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La ejecución que terminó en pacto

Ricardo Costa ha ganado la batalla para no ser el chivo expiatorio de la trama Gürtel

ERNESTO EKAIZER

"Por eso le pido a la dirección nacional que si tiene la más mínima duda, la más mínima duda, sobre mi gestión y honradez, que abra una investigación interna sobre mi persona. Al menos debo tener derecho a defender mi nombre", enfatizó ayer, a punto de concluir su declaración de la mañana, el todavía secretario general de los populares valencianos, Ricardo Costa, siete horas antes de que se reuniera el cónclave que debía convertirse en su pelotón de ejecución, al mando del capitán Camps. Y que en lugar de una ejecución terminó en un pacto.

¿Es todo esto una obra de teatro? Ayer, la reunión del Comité Ejecutivo del partido duró dos horas. "Cuarenta y cinco minutos de informe de Ricardo Costa y una hora de arenga de Camps. No se informó de ninguna propuesta. Camps dijo que había una cacería del PP, que era necesario permanecer unidos. Una arenga", dijo una fuente que participó en la reunión.

El cese de Costa era una operación de encubrimiento de la Gürtel en Valencia

La declaración de Costa, realizada durante la mañana con emoción contenida, le había convertido en testigo de cargo del montaje que habían fabricado Camps y Rajoy para encubrir las responsabilidades del caso Gürtel. ¿O es que Camps utilizó sus argumentos para mostrar a Rajoy que no era posible cortarle la cabeza lisa y llanamente y que era necesario pactar la salida temporal de Costa mientras se le investigue?

Si en el filme de Alfred Hitchcock Testigo de cargo el testimonio sobre el asesinato que presta Marlene Dietrich en sede judicial es el que vale, según se demostrará al final de la historia, en la película de Gürtel el que tiene valor es el de Costa, ofrecido desde la sede del PP.

Que el todavía secretario general implorase su derecho a la defensa no deja de ser una ironía. Aquellos que en el PP de Madrid alegan su indefensión frente a las investigaciones judiciales son los mismos que han ordenado la ejecución sumaria de Costa. ¿Es acaso denominar lo que ocurrió ayer como un intento de ejecución sumaria una exageración? ¿O una interpretación torcida? He aquí sus propias palabras: "Nadie de la dirección nacional me ha llamado para darme una explicación (...). Esto ha supuesto, implícitamente, una condena ante la opinión pública".

Costa y Camps han pactado. Ayer mismo, como para que Camps no olvidara sus compromisos, el secretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, recordaba la necesidad de tomar decisiones "ejemplarizantes" y en una descripción surrealista de lo que Camps ha decidido delataba todo el montaje: "No va a cesar a Ricardo, va a cesar al secretario general". ¿Puede que González Pons no estuviera al corriente de lo que se tramaba?

Pero este desdoblamiento de personalidad del PP en el caso de Costa no es tampoco una excepción. Al abordar el tema de las intervenciones telefónicas a los acusados y sus abogados, por orden judicial, el PP acusa a los fiscales de una cosa y la contraria al mismo tiempo. Acusa de grabar conversaciones que vulnerarían el derecho de defensa y que, por tanto, no deberían estar en el sumario. Y al tiempo, cuando ha trascendido que entre esas conversaciones no excluidas finalmente del sumario aunque la Fiscalía así lo pedía hay una referencia de uno de los cabecillas de la trama a su abogado que podría ser instrumentalizada a favor de Camps, no vacilan en atacar a al Ministerio Público. ¿Pero no estábamos en que esas grabaciones constituyen un atropello?

La operación, en la que está implicado Rajoy, ha resultado una chapuza

Hay que precisar, por otra parte, que esa presunta prueba de cargo tampoco lo es tal. Porque uno de los cabecillas, Pablo Crespo, dice a su abogado: "Yo creo que si Camps se hizo los trajes allí, los habrá pagado de su bolsillo". Es lo que "cree" Crespo. Para ver la credibilidad que puede tener esta afirmación basta ver lo que piensa Pedro J. Ramírez, director del diario que ha denunciado la supuesta manipulación y que proporciona los talkings points al PP: "A este tipo de truhanes siempre hay que creerles la mitad de lo que dicen. De ahí que no se puedan dar por buenas todas las majaderías y fantasías recogidas en las grabaciones del sumario", escribe en su carta del domingo pasado. El PP le cree a pie juntillas. En cambio, al que no le cree sin siquiera haberle preguntado nada es a uno de los suyos, nada menos que a Ricardo Costa.

La ejecución sumaria de Ricardo Costa era una operación de encubrimiento del caso Gürtel en la Comunidad Valenciana. Y en este montaje encubridor, la autoría intelectual estaba muy clara. Rajoy y la dirección nacional del PP han estado implicados. Lo que se antojaba una estocada florentina ha quedado expuesta como una chapuza al estilo de las bandas mafiosas rivales.

Costa ha ganado la batalla para no ser el chivo expiatorio. Lo que pedía es, simplemente, que le investigasen. Al parecer, esa investigación se hará en el PP valenciano sobre la presunta financiación ilegal. Pero es precisamente a esta investigación a nivel nacional a la que Mariano Rajoy tiene miedo.

Y quizá ya sea demasiado tarde para que Rajoy pierda el miedo, parafraseando aquella famosa frase de Roosevelt. Al propio miedo de formar una comisión de investigación dentro del PP para aclarar lo que ha ocurrido y acabar con el encubrimiento.

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