad para llevar ante la justicia a los genocidas nazis aún vivos. La lista está encabezada por Heim. Este verano, la campaña se publicitará en el Cono Sur, divulgando la recompensa de 310.000 euros que el propio Centro, Alemania y Austria ofrecen por la captura del Doctor Muerte.

¿Hay garantías de que sigue vivo? El pasado año, un antiguo coronel israelí llamado Danny Baz aseguró en un libro haber formado parte de un escuadrón clandestino denominado El Búho que, en 1982, secuestró a Heim en Canadá y lo trasladó a la isla californiana de Santa Catalina, donde fue ejecutado. Para Efraim Zuroff,director del Centro Simon Wiesenthal en Jerusalén y bautizado como el último cazador de nazis, la proclama de Baz es "totalmente improbable". En conversación telefónica desde Jerusalén, Zuroff repite a Público el mantra que difunde, incansable, por todos los medios del planeta: "Hay muchas razones para pensar que Heim está vivo, pero la más importante es que en Berlín hay una cuenta bancaria a su nombre con 1,2 millones de euros, que sus hijos podrían reclamar y no lo han hecho".

El último dato apuntala la hipótesis de que Heim vive, pero la de Baz no es la única teoría sobre su muerte. Otra procede, al parecer, de su propia familia; según han divulgado los medios, los hijos que no han reclamado esa herencia aseguran que Heim murió de cáncer en Argentina en 1993. La última conexión sólida conduce al abogado del Banderillero. Este ha declarado, según la agencia AP, que no ha tenido contacto con su cliente en los últimos 20 años. Pero en 2001, publica el diario británico The Guardian , solicitó al fisco germano una devolución de impuestos alegando que su cliente vivía en el extranjero.

Zuroff viajará en julio a Suramérica con la esperanza de que la caza culmine con éxito. El último cazador se reserva la mayoría de los datos por los que este diario le interroga: "Secreto de investigación", responde reiteradamente. Pero la confusión, que ya guió en 2007 a Zuroff hacia el hombre equivocado, prosigue. Al preguntarle por qué no se requirió judicialmente a los hijos de Heim para que revelaran el paradero del presunto cadáver con el fin de practicarle una prueba de ADN, Zuroff duda. Días después, responde por correo electrónico: "Lo de que su familia anunció su muerte apareció en un periódico, pero no es cierto". 46 años de búsqueda han embrollado una madeja de realidad y rumor de la que hasta ahora Heim ha logrado evadirse indemne. Casi lo único inmutable es la descripción del fugitivo: 94 años, 1,90 de estatura, calza un 50, cicatriz en la mejilla. Es la Última Oportunidad para que el Banderillero rinda ante un juez su faena final, la que el recuerdo de sus cientos de víctimas merece.

 

Ningún Gobierno de España, desde Franco hasta Rodríguez Zapatero, ha colaborado con las operaciones de busca y captura de criminales de guerra nazis en suelo español promovidas por el Centro Simon Wiesenthal; en comparación con otros países que tampoco facilitan esta labor, España es “especialmente inconsciente”.

Es la denuncia de Efraim Zuroff, que dirige la rama israelí de la organización. “No estoy en absoluto satisfecho. Hay dos asuntos separados. Por un lado, todos los años enviamos un cuestionario a unos 40 gobiernos preguntando si tienen en marcha alguna actividad de investigación o búsqueda de criminales de guerra nazis. España casi nunca responde. Pero mucho más importante es que solicitamos al Gobierno español, por medio de su Embajada en Israel, que emprendiera una investigación exhaustiva para saber qué criminales de guerra nazis se establecieron en España y cuáles de ellos podrían estar vivos. Ni la Embajada ni el Gobierno respondieron”, dice Zuroff.

“Cuando Franco estaba en el poder”, prosigue, “estaba claro que no se iba a hacer nada. Pero una vez que Franco murió, asumimos, incorrectamente, que habría una respuesta positiva. No la ha habido. Ni con este Gobierno, ni con los anteriores. No hay diferencia”. Aunque el caso de España no es único –en opinión de Zuroff, Argentina y Chile, países donde podría ocultarse Aribert Heim, “no colaboran lo suficiente”–, este historiador del Holocausto lamenta el silencio de un país que sirvió de paraíso a muchos criminales nazis fugados. “Nadie sabe cuántos entraron en España, ni cuántos siguen vivos. Tenemos la certeza de que hay uno, el noruego y ex SS Fredrik Jensen, pero estamos casi seguros de que hay otros”.

Pese a los obstáculos, el último cazador de nazis no piensa cejar en su empeño, aunque sin la implicación del Gobierno, su margen de actuación está seriamente coartado. “Estamos considerando otras posibilidades, pero depende de los hechos sobre el terreno. Si pudiéramos demostrar casos adicionales, eso reforzaría nuestra petición”.

Mientras, Zuroff teme que su lucha deberá enfrentarse a nuevos silencios, a los que atribuye una clara interpretación: “Muchos países desearían que este asunto desapareciera, y piensan que si no responden a una carta como la nuestra, simplemente desaparecerá”. 

 

De los experimentos con seres humanos practicados en los campos de exterminio, algunos fueron tan rigurosos en su método como monstruosos. Los ensayos de resistencia del cuerpo humano en condiciones de batalla sometían a los prisioneros a crueles protocolos, como fijar una sonda dentro del recto para medir la temperatura, vestir al preso con uniforme de la ‘Luftwaffe’ (fuerza aérea) y sumergirlo en un baño de hielo hasta que moría. Así se evaluaban los efectos de la hipotermia sobre los pilotos. Los datos recogidos perduran hoy para muchos científicos como la principal documentación en este campo de investigación. Las objeciones éticas que plantea estudiar y citar estos trabajos atroces han sido materia de debate en la comunidad científica.