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El frío diezma a los supervivientes del terremoto

El gobernador de Fukushima advierte de que la gente está al límite de su resistencia: "Nos falta de todo"

DAVID BRUNAT

Si ya es duro sobrevivir en medio de la nada que deja un tsunami como el que arrasó el noreste del Japón, mucho más difícil es hacerlo cuando las temperaturas se desploman por debajo de los 0 grados y la nieve cae con furia, dispuesta a cubrir de blanco los escombros. Decenas de miles de personas han tenido que pasar este miércoles una nueva noche en refugios comunitarios tiritando de frío, aguantando los estragos de una nevada tremenda. Para aplacar el sufrimiento, poco más que un caldo caliente provisto por los equipos de rescate y una pequeña estufa de gas a compartir entre decenas de personas.

La tragedia en Japón va por zonas y por temáticas. Si en el epicentro del tsunami hoy el enemigo es el frío extremo, un poco más abajo, en Fukushima, el enemigo, más allá de la evidente nube radiactiva que engorda a cada nueva hora, es la acuciante escasez de víveres. Visitar hoy un supermercado de la zona es algo parecido a visitar un local en alquiler, no hay nada.

En el radio de evacuación que va de los 20 a los 30 kilómetros más allá de la planta de Fukushima, todavía quedan 140.000 personas encerradas en sus casas, asustadas ante la evolución de la catástrofe. "La ansiedad y la ira de la gente ha alcanzado ya el límite", ha advertido el gobernador de la prefectura de Fukushima, Yuhei Sato. "Nos falta de todo", ha denunciado públicamente. Otros funcionarios de varias ciudades también se han empezado a quejar de que el plan de evacuación y ayuda a la población que está aplicando el Gobierno es completamente insuficiente.

La gasolina sigue siendo el elemento clave para que todos los afectados por el perímetro de radiación más cercano a la planta puedan ponerse a salvo. El Gobierno sigue insistiendo a la población, especialmente a la de la mitad sur, que no acumule provisiones para que los auténticos afectados puedan recibir combustible y salir del lugar.

Mientras, en la ciudad de Fukushima, a 60 kilómetros de la planta nuclear, las calles presentan un aspecto totalmente fantasmal. Apenas algún transeúnte anda de un lugar a otro. El resto siguen encerrados en sus casas, atrapados como en una ratonera, tratando de impedir con los pocos medios a su disposición que la radiación les alcance.

Más de 80.000 soldados, policías y cuerpos especiales siguen trabajando en las tareas de desescombro y asistencia a la población afectada, tanto por el tsunami como por la crisis nuclear. Este miércoles, el número de fallecidos se situó oficialmente en 4.314, repartidos por 12 provincias, mientras que 8.606 personas siguen desaparecidas en seis provincias. "Hemos podido rescatar a más de 26.000 personas, pero el número de desaparecidos está por encima de 10.000", ha indicado el primer ministro Naoto Kan, quien lleva tres días comandando la gestión de la crisis desde el terreno.

Mientras la mitad norte de Japón vive la peor pesadilla de su historia moderna, la parte sur mantiene un ritmo de vida totalmente normal. Gente de compras, en la calle, sonriendo o tomando copas en los restaurantes. Sólo en los aeropuertos, como el de Osaka, se puede palpar el miedo.

"He tenido que dejar corriendo mi casa y mi oficina. Los reactores se están fundiendo y ya no es seguro estar aquí", ha explicado con evidente nerviosismo Ben, un profesor británico que compró tres billetes de avión en dirección a Europa por la friolera de 18.000 euros. La enorme demanda de vuelos hacia fuera del país y la escasez de combustible han puesto los precios de los billetes por las nubes. Aún y con eso, los más precavidos siguen comprándolos sin pestañear.

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