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"La mejor sensación es estar en el fondo del mar"

El astronauta Pedro Duque promociona un satélite que retrata todo lo visible, pero detesta que los focos lo alumbren

MAGDA BANDERA

Pues dice que él no, que nunca quiso ser astronauta. Incluso se permite afirmar que no recuerda haber visto a Armstrong el día que plantó su bandera en lo alto de la luna. "Tenía seis años y las cosas que te ocurren a esa edad se mezclan con las que te cuentan tus padres y son una especie de recuerdo falso". Pero Pedro Duque es "de mucho pensar" y deduce que sí, que debió de estar frente al televisor aquel 20 de julio: "Creo que no hubo ningún niño en ningún punto del planeta que en 1969 no viese la imagen de los astronautas,con lo cual doy por fijo que yo la he visto también".

La secuencia de los americanos caminando a cámara lenta por el espacio quedaba muy lejos de las plazas del barrio madrileño de San Blas. Como todos los veranos, los hijos de los obreros se repartían las bicicletas para pilotarlas a toda pastilla persiguiendo algo similar a la ingravidez. La madre de Pedro les dejaba usar las porterías del colegio donde trabajaba de maestra, pero luego, en casa, procuraba juegos más tranquilos a sus dos hijos. "Me gustaba poner piezas de los Lego y por eso mis padres siempre dicen que quería ser arquitecto". Su hermano también lo hacía, pero él concluyó que en realidad quería ser albañil, porque los arquitectos nunca tocan los ladrillos.

"Lo de los Lego me duró bastante, pero es absurdo pensar que un niño quiere ser una cosa de pequeño y no cambia de opinión cada día. El que sea así es un poquito raro", suelta. No le importa cargarse el espíritu de esta entrevista.

Pero quizá tenga razón y tal vez ni siquiera necesite autohipnotizarse para viajar en el tiempo y recordar qué pensaba cuando era un chiquillo. Aún hoy conserva la expresión de ese niño de cara triangular que en la foto de la clase luce muy listo con el libro y los ojos muy abiertos. Se le salen de las órbitas 40 años después al oír una de las preguntas: "¿Que quién me pone?". Parece no dar crédito. "Jolín", suspira.

Para ser justos, hay que admitir que poco antes había pronunciado todo un "joder". Se le escapó al descubrir que tendría que recomendar un libro, una película y una canción. Una de sus dos jefas de prensa acababa de abortar el intento de un becario que quería saber qué le gustaba leer. "Es una pregunta personal y él no contesta preguntas personales", sentenció su protectora.

Pedro Duque quiere mantener su intimidad a años luz de la prensa, lejos de los focos que tanto aborrece. ¿Pero no es eso una contradicción en alguien que estos días está promocionando un satélite de observación que deja a los terrícolas prácticamente en cueros? "No, no", asegura. "No vemos nada que mida menos de 20 metros. Ni siquiera Obama puede seguir a una persona desde un satélite". La culpa de ese temor la tienen las películas, "que han presentado una tecnología que aún no existe".

Así es Duque. Capaz de quitarle misterio y glamour incluso a su viaje en una nave Soyuz en 2003. "Todo empezó porque me presenté a una convocatoria de empleo público de las que salen en los diarios". Finalmente, a los 29 años, el ingeniero discreto se convirtió en el primer astronauta español. Y al rato ya estaban preguntándole qué sentía.

Tanto micrófono le traumatizó: "No pensaba contárselo a nadie y de repente me cayó todo aquello encima. Fue un choque muy grande", se sincera. Sin embargo, es consciente de que "uno no puede ir al espacio y no explicar lo que ha hecho e incluso lo que ha sentido". Como también debe aceptar que le pregunten miles de veces si, en realidad, lo de Armstrong lo grabaron en Hollywood.

Soporta esos interrogatorios con el estoicismo con el que afrontó que, pasados los primeros días, en los que todos le "agasajaban", lo encerraran para preparar sin descanso el viaje espacial. "Todo es un plan en el que puedes levantar el dedo de vez en cuando, pero tu influencia es pequeña".

Quizá por eso, la sensación de libertad no la encuentra en las alturas. "Lo mejor de todo es estar en el fondo del mar. Cuando sea mayor, quiero ser instructor de buceo", anuncia y parece que no cambiará de opinión. No es que sea un niño raro, sólo quiere ocultarse tras una escafandra y escurrirse como un pez "en una cueva marina". Donde no tenga que decir palabra. Jolín.

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