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Del glamour de Castro al mosqueo de Domínguez

Caótico regreso del diseñador en la primera jornada del certamen madrileño

ÁLEX CARRASCO

Adolfo Domínguez la ha liado en Cibeles, aunque no de la forma que él esperaba. Mientras una marabunta de cámaras y redactores se arremolinaba en torno a su invitada de honor, la actriz Gwyneth Paltrow, Domínguez, empeñado en empezar su desfile a tiempo, empujaba del brazo a una estupefacta Marina Pérez hasta el centro de la pasarela y la invitaba a comenzar el desfile en medio del caos.

Aunque los medios fueron ocupando poco a poco su sitio y los modelos no paraban de salir a escena, a alguien se le olvidó darle al play para que comenzase la música. Los ojos de la Paltrow abandonaron su natural dulzura para adentrase en el rubor cuando una de las hijas del diseñador gallego, sentada a su lado, se levantó en medio del silencioso desfile para interrumpirlo: "Lo sentimos, comenzamos de nuevo".

Por fin sonó la música, un house repetitivo y machacón que terminó de enfurecer al diseñador, que al término de su desfile pidió el mismo mutismo inicial al auditorio: "Mis disculpas, el fallo no fue nuestro, yo quería empezar a mi hora. Además, para nosotros la música es el lenguaje de Dios, y obviamente esta música no era el lenguaje de Dios". Poco después nos enteramos de que "alguien de Cibeles" había perdido la música original de su esperada presentación.

Un desastroso regreso que avivaba la polémica, pero que no elevaba el nivel de las colecciones de Cibeles.

Nadie dijo que los jóvenes creadores debían ser rebeldes, provocadores y contestatarios, aunque a tenor de los primeros desfiles de El Ego de Cibeles, pasarela del certamen madrileño dedicada a los nuevos talentos, alguien debería empezar a pedírselo. Nosotros los primeros: ¡un poco de garra, por favor! Aunque quizás algo menos que Domínguez.

Más cercanos al clasicismo que a la modernidad, firmas como Bohento, Carlos Doblas y Valdand (esperadas novedades de esta temporada), fueron las encargadas de abrir el maratón de esta 50 edición de la Madrid Fashion Week con desfiles donde la personalidad creativa brilló por su ausencia y los recursos formales y estéticos eran demasiado evidentes.

Sólo Ricardo Andrez y Amai Rodríguez consiguieron mantener las esperanzas sobre el relevo generacional. El primero presentó una colección blanquecina, donde la sencillez cromática escondía una estudiada complejidad formal, definida por superposiciones de prendas desestructuradas. Por su parte, Amai se adentró en un barroco demasiado excesivo, pero que cumplió a la perfección con su cometido: cuando eres una desconocida, mejor provocar el asombro que no el bostezo. Su apuesta valió la pena, al final se alzó con el prestigioso Premio LOréal a la Mejor Colección Novel.

Sólo Ricardo Andrez y Amai Rodríguez consiguieron mantener las esperanzas sobre el relevo generacional

Entre la sorpresa y el sopor se situó la firma catalana TCN, capitaneada por la diseñadora Totón Comella, especializada en ropa interior femenina, que tiró de estética y música folk en directo para presentar unas propuestas que convencen pero no enamoran.

Todo lo contrario que José Castro, el tercer gallego de la jornada, que volvió exprimir la elegancia hasta extraer su esencia primigenia, para luego mezclarla con una modernidad iluminada y volumétrica. Sus aves del paraíso son exóticas mujeres adscritas al glamour de los ochenta, admiradoras de formas arquitectónicas que magnifican los hombros, de brillos intensos y colores ácidos, de un lujo evidente que se revela ante cualquier crisis. Con este desfile Castro vuelve a demostrar que él juega en otra liga, gracias a un dominio perfecto de los volúmenes y de un conocimiento del hedonismo de las mujeres.