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El paraíso de Zelda y Scott

RBA recupera los relatos que ambos escribieron en revistas en los años veinte

PAULA CORROTO

Había discusiones y gritos, había alcohol y cigarrillos, borracheras y resacas. Competividad y celos literarios. Esa era la carnaza que desmenuzaban día tras día los tabloides neoyorkinos de los años veinte. Pero entre ellos dos, F. Scott Fitzgerald y su mujer, Zelda, también había mucha literatura compartida y amor. No todo fue un crash en aquella pareja rica, guapa y famosa.

La prueba son los relatos que ambos escribieron para diversas revistas estadounidenses. Publicados por primera vez en España en 1973 por Alianza bajo el título de Pizcas de paraíso, acaban de ser reeditados por RBA con una leve revisión de la traducción realizada en su día por Antonio J. Desmonts. En total se reúnen once cuentos de Scott, nueve de Zelda entre ellos, los cinco sobre chicas que escribió para College Humor y Nuestra reina del cine, que escribieron a cuatro manos.

En ellos se observa que en la pareja existía una compenetración literaria. Y que ni Zelda era tan mediocre escritora ni el autor de Suave es la noche su principal deudor. Una tesis que ya defendió el escritor Gilles Leroy en la novela Alabama song, publicada el año pasado.

Mathew J. Bruccoli, profesor de la Universidad de Carolina del Sur, fue el artífice de la reunión de estos relatos en los que aparecen esos jovencitos ricos e ingenuos, algo borrachos y con unas tremendas ganas de comerse el mundo. Y unió las creaciones de ambos porque, según escribe en la introducción del libro "se inspiraron en un mismo material de fondo y porque su obra refleja una colaboración emocional". En cuanto a la estimación de Zelda señala que "era una escritora notable y no imitaba a Scott. Tenía un estilo propio. Poseía ingenio, un vocabulario asombroso y la facultad de ver la vida desde su propia perspectiva". Aunque tuviera que firmar conjuntamente sus relatos con Scott.

Esta mirada se cernía sobre chicas insolentes, pero deseosas de conseguir adulación, como, por ejemplo, en Una auténtica chica de revista. También sobre parejas que despilfarraron el dinero, la belleza y el amor, como en Una pareja de chiflados. Como en los cuentos de Scott, en Zelda hay un ramalazo de papel couché al estilo los ricos también lloran, pero sus personajes femeninos son mucho más aguerridos y complejos que las histéricas niñas que retrató su marido.

Aún así, como insiste Bruccoli, los dos bebieron del mismo vaso de cóctel. De ahí que, aparte del ambos escribieran relatos que les reflejaron como ¡Qué hermosa pareja!, escrito por Scott en 1932, poco después de que Zelda ingresara en un psiquiátrico. La tesis de este cuento echa por tierra a los que creen que las parejas desiguales son las que triunfan. A pesar de las broncas, para él siempre fue preferible una mujer que le llevara a la perdición.

Scott y Zelda fueron también una familia. También existió una cotidianidad como la de "colocar los adornos del árbol de Navidad" como recuerda su hija Scottie en el prólogo de este libro. "Lo que se relata en este libro se refiere al aspecto más radiante de su paraíso personal", escribe. Eran los tiempos de la diversión, de las juergas, y la literatura.

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