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La lucha más dura de la mujer que debería suceder a Lula

Dilma Rousseff, mano derecha y delfín elegida del presidente brasileño, sufre un cáncer linfático

ALEJANDRA GALÁN

Es el presidente más popular de Latinoamérica y ha alcanzado la mayor cuota de apoyo popular en la historia de la democracia de Brasil. En el Partido de los Trabajadores (PT) lo saben bien: sus posibilidades de mantenerse en el poder tras las elecciones presidenciales de octubre de 2010 siguen dependiendo del ex sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva, el único candidato del partido desde que éste comenzase a presentarse a las elecciones, en 1989.

Desde finales de 2007 y una vez superados los escándalos que salpicaron al PT en 2005, Lula ha visto crecer ininterrumpidamente su índice de popularidad hasta llegar al 80%, cifras antes desconocidas en Brasil. Y, aunque la crisis económica se refleja ya en las encuestas, Lula, hoy en día, mantiene el apoyo de en torno al 74% del electorado.

Posiblemente, el presidente tendría asegurada su reelección en 2010 de haber promovido la reforma constitucional que legalizaría un tercer mandato presidencial. Pero el ex mecánico siempre fue muy explícito al decir que "el relevo es bueno para la democracia". Y la sucesión se convirtió en una de sus principales preocupaciones. Hace ya meses que no tiene reparos en declarar que su elegida es Dilma Rousseff, ministra de la Presidencia desde que sucedió en el cargo a José Dirceu, quien cayó con motivo de los escándalos de corrupción.

Dilma fue la encargada de devolver la imagen de ética al PT, y lo consiguió con creces. Era ideal para ese encargo: trabajadora hasta la adicción, sincera, austera, ex guerrillera en tiempos de la dictadura militar, que soportó con desdén la tortura. Ya la llaman la Dama de Hierro, la Margaret Thatcher brasileña. Dicen que la temen los ministros; que exige de sus subalternos tanto como de sí misma. Que llega al Palacio de Planalto (la sede del Ejecutivo en Brasilia) a las nueve de la mañana y no sale de allí antes de las nueve de la noche. Los fines de semana trabaja en casa.

Tanta disciplina ha dado sus frutos: Dilma está detrás de algunas de las políticas de bandera del Gobierno de Lula, como la apuesta por el etanol. Y su biografía es intachable. Se rumorea que su vida amorosa fue espiada; la propia Dilma afirmó que era una pérdida de tiempo investigar algo que no existe. Porque, dice, sólo le queda tiempo para el trabajo. Sus ratos libres los dedica apenas a ver alguna película en DVD o salir a pasear con su perro labrador.

Sin embargo, algo le faltaba a Dilma para tener posibilidades reales en la contienda de 2010. La número dos carece de ese carisma que le sobra a Lula y no le falta al más probable competidor de Dilma, José Serra, actual gobernador de São Paulo. Consciente del problema, Lula se puso en marcha. Comenzaba toda una campaña de marketing para aumentar la presencia de Dilma en los medios de comunicación, con frecuentes apariciones al lado del presidente y reservándole momentos estelares como la presentación por todo el país del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), la medida estrella del Gobierno para frenar la crisis y profundizar en el desarrollo de Brasil.

Al mismo tiempo, en enero Dilma se sometía a una operación de cirugía estética con el objetivo de que el lifting suavizase sus rasgos, mientras sus asesores mejoraban también su peinado y su vestuario. "Me siento muy bien, me parezco más a mí misma a los 40 que a los 60", afirmó la ministra a la revista Marie Claire.

La popularidad de Dilma fue remontando. El diario francés Le Monde llegó a calificarla como "la candidata perfecta". La primera mujer al frente de Brasil. Y entonces cayó la bomba: la favorita de Lula padece un cáncer linfático. Por voluntad de la afectada, la noticia se hacía pública a finales de abril. Desató una cascada de reacciones de políticos y columnistas.

La prensa brasileña comenzó las cábalas sobre los nombres que podrían sustituir a Dilma, pese a que los médicos insisten en que, por haberse detectado el linfoma en su primera fase, sus posibilidades de recuperación son superiores al 90%. Lula se apresuró a dejar claro que sigue apostando por su candidata, quien todavía no ha sido avalada por el PT y sus socios de gobierno. Es el mayor miedo de Lula: que sus aliados, especialmente el PMDB, quieran sacar ventaja de la situación. Algunos ya piensan en condicionar su apoyo al PT, aduciendo que una candidata enferma sería un lastre.

En Planalto temen que los cuatro meses de quimioterapia que acompañarán el tratamiento de Dilma la obliguen a disminuir su frenético ritmo de trabajo y apariciones públicas. Ella lo niega: "Mantendré mi actividad. No hay incompatibilidad entre mi trabajo y el tratamiento", sostiene.

Mientras, algunos columnistas creen que si Dilma, como todo parece indicar, vence al cáncer, crecerá su popularidad. La oposición ya la acusa de querer rentabilizar electoralmente la enfermedad, potenciando su imagen de guerrillera y heroína. Lula ha sido tajante: "Con estas cosas no se juega".

Pero con todo se juega en política. Ahora, por mucho que Lula insista en decir a sus colaboradores que nada ha cambiado y que "Dilma va a salir de ésta", la mayoría es consciente de que, cuando menos, la vicepresidenta lo tendrá más difícil para cumplir esa apretada agenda que, tan cuidadosamente diseñada, pretendía llevarla hasta la presidencia.

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