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La maravillosa expiación de Antony

El artista inglés dio anoche otro de sus recitales llenos de espiritualidad

CARLOS BARREIRO

Ha cambiado el público de sus conciertos, los espacios donde actúan son mucho más grandes, pero Antony And The Johnsons siguen sin desviarse de su objetivo artístico: convertir historias sobre desgracias emocionales en bellas y poderosas canciones.

El artista inglés dio anoche otro de sus recitales llenos de espiritualidad, de tristeza reparadora y emociones a flor de piel. Una vez más, un encuentro turbador con su voz de textura sedosa, que dibuja cadencias que masajean los oídos.

Salió a escena después de una tenebrosa coreografía de la bailarina Johanna Constantine. Lo acompañaban un plantel de músicos guitarra eléctrica, guitarra acústica, bajo, batería, saxofón, violín y viola que arropaban sus esquemáticas composiciones con dinamismo y pasión.

La luz iba aumentando a medida que deshojaba canciones de su reciente The crying light y su voz iba entrando en calor. Un proceso que el público seguía profesándole veneración, y que tuvo sus momentos más intensos cuando se acercó a las canciones de I am a bird now, el disco con el que dejó de ser un secreto del underground norteamericano para convertirse en la estrella que es hoy.

Mientras, él, ensimismado e imperturbable, sentado al piano, sólo rompía el ambiente solemne y apasionado para dar las gracias por los aplausos. Cinco años después de sus primeros conciertos en nuestro país, Antony sigue teniendo un artista único y superdotado.

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