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El exilio republicano español de 1939

Casi medio millón de personas se vieron forzadas a huir del país. Muchos de ellos no volverían jamás

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Hace ahora 70 años, en los tres primeros meses del año 1939, casi medio millón de españoles abandonaban forzosamente su tierra para empezar un largo exilio que habría de durar, para muchos de ellos, el resto de sus vidas. Eran los heterogéneos protagonistas, anónimos y reputados, hombres y mujeres, ancianos y niños, catalanes o asturianos, jornaleros agrarios o catedráticos universitarios, del exilio republicano español. Eran, también, parte de las víctimas legadas por la Guerra Civil que había empezado un lejano 17 de julio de 1936 y que había concluido el 1 de abril con la victoria incondicional de las tropas lideradas por el general Franco.

El éxodo político de los vencidos en la contienda había empezado casi al principio de las hostilidades, al compás de las victorias del Ejército insurgente y como contrapartida a la sucesión de derrotas cosechadas por las tropas republicanas. La ocupación de Guipúzcoa a fines de 1936 ya había arrojado una cifra de 15.000 refugiados que buscaron abrigo en Francia. La evacuación del frente del norte durante las ofensivas franquistas en Vizcaya, Santander y Asturias había producido en 1937 la salida de otros 160.000 refugiados. Y la campaña franquista de Aragón en marzo-abril de 1938 había dado como resultado la expatriación de 24.000 refugiados. La gran mayoría de afectados por aquellas primeras oleadas del exilio habían retornado a la zona bajo poder del Gobierno republicano, de modo que permanecieron en Francia, otros países europeos y México unas 40.000 personas, básicamente niños. Nada de ello tuvo la entidad de lo que se vivió a principios de 1939, durante la triunfal ofensiva franquista sobre Catalunya, que conllevó el paso de la frontera francesa de un mínimo de 470.000 personas. A ellos se les unirían otras 15.000 personas que consiguieron salir desde los puertos de la zona central republicana antes del colapso militar de marzo de 1939.

El masivo exilio que puso término a la Guerra Civil, cifrado en un mínimo definitivo de 300.000 almas (descontando los repatriados, de grado o por fuerza, entre 1939 y 1945), no fue el primero en la historia moderna y contemporánea de España. Sin embargo, constituyó un caso singular en varios aspectos cruciales. En el orden internacional, era el resultado de una sangrienta Guerra Civil que había tenido una decisiva dimensión internacional y había suscitado enorme pasión entre la opinión pública contemporánea. Así se explica que aquel contingente de exiliados españoles acabara encontrando refugio en lugares tan distintos y alejados: desde Francia y México, como destinos mayoritarios, hasta Gran Bretaña, Dinamarca, Argelia, Cuba o Argentina.

Desde el punto de vista español, era un exilio superior a cuanto se había registrado en la historia nacional. No en vano, la masa de exiliados revelaba una enorme pluralidad interna, tanto por su procedencia geográfica, como por su composición demográfica, su ocupación socio-laboral y su perfil ideológico. De hecho, partieron al exilio españoles de todas las regiones: más desde Catalunya y Aragón, por razón de cercanía territorial a la frontera, que desde Asturias o Extremadura. Eran de todas las edades y de ambos géneros: un mínimo de 220.000 soldados mayores de edad frente a otro mínimo de 210.000 civiles, entre los que predominaban las mujeres, los niños y los ancianos. También eran de todas las condiciones sociales: casi la mitad obreros del sector industrial, más del 30% trabajadores agrícolas y cerca de un 20% del moderno sector terciario. Y en cuanto a sus credos políticos, abrigaban todo el espectro desde el liberalismo democrático hasta el anarquismo, pasando por el socialismo, el comunismo y los nacionalismos vasco y catalanista.

España tardaría mucho tiempo en recuperarse de las consecuencias de esa enorme hemorragia humana, que privó al país de la competencia de un altísimo número de brazos y cerebros. Sin embargo, aquellos expulsados por los vencedores, que los consideraban la 'anti-España', acabarían reforzando la presencia de la cultura española en los países de acogida y transfiriendo sus saberes y habilidades a otros pueblos cercanos o lejanos pero ya para siempre unidos a España por ese flujo migratorio tan numeroso como cualificado.

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