Estás leyendo: Cocaína entre fogones

Público
Público

Cocaína entre fogones

Los cocineros de la droga son imprescindibles para adulterar la sustancia antes de ponerla a la venta en el mercado

RAMIRO VAREA

Son imprescindibles para manipular la droga que después colocarán en el mercado. Su trabajo está muy cotizado entre las redes de narcotraficantes, que les pagan miles de euros por cocinar el estupefaciente que llega del extranjero, sobre todo de Suramérica.

Entre particulares fogones, transforman y mezclan la sustancia que, después, los narcos venden en la calle. Son los cocineros de la droga, como se les conoce en el argot policial. Gente "muy preparada, en muchas ocasiones con enormes conocimientos químicos y farmacéuticos" y cuya labor es "imprescindible" en el narcotráfico internacional, explican fuentes policiales.

La misión de los cocineros está muy clara. Se encargan de mezclar y preparar los narcóticos en laboratorios clandestinos para su posterior distribución.

"Hay muy pocos y están muy buscados", reconoce un experto. Suelen trabajar por encargo y es habitual que tengan una larga lista de espera. En ocasiones, vienen a España para un envío concreto, transforman la droga y luego regresan a sus países de origen.

"Los mejores cocineros vienen siempre de América del Sur. Casi todos proceden de Colombia, pero también de Bolivia y Perú", cuenta un agente especializado en la lucha contra el tráfico de cocaína.

El reciente informe anual de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) demuestra que Europa es el segundo mercado mundial de cocaína. Esta circunstancia ha obligado a las autoridades a redoblar los esfuerzos por incrementar las incautaciones, especialmente en la península Ibérica, que es una de sus principales puertas de entrada al continente.

Buena parte de esta coca se manipula en África, justo antes de que desembarque en España, tras llegar casi siempre desde Colombia y Venezuela a través del paralelo 10, "la autopista mundial de la droga".

Durante este trayecto transoceánico, los narcos transforman la pasta de coca en clorhidrato de cocaína (ya en polvo), que es como suele entrar en España. Para ello, emplean disolventes de todo tipo. La lista es extensa: acetona, ácido sulfúrico, amoniaco, sosa cáustica... Pero la coca puede colarse de muchas maneras: oculta en pasta, impregnada en la ropa, disuelta como líquido... Y siempre hay alguien que se encargará de cocinarla y convertirla en el característico polvo blanco que después se esnifará, fumará o inyectará.

Esta semana, la Policía Nacional desmanteló en un pequeño piso de Madrid un laboratorio de manipulación de cocaína. Desde esta base de operaciones, los narcos mezclaban, adulteraban y empaquetaban la droga para el menudeo.

La cocaína procedía desde la República Dominicana a través de muleros (correos humanos que ocultan la sustancia en el interior de su organismo). La operación se saldó con diez detenidos.

En estos laboratorios clandestinos, los cocineros adulteran y cortan el estupefaciente entre probetas, mangueras de plástico, hornillos y platos eléctricos, coladores, botellas, condensadores, balancines y bidones.

Así, de cada kilo de coca extraen hasta tres o cuatro kilos listos para la venta en papelinas de un gramo. Dependerá, en gran medida, de la cantidad de sustancias para el corte que le metan a la droga en la cocina. Un negocio redondo que mueve miles de millones de euros.

A medida que la cocaína se acerca a España, su precio se dispara. Según datos oficiales, el gramo de coca en el mercado ronda los 60 euros. En origen, un kilo de esta sustancia cuesta 5.000 euros. El beneficio es descomunal, 55 euros por gramo. Y el trabajo suele ser rápido. Un cocinero con experiencia puede manipular la droga entre 30 minutos y cinco horas.

Para aumentar el peso, los cocineros utilizan productos como el ácido bórico, lidocaína, procaína, fenacetina... Se trata de distintos fármacos y medicamentos que, al mezclarlos con la coca, rebajan su pureza. Pero también pueden adulterar la droga con laxantes, aspirinas... e incluso detergente.

Las sustancias inactivas (talco, lactosa, laxante...) sirven para dar peso, pero también se usan sustancias activas para compensar la potencia perdida en las adulteraciones.

"Recuerdo que unos narcos dieron el cambiazo a una banda del Este y les vendieron una partida de lidocaína como si fuera coca", relata un policía de narcóticos. Cuanto más cortada está la droga, peor es su pureza y, por lo tanto, baja su calidad en el mercado.

Uno de los últimos "inventos" ha sido el de eliminar el olor tan característico a acetona y queroseno que desprende la cocaína, para evitar que la sustancia sea detectada por los perros en las aduanas de los aeropuertos y puestos fronterizos.

Precisamente el olor a productos químicos y disolventes es una de las características de estos laboratorios ilegales, lugares extremadamente peligrosos ya que, al exponer la sustancia a componentes tóxicos e inflamables, existe un riesgo alto de posibles explosiones.

Para pasar desapercibidos y no generar sospechas, los cocineros suelen trabajar en lugares más o menos alejados de los grandes núcleos habitados: polígonos, zonas rurales, granjas.... Aunque basta con un pequeño habitáculo para instalar uno de estos laboratorios.