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"Una fotografía me gusta cuando duele y huele"

Alberto García-Alix recuerda en un taller profesional las anécdotas que marcaron su carrera

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Alberto García-Alix es un cuentista, un narrador de fantasías, un aprendiz de poeta. Que el fotógrafo Premio Nacional en 1999 no lo malinterprete. Al contrario. Porque asistir a uno de sus talleres, como el que organizó la Fábrica el jueves y el viernes de esta semana en el antiguo Hospital Santa María La Rica de Alcalá de Henares, es entender que una imagen se saca igual que se escribe un poema. Con impulso y fuerza, con emoción y dulzura, con naturalidad y una parte de misterio.

'Una fotografía me gusta cuando duele y huele'. Habla el fotógrafo, obsesionado por tres palabras claves, 'revelador', 'baño' y 'fijador', y por los momentos que marcaron su vida y su carrera. Una Harley-Davidson blanca espera en la puerta del edificio, con una bolsa de plástico para proteger el carburador. El hombre entra con un cigarrillo en la boca, lleva un pantalón de pana negro y una camiseta roja de rayas, aunque sólo se ven los tatuajes que adornan su cuerpo tiene una tela de araña en el cuello, se quita la chaqueta de cuero negro... 'Alberto, por favor, no fumes aquí dentro', le exclama desde el otro lado del aula una responsable del lugar que, seguramente, piensa que García-Alix es tal como dicen que es: un motero con cara de rockero que se pasa las noches en la calle. Alberto sólo habla de libertad: 'Las reglas están hechas para romperlas'.

El fotógrafo se queja de la época digital, porque ya no quedan papel y fijador buenos

Los quince alumnos sólo ven al fotógrafo, al narrador de fantasías, al maestro del retrato en blanco y negro, y quieren escuchar esta libertad. García-Alix, de 53 años, dejó su León natal para vivir en el Madrid de los años ochenta. Nadie osa preguntarle nada. Se acuerda de su familia: 'Mi abuela es una mujer que no trabajó ni un puto día en su vida. Estaba forrada. Bueno, en su lugar, hubiera hecho lo mismo. Aquel día, ella tenía una bata y se le abrió, se le veía el pecho... El decorado, la luz estaban... Oh, ¡qué foto! Tenía la cámara justo ahí, pero mi abuela iba a decirme: Estás enfermo o qué. Y no saqué la foto'. Porque hay momentos, porque es el fotógrafo quien decide.

Nada de práctica. Alberto ya vio el trabajo de algunos alumnos, pero el viernes por la mañana todavía no era la hora de meter la mano en los líquidos químicos para revelar carretes. Los asistentes trabajan con compactas digitales, aunque muchos han traído su analógica. Como Alberto. Saca una cámara Hasselblad, ya tiene varios años, el parasol del objetivo está pintado. La clase maestra transcurre entre anécdotas de la carrera del fotógrafo quien, incapaz de estar quieto, empieza a posar, a gesticular, a mostrar lo que exigía a los modelos cuando trabajaba en campañas de moda y publicidad.

'No te muevas, les decía. Les dolían las posturas que les pedía, como cuando les ponía la cara entre las piernas. Acababan odiándome', cuenta, 'y muchas lloraban'. Pero lo importante es el resultado: 'Tienen que aguantar, porque si consigues la imagen que pensabas, ganas. Por eso, es importante que el fotógrafo sepa lo que quiere'. García Alix dibuja en su cuaderno cómo jugaba con las luces y cómo convertía a las chicas 'en monstruos'. Y procede a meter el cuerpo de Silvia, una de las alumnas, en posiciones imposibles.

'Una imagen no es el espejo del alma; la verdad viene de las tripas'

Eran años de bonanza económica y Alberto era la referencia. Todo el mundo quería trabajar con él. 'Podía pedir lo que quería. Un día, durante una sesión, pedí un mono. Tenía a la modelo posando y soltaron al animal que se agarró a su pierna...', recuerda entre risas y cigarrillos. Porque no ha dejado de fumar. En la mesa hay un vaso lleno de colillas. 'A veces también la jodes de verdad. Una vez pedí un elefante, que tenía que meter la pata en un coche. Y claro, lo destrozó. Ttambién hay que pensar en todo esto', termina.

Una fotografía siempre tiene una intencionalidad, según el fotógrafo: 'Cuando coges la cámara, cuando miras'. Aunque lo importante es el esfuerzo, superar nuestras costumbres como fotógrafos. 'Siempre hacemos lo mismo, porque nos gusta y sabemos hacerlo', dice.

En su caso, lo más difícil es retratar a más de una sola persona. 'A partir de cinco, ya es duro; a partir de diez, ya es de futbolistas', bromea. 'No hay nada más complejo que juntar en una misma fotografía a un grupo', insiste. Y desmonta una leyenda. 'Una imagen no es el espejo del alma. La verdad viene de aquí', lanza tocándose la tripa.

De ahí el dolor del que hablaba el fotógrafo. En cuanto al olor, lleva impregnado en las manos el de los productos de revelado, porque nunca se pasó al digital. 'Con esta Ha-sselblad, un 45 y un 135 para los retratos, y trípode y un reflector, soy feliz', resume. También trabaja con Leicas y revela los carretes en su casa. 'El problema es que el papel y los fijadores son cada vez más malos. Mis fotos no aguantan', confiesa. Dos de sus referencias son Humberto Rivas 'Sentí mucha pena cuando falleció. Me gustan sus paisajes, el silencio de sus imágenes' y el japonés Murayama 'Me haría tanta ilusión conocerle'.

Las cámaras se quedaron en sus fundas. Algunos alumnos osaron retratar a García-Alix mientras hablaba, como si fuera el recuerdo de un momento entre amigos. Nada más salir, Alberto se detiene ante un muro blanco: 'Miren bien la luz'. Coge la Hasselblad y saca su primera foto. Se fija en un tiovivo en forma de elefante y unas calaveras en el escaparate de una tienda de recuerdos turísticos de la ciudad de Cervantes. Y en un buzón de Correos en forma de león: '¡Cómo mola! Traedme un destornillador, que lo quiero en mi casa'. Pero sigue su camino; la Harley-Davidson le está esperando.

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