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La montaña mágica

Retiro en Las Alpujarras, uno de los últimos paraísos hippies.

Miriam Querol

Durante los primeros años de la década de los 20, algunos intelectuales del grupo de Bloomsbury, entre ellos Virginia Wolf, descubrieron uno de los destinos más exóticos de Europa. Fueron a visitar a su amigo el hispanista Gerald Brenan, que vivía en una pequeña aldea de La Alpujarra granadina llamada Yegen, un lugar "medieval", "con ciertas dosis de anarquía", según el propio Brenan, que parecía haberse detenido en el tiempo, como los recónditos pueblos del Atlas marroquí. Hallaron en este rincón de herencia bereber un pintoresco costumbrismo que les fascinó, pero sobre todo, encontraron descanso para sus agotadas mentes.

Gracias al carácter rebelde de su geografía, inaccesible, encajada entre la montaña de Sierra Nevada que va despeñándose hasta el litoral mediterráneo en las provincias de Granada y Almería, La Alpujarra es, desde siempre, un lugar de retiro. Lo fue para el último rey de Granada, Boabdil, que, tras ser expulsado de La Alhambra, se refugió en el palacio del Rey Chico de Fuente Victoria, en la Alpujarra almeriense, antes de abandonar definitivamente Al Ándalus, en un acto de desconsuelo y resistencia. Hoy, cientos de personas peregrinan en busca de paz al santuario budista tibetano Osel Ling de La Atalaya, situado a pocos kilómetros de Pampaneira. Otros buscan -y encuentran- inspiración, como el ex batería de Génesis, Chris Stewart -o Cristóbal, como le conocen los alpujarreños- que, escondido entre ovejas y limoneros, escribió el best seller Driving over lemons.

Es fácil dejarse envolver por el ambiente mísitico que reina en esta comarca natural indomable y fría, a la que se accede por Lanjarón, la puerta granadina a Las Alpujarras. Poco después de pasar este célebre balneario, al doblar una de las curvas de la serpenteante carretera C-333 dirección Órgiva, el viajero más mundano comprende lo que atrajo a intelectuales británicos, reyes abatidos y lamas espirituales. Las Alpujarras -el plural se usa por su paisaje cambiante- se presentan poco a poco, sin estridencias: primero asoman valles de frutales y olivos donde descansan pueblos inmaculados, luego se descubren casas encaramadas a laderas casi verticales y aún más alto, las cimas se cuajan de pequeñas aldeas como nieve, desde donde es posible contemplar la lejanía del horizonte hasta Marruecos. Pampaneira, Bubión y Capileira -nombres heredados de inmigración gallega durante la Reconquista- son algunos de los pueblos que parecen querer ascender hasta el Mulhacén.

Aquí, las casas de techos de launa y muros de piedra y barro albergan multitud de alojamientos rurales, tiendas de artesanía tradicional y gastronomía. Prendas de lana realizadas con viejos telares, calzado de esparto hecho a mano, miel, aceite, pan de higo y, por su puesto, jamón de Trévelez son algunas de las joyas artesanales y culinarias de esta región, donde los viejos dueños de las casas-taller conviven con los jóvenes hippies emigrados de la ciudad. El antes y el ahora de nuevo se confunden en esta tierra tan cercana y, a la vez, tan aislada. Pedro Antonio de Alarcón, que escribió la primera guía de viajes de la región en 1873, lo describía así: "Aquella tierra, a un tiempo célebre y desconocida, donde resultaba no haber estado nunca nadie; aquella invisible comarca, cuyo cielo me sonreía sobre la frente soberana del Mulhacén, era la indómita y trágica Alpujarra".


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