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Intocables y supervivientes

Los Cretu son una de las muchas familias de etnia gitana procedentes de Rumanía que malvive de la chatarra en Barcelona. Sin trabajo ni vivienda, se ven abocadas a una batalla diaria por la supervivencia y por mantener consigo a sus hijos

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Álex se acerca con paso firme y seguro de sí mismo. Tiene 13 años, no se ríe, no hace bromas, habla con la paciencia de un adulto. Es imposible saber cuando dejó de ser un niño. En Rumanía fue a la escuela durante dos años. Luego tuvo que abandonar los estudios y empezar a ayudar a sus padres en el campo. En Barcelona, Álex y sus hermanas, Bianca y Livia, han pasado varios meses en un centro de protección del menor. Tras realizar un seguimiento y un plan de trabajo con la familia, la Direcció General d'Atenció a la Infància i l'Adolescència (DGAIA) ha devuelto la tutela a los padres, que han decidido regresar a Rumanía.

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Los padres de los niños se dedican a la chatarra. Proceden de un diminuto pueblo del norte de Rumanía y ya han estado varias veces en España. Como muchas familias de etnia gitana, tienen parientes en varios países de la Unión Europea. No se atan especialmente a un país, sino que se desplazan allí donde hay trabajo: "Somos nómadas por necesidad, no porque nos guste. Sólo queremos hacer dinero y luego volver a Rumanía". Para poder emprender el viaje, la familia Cretu vendió la pequeña granja que tenía en su pueblo. "Ya estuve en España en 2008, sin los niños, y volví a Rumanía con 2.000 o 3.000 euros ahorrados, tras meses de recoger chatarra. Para nosotros era mucho dinero. Regresé en mayo de 2013 y el 30 de mayo me quitaron a los niños", cuenta Paula enseñando fotos de sus hijos.

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Sus familiares les comentaron que podían ocupar algún piso de los bancos al llegar a Barcelona: "Al principio dormíamos donde podíamos: en una tienda, en algún parque... y a veces la policía nos echaba, decían que era un espacio público". Durante las últimas semanas han vivido en un descampado amurallado, un terreno que pertenecía a una promoción inmobiliaria abandonada en L'Hospitalet de Llobregat. Los escombros hacen de techo y los plásticos y cartones, de paredes. Allí han improvisado una cocina y varias camas. Desde el fondo de las camas asoman peluches gigantes recogidos en las calles, los juguetes de los niños.

Las jornadas de trabajo se alargan todo el día y su duración depende de la suerte, de la cantidad de hierro que encuentren. En los días boyantes ganan un máximo de diez euros al día. A veces, tras horas de caminata sólo consiguen cuatro euros. "Empezamos a trabajar por la mañana y acabamos por la noche, depende de lo que encontremos. Hacemos kilómetros a la búsqueda de chatarra o cartón. Nos hemos pateado toda Barcelona, podríamos hacer de guías. Vendemos la chatarra a 0,19 céntimos el kilo; el cartón, a 0,06 céntimos. El más caro es el cobre, a cuatro euros el kilo, pero nosotros nunca nos hemos metido con el cobre. Sabemos que hay gente que roba el cobre, nosotros sólo queremos trabajar y recoger lo que tira la gente", explica Paula.

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Sus vidas en Rumanía conocieron un antes y un después en 1989: "Antes trabajábamos en la granja colectiva, ahora ya no existe aquello, no hay nada de trabajo. Hacemos faenas en el campo y se cobra menos de ocho euros por un día entero". Elena, una parienta que comparte la misma casa en el descampado añade: "Para nosotros, los campesinos sin tierras, todo era mejor antes de 1989. Los últimos 15 años fueron muy difíciles, pero antes de los años ochenta era diferente. Recuerdo cuando comíamos todos en la granja colectiva y si pasaba un coche se detenía. Ahora acelera para no verte y te echa un poco de polvo en la comida para que comas mejor. La gente ha cambiado".

La familia Cretu, como otras muchas, lleva años de idas y venidas entre España y Rumanía. Hay rutas de autobús que tardan tres días y que parten directamente desde los pueblos rumanos de campesinos hacia Barcelona. En 2008 juntaban alrededor de 800 euros al mes con la chatarra. Stefan, su marido, es consciente de que la crisis ha golpeado fuerte a los chatarreros: "Ahora hay competencia; mucha gente busca chatarra, africanos, marroquíes, gitanos, y hay muchas peleas entre nosotros".

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La situación ha empeorado no sólo por la cantidad de personas que recurren a la chatarra como única fuente de ingresos, sino también por las normativas que multan la recogida de cartón y hierro de la calle para su posterior venta a las chatarreras. Los técnicos de los Servicios de Atención Social a Población Itinerante (SASPI) consideran que a los chatarreros se les multa por doble partida: "Conforme a la ley de residuos, cualquier objeto que se deja en la calle pasa a ser propiedad del Ayuntamiento, no se puede recoger. A una persona que recoge hierro con un carrito de la compra, la pueden multar por dos motivos: por haber cogido el carrito de la compra de un centro comercial y por la chatarra. Entre una cosa y la otra puede ser castigada con una multa de 500 euros".

Paula recuerda que la policía le quitó el carrito varias veces, hasta que se ha confeccionado ella misma un carro, su coche de trabajo, un viejo Trabant, como lo llama. Aunque vino a Barcelona con la idea de buscar una vida mejor para sus hijos, la suerte no le ha sonreído. Paula no sabía que legalmente los niños no podían vivir en una tienda en un descampado, aunque había escuchado las historias de otras familias rumanas que tenían los hijos tutelados por la Administración: "Si hubiera sabido que eso podía pasar, no hubiera venido nunca con los niños a España. Livia, mi hija, a veces me decía: 'mamá vámonos que vendrán a llevarnos'. Y yo, 'cállate, que no pasará nada'. Un día se acercó un policía y me dijo que no podía seguir allí porque tendría problemas con los niños si se enteraban los servicios sociales. No le hice caso en aquel momento. El día que me los quitaron, mi marido y Álex estaban buscando chatarra. A las 11.00 llegaron los asistentes sociales para decirme que los niños no podían vivir conmigo en aquel descampado. No tenía ningún teléfono para llamar a mi marido, si hubiera estado conmigo hubiera salido corriendo con los niños. Vinieron a las cinco de la tarde con coches de los Mossos. No comprendía por qué estaba allí la policía. ¿Qué había hecho? Como si hubiera cometido un crimen. Era el 30 de mayo, hacíamos planes para mi cumpleaños, el 1 de junio. Iba a comprar un pollo asado y una tarta. Al final, acabé en el Hospital del Mar, donde me recetaron Diazepan para tranquilizarme".

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Su plan inicial era quedarse en España durante cuatro o cinco años, ocupar un piso de un banco, escolarizar a los hijos y ahorrar de lo que ganaban con la chatarra: "En Rumanía, hace años compramos un terreno para construirnos una casa en el pueblo. Hemos levantado una cocina y una habitación. Con el dinero de la chatarra de España quería construir dos habitaciones más. Bianca, mi hija de cuatro años, siempre pegada a los dibujos animados me decía: "Mamá, ¿no me haces una habitación más para estar allí yo como una princesa?"

Durante cinco meses, Paula se presentó a las entrevistas con la DGAIA para poder recuperar la tutela de sus hijos: "Les dije que después de todo yo quería recuperar a los niños y volver a Rumanía. Tuve que demostrar que en Rumanía los niños habían ido a la escuela, que teníamos una casa y medios para vivir. En cuanto vuelva a Rumanía me haré un huerto y volveré a empezar. ¿Qué más puedo hacer? La gente en el pueblo nos echa una mano. Cuando me vine a España me preguntaron: ¿por qué has vendido todo y te vas? Claro, quería poder acabar la casa".

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Álex baja la guardia de su seriedad y, al hablar con su abuela por teléfono, le saltan las lágrimas: "Oye, vieja, que regresamos". Paula no sabe si se quedarán en Rumanía o si ella o su marido tendrán que volver a España u otro país en busca de chatarra: "De alguna manera tendremos que sobrevivir, ¿no?".

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