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La convulsa herencia de la madre de todas las guerras

La ONU, la descolonización y la creación de Israel marcaron el mundo tras el conflicto

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La mayoría de los europeos de menos de 65 años no han sufrido nunca el horror de la guerra. Tras la derrota de Hitler y con mínimas excepciones, como la contienda civil griega, la guerra caliente desapareció del continente, para no volver (y en casos aislados, como la antigua Yugoslavia) hasta después de la caída del imperio comunista, pieza clave del nuevo orden surgido de la madre de todas las guerras. Ha sido un período de paz y prosperidad en el continente casi sin precedentes.

Cuando el mundo atraviesa una fase convulsa, con guerras de frentes difusos que exportan la inseguridad hasta unos rascacielos de Nueva York o unos trenes de Madrid, es frecuente echar de menos el equilibrio del terror de la Guerra Fría. Dividido en dos bloques separados por la ideología y las ambiciones hegemónicas de los antiguos aliados de conveniencia, el planeta pareció en ocasiones al borde de una hecatombe que habría dejado pequeño el horror de Hiroshima y Nagasaki. El miedo a la destrucción mutua fue la clave de esa estabilidad beligerante.

Cuando el mundo vive fases convulsas, es frecuente añorar la Guerra Fría

Las guerras localizadas y convencionales en las que los dos bloques peleaban por terceros interpuestos proporcionaron los campos de batalla calientes para esa guerra fría. Los países europeos, rehenes de esa frágil estabilidad, se salvaron de la quema, pese a que el continente quedó cortado por un telón de acero, como lo bautizó Churchill, y que llegó a hacerse alambrada de espino y muro de hormigón. Pervivió hasta 1989, marcado en líneas generales por el máximo punto de avance de los ejércitos de la URSS y de EEUU cuando callaron las armas en 1945. Stalin logró imponer un mapa del continente que le permitió controlar media Alemania, la redibujada Polonia, los tres estados bálticos (incorporados a la URSS) y buena parte de Europa central y los Balcanes.

Alemania al igual que la otra gran potencia derrotada, Japón superó las consecuencias económicas de la guerra gracias al Plan Marshall y sus habitantes no tardaron en dejar de considerar enemigos a los vencedores con la excepción de la Unión Soviética.

El siglo XXI será probablemente el de una China que nació en los años posbélicos

Los años que siguieron a la capitulación fueron pródigos en hitos que configuraban una nueva era. En 1945, se fundaba la ONU, al servicio de los vencedores pero con vocación de convertirse en instrumento para la resolución de conflictos. Al año siguiente, los aliados terminaban de ajustar cuentas con el nazismo en el juicio de Núremberg... e IBM fabricaba el primer cerebro electrónico, pionero de una revolución tecnológica que, en 1947, registraría la invención del transistor. Ese mismo año, se enunciaban la doctrina Truman (para contener al comunismo) y su antítesis soviética, la doctrina Jdanov (para frenar el 'imperialismo norteamericano'). Sólo faltaba el bloqueo soviético de Berlín de 1948 para que la Guerra Fría tomase carta de naturaleza, con un golpe prosoviético en Praga que reajustó el telón (sólo quedaba pendiente Austria). Dicho sea de paso, el choque entre los dos grandes bloques vino de perlas a la dictadura franquista que, falta de cualquier legitimidad, hizo valer su peso como bastión anticomunista.

En 1949, los soviéticos conseguían su bomba atómica y se iniciaba una desquiciada carrera de armamentos. Estados Unidos capitaneaba la nueva alianza militar occidental: la OTAN, que años después tuvo su réplica comunista en el Pacto de Varsovia. Paradojas de la historia: hoy, la mayoría de los países miembros del Pacto forman parte de la Alianza Atlántica.

La II Guerra Mundial modificó el mapa de los imperios. Por supuesto, no quedó rastro del japonés y el alemán pero, más significativo aún, el Reino Unido empezaba a renunciar al suyo devolviendo la India, la Joya de la Corona, a sus habitantes. Lástima que una presencia tan gloriosa se resolviese de forma tan chapucera, con una partición sangrienta entre India y Pakistán que dejó abiertos conflictos como el de Cachemira que, 72 años después, tienen aún a ambos países (hoy potencias nucleares) en permanente estado de tensión bélica.

La II Guerra Mundial modificó el mapa de los imperios y desencadenó una ola descolonizadora

Era la señal de salida para la oleada descolonizadora desarrollada en los años cincuenta y que tuvo su año clave en 1960, cuando vieron la luz 15 estados africanos. Francia se resistió a dejar Indochina y Argelia pero, tras una derrota humillante en el primer caso (1954) y una sucia guerra en el segundo (1962), se desprendió de ambas.

El XXI será probablemente el siglo de una China que, en su actual estructura política, nació también en esos años cuarenta posbélicos. En 1949, culminó la larga marcha hacia el poder de Mao Zedong con la fundación de la República Popular, inicialmente prosoviética, actor fundamental en la guerra de Corea (iniciada en 1950), que se embarcó en destructivos experimentos como la Revolución Cultural y que, hace ya más de 30 años, de la mano de Deng Xiaoping, materializó el milagro del comunismocapitalista.

Pero si hay una herencia de la II Guerra Mundial que aún marca el destino del mundo es la creación del Estado de Israel, mediante una votación de la Asamblea General de Naciones Unidas, en 1947. La concesión de un hogar nacional para el pueblo judío, víctima del horror del Holocausto, pareció entonces un acto de justicia y reparación histórica, la forma de cerrar la herida más sangrante de la contienda. Sólo que aquella tierra santa para las tres principales religiones monoteístas no estaba vacía.

En 1948, cuando salió el último soldado británico, estalló la guerra. La primera de muchas entre árabes y judíos. La evolución de ese conflicto no es ajena a la actual amenaza global, inconvencional, terrorista, que no respeta fronteras y ha convertido la seguridad mundial, incluida la europea, en una utopía que hace añorar a algunos la estabilidad de la Guerra Fría.

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