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Del reloj con peluca a la Eva Futura

Un libro repasa 'la vida' de los autómatas más célebres

JESÚS ROCAMORA

Un anuncio de la época, con grandes letras, decía así: 'El Jugador de Ajedrez ha soportado a los mejores competidores de Europa y causa admiración universal. Se enfrentará con cualquiera del público que quiera plantarle cara. Es capaz de mover la cabeza, los ojos, labios y manos con gran facilidad y pronuncia claramente la palabra echec [jaque, en francés] cuando es necesario. Si se hace un movimiento erróneo, lo percibe y rectifica'.

Este jugador de ajedrez era un autómata. Creado en 1769 como entretenimiento para la emperatriz María Teresa de Austria, era zurdo, tenía la piel de madera, tuercas y engranajes por tripas y unas ropas que le sirvieron para ponerle apodo: El Turco. Llegó a vencer a personalidades como Federico el Grande, Benjamin Franklin y Napoleón. Inspiró a escritores como Poe, E. T. A. Hoffman y Ambrose Bierce y tuvo una vida de más de un siglo como atracción de feria, donde dejaba a su audiencia confundida. ¿Podía una máquina pensar? ¿Y ganar a un hombre?

El Turco ocupa un lugar privilegiado en El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres (Impedimenta), un libro que repasa la historia de estos mecanismos con piernas y otros órganos, a partir de textos de autores como Descartes, Diderot, Freud, Asimov, los mismos Poe, Hoffman y Bierce, referencias literarias, como Frankenstein (Mary Shelley), y fílmicas, como la Eva Futura de Metropolis (Fritz Lang).

Quizá lo más complicado es diferenciar a un autómata de otras figuras, como androide, robot o clon. Marta Peirano, responsable de la selección de textos y la edición de El rival de Prometeo (junto a Sonia Bueno), aclara conceptos: 'El autómata es una máquina o un sistema capaz de ponerse en marcha a sí mismo. El androide es un autómata con figura humana. La diferencia entre autómata y robot es que el primero es mecánico. El clon no es ni uno ni otro: es un doble'.

Tampoco parece clara su función. ¿Científica, lúdica, artística? ¿Monstruo de feria? 'Todas a la vez dice Peira-no. La obsesión de Jacques de Vaucanson [que ideó un flautista capaz de tocar y un pato que hacía la digestión] era tal, que dedicó un tercio de su vida a fabricar un autómata que sangrara para mostrar el funcionamiento del sistema circulatorio. El Turco, sin embargo, fue un juguete. Y los niños de Pierre Jaquet-Droz [creador del escribiente, el dibujante y el músico, y preso por brujería en España] eran obras de arte, piezas de exquisita relojería'.

Relojes. El autómata parece vinculado a un tiempo determinado: el Siglo de las Luces, en pleno estallido de las ideas filosóficas y los progresos científicos. Una época en la que 'el Todopoderoso se convierte en el Gran Relojero', como dice Patric J. Gyger en el prólogo. Entonces 'la ciencia era el opio del pueblo', completa Peirano: 'El caso del Turco es uno de los más curiosos, por el airecillo a posesión diabólica que sus managers explotaron'. Una pena que al final, este 'reloj con peluca' fuera un engaño.

Estrictamente, hubo autómatas antes de la Ilustración. Peirano habla de Da Vinci y Descartes, que se dice que 'fabricó una niñita autómata para sustituir a su hija Francine', pero hay ejemplos en las culturas griegas o árabes. 'Herón el viejo de Alejandría, entre otras cosas, inventó la máquina de vapor 17 siglos antes de la Revolución Industrial. El más antiguo es la paloma mecánica de Archytas, data del 400 a.C.'.

Hoy, hemos heredado el morbo 'casi sádico' por el interior del cuerpo, presente, por ejemplo, en los animales en formol de Damien Hirst. Y aunque ni la industria del sexo ni la del ocio interactivo toman el relevo, Peirano apuesta por el revival: 'Los relojes están de moda, después de convertirse en reliquia por los móviles. Francois Junod es un artista suizo que ha creado sofisticados androides a la manera del XVIII para Sony, Cartier y Bulgari. O el Ayuntamiento de Parla, que le encargó el primer reloj de autómatas que se construye en 200 años'.

 

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