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Los que no llegan

No se puede saber el número de personas que perecen en el intento de llegar a Canarias en cayuco, pero los relatos de estas desapariciones que abundan en Senegal sugieren que son muchos. 

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Iwahin?, ¿iwahin?”, gritaba desesperado en medio de una mar arbolada hambrienta de jóvenes sin futuro. “¿Dónde estáis?, ¿dónde estáis?”. Ezequiel Ama Adouma, ghanés de 25 años, no podrá jamás olvidar esa noche, apenas hace dos meses. Había una oscuridad en el océano que pintaba trágica ya antes del desastre.

Por la tarde alguien en el cayuco había llamado a la Policía española para avisar de que el naufragio era inminenete y a medianoche apareció por fin un buque de Salvamento Marítimo para rescatarles. “Pero hubo un accidente. La patera golpeó el barco y se partió. Fue un desastre”, relata Ezequiel.

El chaval es fuerte como un toro, con músculos que en Europa surgen anabolizados en larguísimas jornadas de gimnasio y en él son las trazas de una vida sin infancia. Quizá fue eso lo que le salvó. “Empezaron a echar chalecos salvavidas para que flotáramos, y luego jalaban a la gente del mar para meterlos en el barco. Pero en unos segundos sólo lo conseguimos unos pocos. Los demás se fueron al fondo”.

Tremenda la historia de Ezequiel que esa noche perdió a sus dos hermanos. “¿Iwahin?”.

Eran los tres hijos varones de una viuda del pueblo de Takrad, en el interior de Ghana, uno de los países más empobrecidos y golpeados de África. Ezequiel es el pequeño, el que tras el horror de ver cómo se quedaba sin hermanos camino de Canarias, ha vuelto a Senegal a trabajar, una vez que el Gobierno español le envió de nuevo a su país.

Fracaso doble el de este hombre que limpia pescado en Budiadiat (Senegal) un puerto chiquito en la frontera fluvial con Guinea Bissau. “En la barca íbamos 120 personas de varios países”, calcula. “Estuvimos diez días en el mar hasta que empezó a entrar mucha agua en el cayuco; por eso llamamos a la Policía”. Sólo sobrevivieron 48.

El Gobierno canario reconoció 496 muertos en el intento de llegar irregularmente a las islas tan sólo en los primeros ocho meses de 2006.  Las cifras de esta tragedia son en todo caso imposibles de calcular porque sólo se contabilizan los cadáveres que se recuperan del mar, pero en estas costas las historias de gente que se fue y nunca más se supo son abundantes.

Evans Mensay, el primogénito de la familia de Ezequiel, tenía 29 años. Dejó atrás un hijo. El hermano mediano, Ernest Koffi, llegó a los 27 años antes de acabar alimentando a los peces del banco canario-sahariano con su propia carne malograda. Pero tuvo tiempo de dejar otros dos niños en su mundo de miseria.

Tremendo papelón el del superviviente que repite sin cesar bajo el sol implacable de la región de Casamance, al sur de Senegal, que siente una responsabilidad moral enorme con sus sobrinos —“he de darles una educación”—. Sufre un cargo de conciencia a la altura de su frustración por no poder contribuir al mantenimiento de esos críos como la memoria de sus hermanos le exige.

África es así. En cada esquina uno ve niños, miles, por todas partes, a los que hay que alimentar. En campos donde parece que no hay nadie aparecen jugando con un aro de metal, correteando, niños y más niños en este paraíso natural dejado de la mano de Dios. Críos éstos que son hombres ya a los ocho años, cuando la fantasía de cruzar a Europa ya es un objetivo.

El hijo único, en el limbo del mar

Jean Daniel Manga, licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Dakar, nos ha acompañado a la entrevista con Ezequiel. De camino hacia Budiadiat donde el ghanés malvive, Jean Daniel suspira, medio en broma y medio en serio, “pues vamos allá, a Barcelona”. ¿Pero cómo, no estamos yendo hacia el sur? “Claro, pero de ahí es de donde sale la gente en cayuco”.

Budadiat, apenas un embarcadero con una decena de chozas alrededor, es uno de los trampolines para tantear la incertidumbre de Canarias. Aparte de la pesca, la industria que florece en el lugar es un astillero de cayucos, con cuatro de ellos a punto de ser botados con su madera roja y dura. Siete días se tarda en construir uno si el cliente tiene prisa, asegura el patrón de las atarazanas.

Entre estos jóvenes que se fueron estaba el primo del universitario, Jules Bernard Tendeng, otro que se quedó en el limbo del mar.

Impresiona la historia de Jules contada por su pariente antes de salir hacia la costa. “Ahora tendría 26 años. Entonces tenía 25. También estudiaba en la Universidad pero lo dejó para buscar trabajo. Estaba obsesionado con irse a España para ganarse la vida y labrase luego un futuro en Senegal. Compartíamos esta habitación”, señala el cuarto. La casita mide unos diez metros cuadrados y es de adobe. Una chapa es el tejado y varios pollitos picotean en un porche mínimo cubierto de maderas con un suelo de la misma arena en la que crece el arroz justo al lado, en un rincón de esta región feraz habitada de gente paupérrima.

“¡Cuando pienso en él!… Éramos como hermanos. Siempre fue el primero de su clase, muy brillante, y ahora…, ya ves, se murió en el mar”, se duele Jean Daniel.“Un día, hace un año, me dijo que se iba a ver a sus padres a Ziganchor [la capital de la provincia], pero no volvió. Le vieron tomando un cayuco en Budiadiat. Y desde entonces, nada. Ninguno de los que se fueron con él ha llamado desde España”, relata.

“Era el único varón. Su padre ha perdido la cabeza y bebe todo el tiempo. Cuando me encuentro con él no para de llorar y de preguntarse dónde estará Jules”, continúa, al borde del llanto. La madre del desaparecido tampoco ha logrado sobreponerse pero se aferra a la superstición para continuar: “Ha ido a varios hechiceros que dicen que mi primo está vivo pero que no ha conseguido establecerse todavía y por eso no llama”. En Casamance, la mayoría de la población es católica pero el animismo sigue muy presente en las costumbres.

Es imposible viajar por Senegal sin encontrar candidatos a la emigración irregular. Cada charla refuerza la idea de que por mucho que se haga por poner puertas al campo, por muchos que mueran en el camino, las fronteras entre lo rico y lo pobre acabarán avasalladas por los miserables. Porque son más y no quieren morir en la pobreza; prefieren hacerlo si acaso en cayuco.

Cuando Jules desapareció sin avisar de su decisión, su primo hispanista ya andaba ahorrando para hacer lo propio. Había juntado 400.000 francos CFA (610 euros) pero la desaparición de su pariente interrumpió sus planes, ya a punto de buscar un captador de las mafias. “Me gustaría ir a España, pero en avión, aunque la vida es tan difícil aquí que no sé qué pasará, si cogeré el cayuco o no”, reflexiona Jean Daniel.

¿Alternativas? “Mira, yo he pasado por el seminario y estuve en la universidad y también aprobé las oposiciones de oficial para el ejército senegalés, pero no entré porque los hijos de los pobres, sin enchufe, no tienen nada que hacer”, se queja el hombre en buen castellano. “¿Sabes eso de que todos los caminos llevan a Roma? Pues Roma es España para nosotros”, zanja sin metáfora que valga. Su hermano Desiré, de 20 años le escucha atentamente. Es tímido, pero al hablar de España se le ilumina la cara...

Guinea Bissau, puerto de cayucos

Ahora los cayucos siguen zarpando de Budiadiat (el último, hace tres semanas, aseguran en el lugar), aunque la presión de los gendarmes senegaleses les empuja a hacerlo cada vez más desde la otra orilla del río, en Guinea Bissau, donde el Estado es aún más débil.

Una piragua nos lleva hasta esa playa de donde parten, convertidos todos en clandestinos sin papeles, aunque nadie se preocupa por eso en esta frontera irreal. Muy cerca está una aldea: tamtan, chozas, y gente que trabaja tranquilamente, a velocidad antigua, en el arrozal. Alberto, el hechicero del poblado, confirma en portugués (Bissau fue colonia lusa) que muchas barcas salen del arenal y los manglares donde triscan hipopótamos. La última tierra que pisan estos hombres valientes y sobre todo desesperados.

Ni Jules ni Evans ni Ernest consiguieron volver a andar en firme. Ezequiel, pese al drama vivido, ha vuelto al punto de partida y no resulta creíble cuando niega que lo vuelva a intentar. No hay otra salida, repiten todos por aquí, y eso sí parece convincente.

La determinación de los emigrantes es mayor que el miedo al mar,  enorme, incluso en este ambiente de pescadores. Las noticias de naufragios corren de boca en boca y todos tienen amigos, parientes o vecinos que no han llegado a su objetivo.

“Yo me las arreglé para subir al barco que nos salvó, pero mis hermanos... Se los tragó el mar. Yo gritaba y gritaba, ¡Evans Mensay, bla! [¡ven!], ¡Ernest Koffi, bla! [¡ven!]”, recuerda Ezequiel. Su lengua materna aparece en el inglés torpe que habla cuando rememora el día aciago. “Yo siento mucho lo que pasó, pero en fin, fue la voluntad de Dios”, insiste el ghanés.

Si uno es huérfano en África tiene aún menos que perder en el Atlántico. O quizá más, porque desde niño te toca ser el hombre de la casa. Eso fue lo que les pasó a los Ama Adouma, Ezequiel y sus hermanos. “Nosotros no pudimos ir a la escuela”, asegura el rescatado. “Sabíamos que la travesía a Tenerife era muy peligrosa pero no nos quedaba otra; teníamos que alimentar a mi madre y a mis hermanas”, afirma.

Así que hace tres años, los tres hombres emprendieron camino a Senegal. Trabajaban aquí y allá hasta que llegaron a este andén de la desesperación y se embarcaron en un viaje que se llevó a dos de ellos.

“Mi madre lloró y lloró cuando le conté lo que había pasado porque no tiene nada y ha perdido dos hijos que le iban a ayudar”, relata. El amor filial es incondicional y sin matices materialistas cuando uno no ha de preguntarse si hoy habrá qué echarse al buche. Pero los pobres sin remedio que pierden a los suyos en la aventura de la patera ven la muerte de hijos y parientes de otro modo.

Parece inhumano que a la pregunta de ¿qué sentiste al perder a tus hermanos?, o, ¿qué dijo tu madre cuando lo supo?, la primera respuesta se refiera al dinero que uno dejará de ganar porque tiene un factor de producción menos en la familia. Pero cuando se ve cómo viven estas personas la filosofía eurocéntrica de una existencia sin imprevistos pierde su razón de ser.

Tener hijos para sobrevivir

Los hijos son aquí un as para la supervivencia más allá del amor que se siente por ellos, cariño que, no obstante, demuestran por aquí los padres en cada momento con caricias y besos a su prole.

El pasado jueves Ezequiel habló con su madre por teléfono: “Le dije que todavía estoy pensando en intentarlo de nuevo, en embarcarme en un cayuco, pero me respondió que no lo hiciera, que estaba sola, y que qué iba a hacer si faltaba yo”.

En Budiadiat, el negocio del hombre es bien curioso. Primero compra rayas a los pescadores. Luego sala los peces que mete en sacos de tela plástica para enviarlos a Accra, la capital de su país. Cada saco que manda por barco lleva el nombre de Ezequiel de modo que su madre pueda recogerlos a su llegada. Allí la mujer vende las rayas, muy apreciadas por su rareza entre los oligarcas ghaneses, y envía parte de la ganancia a su hijo. Complejas maneras de burlar el hambre en África.

A lo mismo se dedicaban sus hermanos. “Fue muy triste cuando le vimos [a Ezequiel] volver solo de España”, aseguran sus amigos pescadores de Budiadiat.

¿Qué te pareció España? Ezequiel pasó un mes en Tenerife hasta que fue repatriado sin posibilidad de estrujar la ley por causa humanitaria que le permitiera quedarse aún habiendo perdido a dos hermanos, y de esa manera, delante de sus narices. “Nos daban de comer tres veces al día”, responde, mostrando tres dedos de su mano zurda y con los ojos asombrados, como si hubiera sido la primera vez que tal cosa le ocurriera. “Me gustó España porque es Europa y no África”, añade. Simple, corto y claro.

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