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Pepe merece un castigo ejemplar; Juande, casi también

El brutal comportamiento de Pepe no tiene un gramo posible de defensa

JOSÉ MIGUELEZ

Juande no se agota de retorcer la verdad. Ni pestañea cuando cambia la versión de los hechos. Dice una cosa por detrás y otra por delante y ni se inmuta. Da la sensación de que tan fea costumbre ni le araña la conciencia. El técnico la sitúa como parte de su oficio. Y el caso es que la excusa está muy extendida en el mundo del fútbol. Pero el entrenador del Madrid sobrepasó definitivamente el martes la barrera del buen gusto con el cinismo con el que trató de rebajar la secuencia agresiva más sonrojante que recuerda este deporte, al menos en su era reciente.

Ramos sostuvo que Pepe tiró las patadas al aire y que su reacción no estuvo cargada de mala intención. Y hasta se permitió aventurar que el comité sancionador, lógicamente, se mostrará comprensivo. Vamos, que lo de su futbolista no fue para tanto. Ni el portugués estuvo tan blando consigo mismo.

Así que por si Pepe no hubiera ensuciado lo suficiente el buen nombre del Madrid con sus puntapiés en busca de la cabeza de Casquero, su puñetazo al mentón de Albín, sus insultos a árbitros y rivales y su vuelta al campo pese a estar expulsado, Juande lo mancha un poco más con su insultante visión de la jugada. Definitivamente, no sabe en el club que trabaja por más que sin jugar, y tiene su mérito, lo haga ganar y ganar.

El brutal comportamiento de Pepe no tiene un gramo posible de defensa. El central ha perdido toda legitimidad para seguir en esto. No sólo se ha ganado un castigo federativo ejemplar, que lo tendrá, y quién sabe si alguna noche en el calabozo, sino el enérgico reproche de su propio club, en donde durante algún tiempo los asuntos que tenían que ver con los principios y la deportividad resultaban innegociables. En otra época, tras lo del martes, Pepe no volvería a vestir la camiseta del Madrid. Hoy, por contra, encuentra la compasiva mentira de su entrenador.

No está claro si venía a cuento, dada su indiferencia ante lo realmente intolerable, pero Juande sí acertó, en cambio, en calificar de "falta de respeto" la recreativa forma de tirar el penalti que escogió luego Casquero, un jugador que decidió pasar de víctima a villano de la peor forma posible.

Es complicado meterse en el interior de la cabeza de alguien que se anima a descorchar en el Bernabéu un penalti a lo Panenka en el minuto 88 de un encuentro que como, además de comprometer la salvación del Getafe, decide una Liga, tiene a medio planeta con los ojos encima. Pero no le deja como un buen tipo. Casquero no quiso ganar al Madrid, pretendió humillarle. No buscó un gol, buscó la portada de Marca al día siguiente, su coronación en el reino de los valientes. Antepuso su ego a la dignidad del rival, del club que le paga y de sus compañeros. Lo mismo que Zidane en el Mundial 2006, por mucho que entonces los silbidos que merecía su mofa se tornaran en alabanzas por el valor gol.

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