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La montaña mágica

El ambiente místico de la comarca atrajo a intelectuales británicos, reyes abatidos y lamas espirituales

MIRIAM QUEROL

Durante los años 20, algunos intelectuales del grupo de Bloomsbury, entre ellos Virginia Wolf, descubrieron uno de los destinos más exóticos de Europa. Fueron a visitar a su amigo, el hispanista Gerald Brenan, que vivía en Yegen, una aldea de La Alpujarra granadina, un lugar "medieval" "con ciertas dosis de anarquía", según el propio Brenan, donde parecía haberse detenido en el tiempo. Hallaron un pintoresco costumbrismo que les fascinó, y sobre todo, encontraron descanso para sus mentes.

Gracias a su geografía inaccesible, encajada entre la montaña de Sierra Nevada, La Alpujarra es un lugar de retiro. Lo fue para el último rey de Granada, Boabdil, que, tras ser expulsado de La Alhambra, se refugió en el palacio del Rey Chico de Fuente Victoria, en la Alpujarra almeriense, antes de abandonar definitivamente Al Ándalus.

Hoy, cientos de personas peregrinan en busca de paz al santuario budista tibetano Osel Ling de La Atalaya, situado a pocos kilómetros de Pampaneira. Otros buscan inspiración, como el ex batería de Génesis, Chris Stewart (Cristóbal para los alpujarreños) que, escondido entre ovejas y limoneros, escribió el best seller Driving over lemons.

Es fácil dejarse envolver por el ambiente místico que reina en esta comarca natural a la que se accede por Lanjarón, la puerta granadina a Las Alpujarras. Se presentan poco a poco, sin estridencias: primero asoman valles de frutales y olivos donde descansan pueblos inmaculados, luego se descubren casas encaramadas a laderas casi verticales y aún más alto, las cimas se cuajan de pequeñas aldeas como nieve, desde donde es posible contemplar Marruecos.

Aquí, las casas de techos de launa y muros de piedra y barro albergan alojamientos rurales, tiendas de artesanía y gastronomía. En esta región los viejos dueños de las casas-taller conviven con los hippies emigrados de la ciudad. El antes y el ahora de nuevo se confunden en esta tierra tan cercana y, a la vez, tan aislada.

Pedro Antonio de Alarcón, que escribió la primera guía de viajes de la región en 1873, lo describía así: "Aquella tierra, a un tiempo célebre y desconocida, donde resultaba no haber estado nunca nadie; aquella invisible comarca, cuyo cielo me sonreía sobre la frente soberana del Mulhacén, era la indómita y trágica Alpujarra".

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