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Un poblado al margen con leyes propias

El asentamiento gitano está formado por más de 100 chabolas

DANIEL AYLLÓN

"¡Cuidado gitanos, hemos vuelto!, ¡Podridos!, ¡Maricones!". El puente de entrada al poblado chabolista de Las Mimbreras (uno de los más marginales, en el sur de Madrid) está lleno de pintadas con amenazas e insultos contra sus vecinos, de etnia gitana. Antonio, de 27 años, tiene que pasar por él todos los días con su furgoneta para trabajar en la recogida de chatarra. "En el poblado hay gente mala como en todos lados. Pero no nos pueden criminalizar y pegar a todos sólo por ser gitanos".

El salón de su chabola tiene aire acondicionado y es fresco. También hay lavadora, microondas, lavavajillas y televisión. El techo está a dos metros de altura y el suelo es de baldosas de gres. Todo en 30 metros cuadrados en los que en invierno aparecen las goteras y es frecuente la visita de la colonia de ratas.

Las primeras chabolas se establecieron en el poblado hace más de una década. "Vinimos para tres años y todavía seguimos aquí metidos entre escombros", recuerda Israel. A sus 26 años, tiene mujer, dos hijas y una casa baja y minúscula en el número 82 de la única calle registrada del asentamiento.

"El cartero me pide permiso para dejar la moto dentro de casa mientras reparte las cartas porque tiene miedo", dice. A su hogar llegan los envíos dirigidos al "número 82". Cuando en el membrete figura "chabola número 82", los sobres van a la vivienda de su suegro. En las fachadas de todas las chabolas está pintado con brocha el número que sus dueños le han asignado. En total, hay más de 100.

Los gitanos de Las Mimbreras viven de la venta de fruta, chatarra o del trabajo como albañiles. El orgullo de la comunidad es la Iglesia evangélica que se levanta en uno de sus laterales y dirige un vecino de Toledo. El diácono del centro, José, de 42 años, se lamenta de la falta de oportunidades que tiene la sociedad gitana. "Vivimos marginados del resto de la sociedad y tenemos un futuro muy negro", asegura.

Por la calle central del poblado, el trajín de camionetas y coches viejos con las lunas tintadas es constante a media tarde. El calor es fuerte y un gallo pasea sus andares por en medio de la desconchada vía. Al llegar a una sombra, Israel lo agarra por el cuello y lo lleva al portal de su casa.

En la entrada de algunas chabolas hay bañeras o piscinas hinchables en las que se amontonan los niños hasta hacer rebosar el agua. Israel llena la suya con el agua verdosa que ha acumulado en un bidón de 1.000 litros, de donde también beben y cogen agua para fregar. "Del grifo no siempre sale agua y, cuando llega, hay que guardarla en botellas o en lo que pillemos a mano".

Aunque los vecinos aseguran que el poblado es seguro, aconsejan tener cuidado a los payos. Además, los gitanos no tienen un buen recuerdo de las visitas de la Policía Nacional, a la que recibieron con barricadas de neumáticos incendiados y una lluvia de piedras el 29 de noviembre de 2007, ante el temor de que fuesen a derruir alguna chabola. "Si nos vuelven a pegar, les tiraremos más piedras. Claro que sí", dice Antonio.

"Esto es una mierda. Si nos diesen una vivienda digna donde vivir, como dice la Constitución, sería otra cosa. Una familia gitana en un bloque con 20 payas, no sería conflictiva. El problema es la marginación".

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