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Muñoz Molina: "Me da miedo la tendencia que hay en España al banderismo"

El autor se enfrenta a los convulsos tiempos de la Segunda República y a la destrucción y la muerte de la Guerra Civil

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A lo largo de sus constantes viajes de ida y vuelta entre Madrid y Nueva York, ciudades donde vive, el novelista Antonio Muñoz Molina ha culminado su obra más ambiciosa y de mayor envergadura (poco más de 950 páginas).

La noche de los tiempos (Seix Barral) supone la culminación de la novela total sobre la Guerra Civil, conflicto que recientemente también han abordado autores como Javier Marías y Almudena Grandes. Siempre con el fin de que la gente no olvide. 'El olvido llega a España porque no estaba de moda, no porque estuviera prohibido en los años 80', advierte Muñoz Molina.

Muñoz Molina es consciente de que aborda una época repleta de aristas que aún golpea a la sociedad española de comienzos del siglo XXI. Desconoce cómo la recibirán sus lectores o los críticos, aunque teme 'la tendencia que hay en España a la simplificación y al banderismo'. Al blanco o al negro, nunca el gris.

'Esa actitud me da miedo siempre: con respecto a mi novela, a mi vida y al porvenir', afirma el escrito.

No le ha sido fácil ponerse en el lugar de quienes vivieron aquella época ni imaginar cómo era la vida de la gente. 'He hecho lo que he podido y lo he hecho con mucha incertidumbre y a veces con angustia. Pero he puesto toda mi alma en esta novela', asegura.

El escritor recrea una gran historia de amor en La noche de los tiempos (Seix Barral), que transcurre entre septiembre de 1935 y octubre de 1936.

Aunque en los tanteos iniciales pensó en el poeta Pedro Salinas como protagonista, luego optó por un personaje de ficción: el arquitecto Ignacio Abel, que representa a 'esa generación de la que forman parte Salinas, Francisco Ayala, Juan Negrín o José Moreno Villa, que viaja fuera' y que quiere contribuir a modernizar España con su trabajo.

'Es mejor que no nos pongan a prueba', comenta Muñoz Molina en referencia a Ignacio Abel, al que define como 'un hombre que en circunstancias decisivas actúa con vileza, porque hay que sobrevivir'.

Este arquitecto al que Muñoz Molina le ha prestado algo de su manera de ver el mundo, llega a Estados Unidos en octubre del 36, huyendo de la guerra y con la esperanza de reencontrarse con Judith Biely, la mujer de la que estaba enamorado.

Entre constantes saltos temporales y con el sentimiento de pérdida inevitable en los exiliados, Ignacio revive esa relación clandestina y evoca el ambiente que se respiraba en Madrid en ese tiempo en el que ya todo apuntaba hacia el desastre aunque él, y otros muchos como él, no quisieran verlo.

El autor acude también a personajes reales para recrear aquellos años

Lleno de luces y sombras, el personaje de Ignacio, magistral desde el punto de vista literario, 'le debe mucho' a Arturo Barea y al relato que hace del Madrid de aquella época en 'La llama', la tercera parte de La forja de un rebelde.

El autor acude también a personajes reales para recrear aquellos años, entre ellos a Negrín, Moreno Villa, Manuel Azaña y Rafael Alberti y José Bergamín. Unos salen bien parados y otros no tanto, pero todas sus afirmaciones están documentadas.

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