Público
Público

Murió Saint-Laurent, el artista que trabajó para "las elegantes de corazón"

EFE

"Sin elegancia de corazón no hay elegancia", decía el modisto Yves Saint-Laurent, aclamado en vida como mucho más que un dios de la moda y quien, recién exhalado su último suspiro, es ensalzado por las más grandes personalidades francesas, por colegas, maniquíes, clientes y admiradores de todo el mundo.

Pocas horas después de su muerte anoche, tras luchar desde hace un año contra un tumor cerebral, Francia, y en particular sus medios se han convertido en una recopilación de memorias, bocetos, diseños, fotografías y opiniones del gran Yves Saint-Laurent.

Desde los diarios de la mañana, que lograron en el último momento transformar su portada para rendir homenaje al artista internacional, a las emisoras y televisiones, hoy se habla el idioma Saint-Laurent por todas partes, y por todas partes se expande su concepción de la vida, del amor y de la belleza femenina, que él consideraba profunda, como su arte para vestirla y desvestirla.

El diseñador se convirtió, así, en un modelo de anticipación de la igualdad de hombres y mujeres, dada su estrategia de ofrecer a la indumentaria masculina toda su feminidad y capacidad seductora.

Sus restos mortales serán honrados el jueves en la iglesia de San Roque de París por una multitud encabezada por el presidente francés, Nicolás Sarkozy, quien celebró su rango artístico, y por su tercera esposa, Carla Bruni, quien evocó "el gran honor" de haber trabajado como modelo para ese "artista y ser humano excepcional".

Artista genial y fragilísimo, de sensibilidad tan refinada que para soportar la existencia recurrió a un sinfín de sustancias más o menos prohibidas, y que lamentaba, decía él, "sólo una cosa: no haber inventado el 'jean'", el pantalón vaquero.

Había algo también que Yves Saint-Laurent "odiaba" con especial ahínco, cuenta la escritora y ex ministra Françoise Giroud.

Era "la moda". La moda con su absurda tiranía de tendencias bianuales, para las temporadas de invierno y de verano, la moda que siempre "pasa", en detrimento del estilo, que el genial YSL consideraba "eterno".

Podía ser la moda tan perniciosa que, prevenía YSL, "las mujeres que la siguen de demasiado cerca corren el gran peligro de perder su naturaleza profunda, su estilo, su elegancia natural".

Nada más grave para este artista a quien hoy rinden homenaje los principales políticos del país; sus colegas del mundo entero, de Christian Lacroix, a Hanae Mori, Vivienne Westwood o Valentino; y figuras de los negocios como Bernard Arnault, propietario de Dior, donde se estrenó el modisto en 1955, y François-Henri Pinault, propietario del grupo que controla la firma YSL.

Honesto y valeroso con sus creencias, Saint Laurent presentaba en cierta forma cada seis meses la misma y eterna colección, algo particularmente notorio en sus últimos años al frente de la casa de costura, creada en 1962 junto con su amigo Pierre Bergé.

En cada desfile, los mismos valores infalibles garantes de elegancia: la inusitada mezcla de colores que sólo él sabía reunir, las nuevas declinaciones de su esmoquin de gala, del estampado pantera, del traje pantalón o de sus faldas generalmente hasta la rodilla, y, por supuesto, de su cazadora, de su mítica sahariana o de sus osados vestidos de noche.

"Quería que todo el mundo comprendiese que mi concepto del vestir es intemporal y tardé veinte años en probarlo", escribía el propio Saint-Laurent en 1982, un año antes de ser solicitado por el Metropolitan de Nueva York para mostrar sus creaciones y ser el primer modisto que exponía sus obras en un museo.

Las mismas que hasta el último momento, en enero de 2002, cuando decidió dejar sus pinceles, gustaba presentar al viejo estilo, lentamente, con cada modelo numerado y anunciado sobre el podium, y con María Callas siempre presente en el acompañamiento musical.

Siempre hasta obtener una contundente emoción final en cada desfile y una asistencia que le aplaudía con entusiasmo cuando recorría el podio para saludarle, consciente, como él, de que su aparición era un regalo suplementario de ese hombre de extrema timidez.

Lo suyo era ser "artesano" y "fabricante de felicidad", como decía él con la sincera humildad que le caracterizaba, aunque sabedor de que "cuando uno se siente bien en un vestido, todo puede ocurrir", pues "un buen vestido es un pasaporte para la felicidad".

En todo caso, nadie dudó nunca de su inmenso talento, desde sus comienzos, a los 19 años, como asistente de Christian Dior, a quien sucedió dos años después, al morir éste de repente en 1957.

Más noticias de Política y Sociedad