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La madre, el sirviente y una casa vacía

Enrique Rivero estrena Parque Vía, la película que ganó el Festival de Locarno

S. B.

La primera vez que lo grabó de cerca, pensó: "No hay que tener miedo de acercarle la cámara, Beto de cerca es increíble, quieres estar con él", recuerda el mexicano Enrique Rivero. Lo había visto desde niño, pero Norberto Coria había sido sólo el hombre menudo y silencioso que cuidaba una casa vacía de su familia, en la calle Parque Vía de Ciudad de México.

¿Qué tiene que ocurrir para que lo real y familiar se convierta en película? Los años y los kilómetros, quizás. "Cuando regresé a México después de años en Madrid, empecé a mirar de otra manera", confiesa el director, que ganó con su ópera prima, Parque Vía, el Leopardo de Oro del pasado Festival de Locarno.

Entonces, se fijó en Beto, en su cara cuarteada, su presencia esquiva, sus rutinas marciales, que están en el 97% de los planos de la película. También en sus manos, que cuentan mucho de la historia de un hombre solitario que cuida de una casa vacía en una ciudad llena de gente y violencia. "Es la historia de una persona que tiene que cuidar algo que no es suyo. Toda su estabilidad depende de algo que no está en sus manos. Me pregunté qué pasaría si esa casa, que es su mundo, se vendiera, me interesaba esa lucha moral", explica Rivero, de 32 años.

Ese es el punto donde Parque Vía se separa de lo real y familiar. Porque la casa de la familia de Enrique Rivero sigue en venta. Pero Beto es Beto. Limpia de la manera en que Rivero lo rueda, barre el jardín con la misma parsimonia, come en silencio, cierra los puños con fuerza cuando está nervioso.

También la señora dueña de la casa es la señora dueña de esa casa. Es la madre de Enrique Rivero. "Me gusta trabajar con no actores, te dan una originalidad y una confianza total. Y mi madre fue increíble, era la más profesional", cuenta Rivero, que había trabajado antes con el español Pedro Aguilera en La influencia (2007).

La película es pequeña, pero impactante, un artilugio austero sobre la soledad y el peso de las costumbres, sobre la sumisión y el poder y la manera constante y sutil en que la violencia entra en la vida de las personas. "No quise hacer una crítica social frontal", indica, "sólo mostrar, eso es suficiente", remata.

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